El caos hecho caos

Óscar Murillo presenta una serie de pinturas y un video después de su sonado éxito en Londres. Una obra a media marcha.

Estas son algunas de las obras de Óscar Murillo en la casa de la calle La Soledad, en Cartagena. / Cortesía - BIACI

El pasado 7 de febrero, Óscar Murillo (La Paila, Valle, 1986) llegó a Cartagena para instalar su obra en una de las casas de la calle La Soledad, en el centro amurallado. En la casa, varias personas lo acompañaban y charlaban con él. Murillo, con una gorra de visera plana, tenía las uñas bordeadas de pintura verde, el pantalón manchado aquí y allá, chancletas, mochila y saco negro lleno de pintas blancas, residuos de algo que se ha descascarado. A quienes estaban a su alrededor, conocidos y amigos, les explicaba su obra en voz baja, despacio, mirando a sus interlocutores.

La casa, una construcción vieja, tiene las paredes quebradas, sin pañetar, y está dividida en cinco cuartos, tres de ellos destechados. El espacio tiene todo el reflejo del abandono: algunos árboles han metido sus ramas en las habitaciones sin techo.

Los interlocutores de Murillo se van y él queda solo. Tres periodistas nos acercamos para preguntarle sobre su obra. Él mira su celular y responde brevemente, con la voz más apagada que antes, sin interés. Cuenta que ahora está viajando de país en país y que permanecerá algún tiempo en Colombia. No despega su mirada de la pantalla. Entonces es tiempo de irse.

Murillo parece reticente a hablar con la prensa después de que una de sus obras se vendiera por US$391.475 en una subasta de Christie’s en Londres, en junio del año pasado. Por ese tiempo, los periódicos lanzaron vivas al reconocimiento de Murillo. Julio Sánchez Cristo, en La W, alabó su trabajo y lo llamó maestro. Se dijo incluso que Catalina Casas, directora de la galería Casas Riegner, tenía cierto interés por representarlo en el país. Murillo ha vivido buena parte de su vida en Londres y allí ha hecho carrera representado por las galerías Isabella Bortolozzi y Carlos/Ishikawa, y también es uno de los artistas más cotizados por fuera del país: él y Doris Salcedo son los únicos que aparecen en el listado de la firma Artprice, que registra los precios más destacados de subastas y obras cada año.

Con el éxito comercial llegaron las críticas. El artista plástico Nadín Ospina, cuyos trabajos han sido coleccionados en Inglaterra, Alemania y Suiza, dijo en SoHo que la obra de Murillo es poco “novedosa” y “conservadora”. Dijo también que su obra se había hecho fama gracias al rumor y no al poder de su propio significado. Halim Badawi, en Esfera Pública, explicó su fenómeno a partir de la mecánica del mercado. Se discutió sobre la posible especulación de su obra, el modo en que los galeristas “inflaron” su importancia. Algunos señalaron cierta envidia por parte de los críticos y otros, cierto rechazo descarnado a aceptar que un artista nacido en un municipio haya triunfado.

Quizá por ello Murillo no deseaba hablar ese día de febrero con la prensa. Allí estaba su obra, sin embargo, que siempre habla más que los autores. Esta es la segunda vez que Murillo presenta en Colombia su obra; ya lo había hecho en el más reciente Salón Nacional de Artistas en Medellín. La instalación está comprendida por una serie de pinturas con crayolas sobre papel, sostenidas en las esquinas por masa de maíz. En las paredes cuelgan algunas otras creaciones del mismo tono. En una sala aparte se proyecta un video grabado en La Paila: la sencilla ceremonia musical de un grupo en el frente de una casa.

Las pinturas, a falta de otro nombre, tienen figuras al parecer “caóticas”, como señala el folleto de la I Bienal de Arte de Cartagena, hechas de modo deliberado: espirales, números, cuadros rellenos sin cuidado, fondos oscuros con ciertos resaltos en el centro, sin forma. Murillo explicaba que la masa de maíz es un objeto que pretende expresar, al mismo tiempo, un hecho local y global: el producto que utilizamos aquí y en otros países. De ese modo también pueden interpretarse las tapas de cerveza Póker que hay en alguna de la obras: como un objeto que localiza, que centra la obra.

Sin embargo, la obra no lo dice por sí misma. Cuanto se ve, en realidad, es un conjunto de tachones sobre papel, sin dirección, informes y caóticos. Sí, sus obras son caóticas, pero en el sentido más desastroso de esa palabra; no hay cuidado por el hecho manual, los trazos no expresan ningún conjunto, es el caos hecho caos. ¿La idea salva la obra? El caso de Murillo es diciente: sin una explicación previa, es imposible entender algo de su trabajo. El discurso termina salvándola, dado que por sí misma carece de peso. Se puede decir que las espirales reflejan un conjunto infantil, que los fondos oscuros son materia del espíritu umbrío y que las masas de maíz permiten que ese espíritu caiga en un hecho tangible, casi popular. “La idea de desplazamiento cultural e intercambio demográfico en las estratificaciones sociales está siempre presente de manera conceptual en su obra”, señala la Bienal. Todo ello, sin embargo, no es más que una retorcida exposición de ideas que no están impresas en la obra, que son exteriores a ella. Si sólo queda espacio para la pura interpretación del espectador (que puede decir una y mil cosas, sorprenderse en medio de la vacuidad), ¿en dónde queda el reto del artista? ¿Y la técnica, el cuidado del material y su disposición en el espacio? Las obras de Murillo reflejan crudeza, no por la realidad que enmarcan, sino por la falta de detalle y concepto.

El video, en cambio, tiene momentos lúcidos: ciertos planos muy cerrados a las manos, el cuello o la cara de los músicos permiten sentir la vibración, la intensidad de la música, la potencia artística y popular que se sostiene en ese espacio mínimo. Lleno de tiempos muertos, apagados, el video es una pieza cuidada de la cotidianidad en La Paila. La obra habla por su propia cuenta.

 

 

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