El abogado del pueblo

Frank Ramírez falleció a los 65 años en Bogotá. Actor esencial de la televisión y el cine en Colombia, extendió su carrera a Hollywood.

Personificó a Evaristo Salinas en la novela ‘Pecados capitales’, donde compartió set con Katherine Vélez.
Frank Ramírez interpretaba al Perro Romero en La estrategia del caracol. El mote se lo había puesto Víctor Honorio Mosquera, un abogado corrupto e inepto. En una ocasión Mosquera le dice: “Perro, no se le olvide que la casa Uribe es propiedad privada”. Y Romero responde: “Mosquera, no se le olvide que su mamá nunca fue propiedad privada. Y la próxima que me llame Perro, lo denuncio”. Ramírez interpretaba al abogado que defendía al pueblo por encima de las argucias de los poderosos. Era un abogado sin grado, pero con la tesis a punto de terminar. Un abogado incompleto en la academia, pero completo en la práctica. Ramírez, quien falleció en la Clínica Marly en Bogotá a causa de un cáncer, tuvo la destreza y maestría para proponer un personaje que era, a un mismo tiempo, un escudo para los más indefensos y un amigo para sus grandes amigos.
 
Ese personaje queda en la memoria de los colombianos, que vieron reflejados en él los principios más nobles. Ese es quizá el valor más alto que tiene cualquier arte: quedar en la memoria, perdurar. Frank Ramírez tiene también en su hoja de vida numerosos papeles, dentro y fuera del país, en la televisión y en el cine, que de seguro le permitirán el exquisito privilegio del recuerdo. Evaristo Salinas en Pecados capitales, Boris Mondragón en ¿Por qué diablos?, Dionisio Pinzón en El gallo de oro, y León María Lozano en Cóndores no entierran todos los días. Ramírez, que nació en Yopal en febrero de 1950, tiene una trayectoria esencial para quien desee comprender el recorrido del cine y la televisión colombianos. Era fumador, pintor de tanto en tanto, actor y director, y siempre prefirió la soledad. “Yo me crié solo, me hice solo y me gusta estar solo”, dijo en una ocasión a Kienyke. Durante casi treinta años trabajó en numerosas series en Estados Unidos (St. Elsewhere, Riptide, Paris, Lou Grant, Serpico): lo hizo después de trabajar en obras de teatro en Colombia y de explorar el entonces incipiente mundo de la televisión. En buena parte, Ramírez nunca dejó de ser el niño que prefería ir a matiné y ver cine que hacer deportes.
 
En septiembre de 2014 lo recordó en la revista Vea: “En las tardes deportivas, mi sufrimiento era ver cómo conseguir plata para ir a matiné. A mí, la vaina de hacer deporte, más bien poco, pero ir a matiné sí me interesaba muchísimo”. Las obsesiones iniciales se convirtieron en certezas en Los Ángeles, cuando se dio cuenta de que podía con la actuación, de que quizá allí podría ser algo. Después de esta experiencia, volvió al país como un actor maduro, con un crecimiento adquirido, además, en un medio mucho más avanzado y que le apostaba a una narrativa distinta.
 
Su más reciente papel en televisión (que sigue al aire) es el de Héctor Salamanca en Metástasis. Interpreta a un hombre serio, con un pasado en los modos del mal, callado, cerrado en sí mismo y con un cuerpo maltrecho. Frank Ramírez tenía la capacidad de hacer este tipo de papeles: esa movilidad lo convertía en uno de los actores magistrales del país. Quienes lo conocieron recuerdan a un hombre de discurso tranquilo, que lanzaba las palabras de un modo suave y que podía hablar durante horas en un tono plano, equilibrado. Había en esa forma de hablar mucha simpleza, pocas decoraciones, del mismo modo en que sus actuaciones resultaban creíbles porque, en parte, Ramírez no se tomaba tan en serio. Porque era un artista y sabía que era un trabajo, pero, sobre todo, era un juego. Y su juego era moverse sobre el espacio, apenas pasando. Podía ser un antiguo narcotraficante, como en Metástasis, o un militante católico y conservador en Cóndores no entierran todos los días.
 
Y siempre fue, en muchos sentidos, un hombre con rebeldía. En alguna ocasión, cuenta Fernando Salamanca en Kienyke, Ramírez iba a ser reclutado en Estados Unidos para ir a Vietman. En el formulario que tuvo que llenar le preguntaban si tenía alguna objeción. Dijo que sí. Le preguntaron por qué. Dijo que era incapaz de obedecer.