El arte de posar

Una reflexión sobre el modelaje artístico y un recorrido por su historia permiten profundizar en cuestiones que trascienden el arte: la desnudez y su relación con lo moral y lo religioso en una sociedad como la nuestra.

Lenis Santana, Clan Editorial, España.

El oficio de modelo de arte es tan antiguo como el arte y los artistas. En la antigüedad, los pintores y escultores modelaban ante otros artistas, y esa era una parte tan importante del proceso de aprendizaje como el desarrollo de actividades manuales para la comprensión del cuerpo humano, la representación de sus formas y proporciones. Además, los griegos se ejercitaban desnudos. Los cuerpos expuestos públicamente eran parte de su cotidianidad y de su mundo, y servían como imagen constante para la representación artística. Sin embargo, en la antigua Grecia aparecieron los primeros modelos, como es el caso de la famosamente bella Friné.

La desnudez desapareció en la Edad Media con la difusión del cristianismo y reapareció en el Renacimiento, con el redescubrimiento de la estética clásica. Entonces, los modelos de los artistas eran sus amigos. Es famosa la historia de Rafael y su amante y modelo Margarita Luti (La Fornarina), relación arquetípica modelo-artista de la tradición occidental.

En el Renacimiento apareció formalmente el oficio, para el estudio de la figura humana en las escuelas de arte, pero los modelos en la academia solo fueron hombres hasta el siglo XIX.

El estatus de los modelos que hacen desnudos ha fluctuado de acuerdo con el valor y la aceptación de la desnudez. En la era cristiana los genitales de las representaciones se tapaban con hojas o mantas, y en la Inglaterra victoriana el cuerpo desapareció casi por completo. Sólo en el París bohemio del siglo XIX, con los movimientos artísticos que sirvieron de antesala a las vanguardias, el cuerpo reapareció, completamente expuesto. Es el caso de Victorine Meurent, pintora y modelo de obras como la Olympia y el Almuerzo sobre la hierba de Manet.

Pero aunque el cuerpo apareciera de nuevo, no volvió exento de prejuicios y valoraciones morales. Las modelos de los impresionistas, expresionistas y cubistas eran en su mayoría prostitutas, y muchas otras, sus amantes. Un halo de sexualidad y mala reputación acechaba el oficio, que con el tiempo ha luchado por profesionalizarse y desligarse de sus propios mitos. Como bien dice el historiador y crítico de arte James Elkins, en nuestra sociedad el cuerpo desnudo siempre va a tener una connotación erótica y pretender algo distinto es una ficción. Pero un desnudo no es necesariamente vulgar o pornográfico. Tenemos esa idea demasiado arraigada en nuestras mentes, cosa que hace difícil el trabajo de quienes se dedican a posar desnudos. Tal vez mirar este oficio en detalle, apreciarlo, conocerlo, nos permita seguir en el camino hacia una apreciación más humana y menos trascendente de nuestra propia materialidad.

El modelaje artístico no ha dejado de ser un oficio difícil, no solo por los prejuicios que sobreviven, sino porque en muchas escuelas contemporáneas se ve como algo que ya no es necesario para crear.

En principio se pensaría que posar es una simple colaboración, pero en realidad se trata de un trabajo que tiene sus propias bases de ejecución y que goza, de alguna manera, de cierta independencia. Al posar, el modelo no es un objeto, el modelo propone, y el oficio mismo está cargado de métodos y técnicas particulares. El artista, además, tiene una conexión especial con el ente vivo que está frente a él, que respira, casi imperceptiblemente, mientras trata de sostenerse, de mantener una posición específica por largos períodos de tiempo. Hay algo en ello que se diferencia de tener al frente un objeto inanimado. Algo sucede allí, y algo, sustancialmente distinto, logra comunicarse.

Eso es lo que cuenta Lenis Santana, una modelo cartagenera, en su libro Biografía del desnudo: visión, acción y función del arte de posar, publicado en España a finales del año pasado.

Santana comenzó siendo modelo de moda y publicidad, y luego vivió diez años en Italia y otros cinco en España. Allí se involucró con los artistas y posó para ellos. En el libro, que es una especie de recorrido por los trabajos que ha hecho, los principios y dificultades del oficio y los personajes que ha investigado y encarnado, afirma que el modelo no está allí para que se lo retrate fielmente y convertirse así en el protagonista de la obra. Su cuerpo es más bien la materia prima, la imagen que lleva a la idea, las formas que llevan a la representación. Y, más que eso, el modelo explora con su propio cuerpo y con la capacidad que tenemos los seres humanos de expresarnos sin palabras para que el otro, el que observa y retrata, saque de allí lo que deriva de la mano de la otra propuesta, esa que pone a andar el proceso de creación.

 

 

 

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