Cumbia terapéutica y curativa

Uno de los exponentes más reputados y distinguidos de la nueva cumbia dio una prueba de su más reciente disco, “Amansara”. Hablamos con Pedro Canale, líder del proyecto.

Pedro Canale (izquierda), cabeza de Chancha Vía Circuito. / Cortesía

Entre 2010 y 2011 el universo musical comenzó a descentralizar su atención y a apreciar, aprender e investigar las expresiones del mal llamado “tercer mundo”. En este cambio de paradigma redescubrió la cumbia, ese ritmo que cobija y hermana a Latinoamérica desde México hasta Argentina, con un fuerte epicentro en Colombia. Si bien el género existe en nuestras tierras desde hace más de dos siglos, el resurgir de la cumbia se dio de la mano de nuevos productores y bandas de todo el continente que redefinieron lo pasado a la luz de los sonidos del presente. Así surgió un matrimonio entre la tradición y la música electrónica para dar a luz una nueva cumbia con múltiples variantes (chicha, cumbia rebajada, villera, digital, etc.), que despertó fervor entre nuevas generaciones latinas y públicos de otros continentes.

En Argentina, tierra donde la cumbia villera ya era una expresión insigne de la clase popular —y por lo mismo despreciada e ignorada por los demás estratos—, el movimiento Zizek surgió como un agente revolucionario. Lo que comenzó como un club nocturno en el turístico sector de Palermo, se convirtió en el sello disquero ZZK, que aglutinó todos los proyectos que estaban amalgamando ritmos folclóricos latinoamericanos con hiphop, reguetón, dancehall, dubstep y otros sonidos electrónicos. Desde entonces han surgido artistas como La Yegros, El Remolón o Chancha Vía Circuito.

Este último proyecto, liderado por Pedro Canale, ha sido uno de los más prominentes por su mirada introspectiva a nuestras raíces, hurgando más allá de la cumbia para encontrarse con sonidos andinos e indígenas. El año pasado lanzó su tercer disco, Amansara, donde presenta una versión actualizada y digitalizada de nuestro folclor, llena de sonidos atmosféricos que sugieren rituales chamánicos, pero que a la vez invitan a una celebración espiritual a través del baile. Canale y su Chancha Vía Circuito dieron un concierto ayer en Bogotá, en el bar La Ventana, donde demostraron por qué el suyo es uno de los proyectos más destacados del resurgimiento de la cumbia.

¿Qué llevó a que el movimiento de la cumbia fuera tan fuerte?

Antes había una semilla que había comenzado a germinar, no sólo en Buenos Aires sino en toda Latinoamérica. Ya venía gestándose la idea de intervenir la cumbia con música electrónica; había gente como el holandés Dick el Demasiado, que hacía cumbia experimental, como Marcelo Fabián, como Toy Selectah con el Sonidero Nacional en México. Lo que sucedió en Buenos Aires con la aparición de las fiestas Zizek y el sello ZZK es que reunió a varios productores que veníamos trabajando con ritmos latinoamericanos, potenciándolos y haciéndolos mucho más visibles. De hacer el camino entre la maleza pasamos a tener un pequeño mercado a nivel mundial que nos facilita viajar, mostrar lo que hacemos y sacar discos. Luego estuvo el contagio que hizo que aparecieran productores y bandas en todas partes del mundo, como Copia Doble Systema en Dinamarca, Schlachthofbronx en Alemania y Dengue Dengue Dengue en Perú.

El “boom” también sirvió como una transformación en la que los latinoamericanos vieron sus raíces.

Totalmente. Es muy interesante porque es un suceso que no sé bien por qué se originó, pero es una realidad que empezó a tener valor. La vista empezó a estar hacia adentro, hacia el propio continente, hacia las tradiciones, a encontrarles el valor que siempre tuvieron, pero que por estigma o ignorancia estaba escondido o relegado a la gente del interior. Hubo un cambio de paradigma.

Usted hace remixes, toca en fiestas y tiene una dimensión espiritual y hasta sagrada. ¿Qué le permite transitar de un lugar a otro?

Para mí fue muy importante darme cuenta de que no era simplemente un hobby sino que con los años el llamado se volvió mucho más fuerte. Me di cuenta de que esto era una vocación que tenía que tomarme en serio. No tenía otra opción. Más allá de todas las expectativas que uno tenga, como los deseos de ser reconocido o viajar, es importante descubrir que uno tiene una responsabilidad de hacer música que no sea sólo para entretener sino que hable de otras cosas que puedan tocar una fibra sensible en la gente. Para mí la música es el alimento del espíritu, algo que lleva muchos años de evolución y que parece inagotable porque hay mucho para decir y contar. Si es alimento, mi compromiso es hacerlo de verdad nutritivo, cocinarlo lento, tomarme el tiempo para elegir los mejores ingredientes y hacer algo que no sólo llena la panza.

En su caso, ¿la evolución no va más de la mano de entender cada vez más para qué sirve la música?

Sí, totalmente. Entender que es un lenguaje emocional por excelencia. Así uno se da cuenta de que el solo hecho de hacerla es terapéutico y curativo. Uno empieza un proceso de sanación y de exploración de uno mismo. Saber que eso sucede y poder generarlo en otras personas es muy importante y revelador. No es lo que les pasa a la mayoría de las personas y uno no va a generar una revolución con esto, pero lo veo como una herramienta muy útil para que la humanidad cambie y para que las cosas puedan tener una evolución natural.

Sobre todo porque involucra el cuerpo a la música. Es importante para usted escuchar su cuerpo en silencio.

Uno descubre que cuando crece las cosas que dolieron un montón están alojadas en el cuerpo, y como respuesta uno desarrolla una coraza contra futuros atentados contra el corazón. Ahí empieza una disociación muy grave, pero si uno la reconoce a tiempo se puede mejorar. Está buenísimo ver que la música colabora en ese proceso de volver a reconectar, de volver a descubrir qué es lo que no se necesita. Es volver a utilizar la inteligencia propia interior. A mí me cambió muchísimo la vida bailar, poder aprender a expresar el sonido con el cuerpo.

¿Cómo ocurrió ese cambio?

Desde chico me gustó bailar, pero el vínculo realmente lo descubrí de grande, cuando encontré música con la que me sentía más identificado. Cuando tenía 22 o 23 años comencé a investigar, a tomar clases de danza afroamericana o contemporánea, iba a bailar a fiestas de cumbia, y ahí ya no hubo vuelta atrás.

La banda colombiana Sidestepper cuenta cómo han hecho melodías a partir de ejercicios con el cuerpo. ¿Por qué bandas que no están en el mismo movimiento llegan a las mismas conclusiones?

Tiene que ver con este tiempo que estamos viviendo, donde sabemos que no hay forma de escapar de ver lo degradada que está la sociedad y lo maltratado que está el mundo. Hay que ser demasiado necio para no querer ver. No queda otra que hacerse cargo y qué mejor forma que empezar con uno. Hay muchos artistas que están tomando otro camino, no es la mayoría, pero sí encuentro que hay mucha gente cuestionándose para qué la música, para qué hago discos, para qué me subo a un escenario. Esas preguntas me parecen imprescindibles para que un artista vea hasta qué punto la cuestión tiene que ver con el ego y nada más, o hasta qué punto esto vale la pena hacerlo de veras.

¿Cómo es su relación con la cumbia colombiana?

Fue trascendental para mí porque cuando empecé a escuchar cumbia, la colombiana fue la primera que escuché antes que la argentina o que la chicha de Perú. Me atrapó mucho el sonido del vallenato, la cumbia con marimba del Pacífico... tiene tantos colores en el mismo país, ¡parecía que no se acababa jamás! Las gaitas, los Gaiteros de San Jacinto. Todo tenía tanta fuerza que me voló la cabeza y fue muy inspirador para mí. Andrés Landero, por ejemplo. Hay un legado musical que es un tesoro.