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El hombre de la voz elegante

Falleció en Bogotá el icónico locutor deportivo, quien estuvo en programas como ‘La barra de las 13’.

Alberto Piedrahíta Pacheco, figura de la radio, quien, entre otras cosas, también fue parte del programa ‘La Luciérnaga’. Caricatura por Betto

Todo en él era un asunto clásico. Su voz imposible de confundir, su conocimiento de los deportes y su presencia elegante; no formal, elegante, con un pañuelo blanco en la solapa y la amabilidad de una persona que se ganó la admiración de otros a punta de palabras. Clásico hasta en la música que le gustaba: aunque sin un estilo favorito siempre admiró el vallenato de antes, “porque eso era cuando la música sí tenía un mensaje”.

Alberto Piedrahíta Pacheco es un sinónimo de la radio y hay quienes incluso dirán que esa relación también funciona en el otro sentido, pues con una carrera que arrancó a finales de los años 40, este periodista se convirtió, a punta de esfuerzo, a golpe de voz, en una suerte de omnipresencia en el dial nacional. RCN, Caracol Radio, Todelar, Radio Panamericana…

Los deportes fueron lo suyo, en especial el ciclismo y la Vuelta a Colombia, una competencia que, de nuevo, tiene tanto la impronta del periodista como la de algunos de los corredores que la llenaron de gloria en una época en la que la radio era la presencia más constante en la vida de los colombianos. Sus primeros cubrimientos de la Vuelta empezaron en los años 50 y se extendieron hasta que los achaques de la edad lo permitieron. Nunca un problema de desamor al oficio, o al mismo deporte.

Un hombre que comenzó en la radio ejerciendo varios oficios en una emisora que emitía desde el sótano de un edificio, en la avenida Jiménez, en Bogotá: un poco de vigilancia de las instalaciones del lugar, un poco de cobrador de facturas, un poco también en los controles. La estación era la Radio Panamericana y Azul K, un lugar administrado por un amigo del papá de Piedrahíta Pacheco a quien el locutor conoció en un curso de contabilidad en la Escuela de Comercio Moderno, luego de terminar a toda carrera el bachillerato. “Mi primer oficio fue cobrar y yo iba con mi maletín, y, como siempre me vestía bien pinchado, llevaba panela en el bolsillo izquierdo del saco y limón en el de la derecha, porque me decían que comiendo panela con limón todo el día se arreglaba la voz”.

Desde entonces, a finales de los años 40, no se despegó de un medio que lo llenó de una variedad entrañable de la gloria: un asunto que, claro, le granjeó el reconocimiento de muchos, pero también el cariño de los miles de oyentes que descubrieron el país a través de su voz, la voz de El Padrino, el sobrenombre con el que quedaría de por vida marcado y que le llegó luego de aceptar ser padrino de matrimonio de Juan Harvey Caicedo.

Un apodo que le caía perfecto al hombre del vozarrón elegante por cuyas manos pasaron varias generaciones de periodistas, el mismo Caicedo uno de ellos. ¿Cuántos alumnos, cuántos discípulos? Cientos, con seguridad. Y muchos lo recuerdan, claro, por su afición irrestricta a Millonarios, acaso una especie de fe que al parecer también profesa su familia. Pero su memoria también se puede resumir, más allá de su peso profesional, en el don de gentes que muchos le endilgaron a una persona que siempre tuvo un gran humor: no el chiste fácil, sino más bien el chispazo complejo de quien sabe manejar las palabras.

Quizás el punto más alto de El Padrino llegó con la creación del programa deportivo La barra de las 12 (que también fue conocido como La barra de las 13), un espacio que con comodidad llegó a los 30 años en 2010 y que salió del aire entre 2012 y 2013. La relación del locutor con los deportes se desarrolló pronto en su carrera, cuando iba al estadio aún estando vinculado a la Radio Panamericana.

Un ciudadano orgulloso del Líbano, Tolima, así haya salido de ese lugar a los seis años por “cosas de la política”. Un día, por allá a los seis años de edad, algunos hombres le dijeron al padre de Piedrahíta Pacheco que tenía hasta las 5:00 p.m. para salir del pueblo o “le vamos a meter candela al rancho ese”, contó el locutor en una larga entrevista al aire en abril del año pasado para el programa Radriografía.

Del Líbano a La Mesa, en donde hizo la primera comunión y un poco después a Bogotá, en donde compartió cuarto en el Colegio Instituto San Bernardo, un internado, con Julio Sánchez Vanegas: ambos eran parte de la banda de guerra, aunque Sánchez Vanegas era el director del conjunto “mientras yo le daba al redoble como loco, sin ton ni son”.

En medio de su trabajo de cobrador en Panamericana (por la que le pagaban $40 mensuales, “que no alcanzaban para nada”), Piedrahíta Pacheco se fue conectando de a poco con la locución, un oficio que gozaba de una baja reputación, por decir lo menos: “Decían que a una fiesta no se podía invitar a los locutores porque se robaban los ceniceros y rompían las copas. Fama y nada más”. La primera vez frente al micrófono llegó una noche en la que Libertad Lamarque se presentó en un teatro de Bogotá y los maestros de ceremonia eran los periodistas titulares de la cabina: el incipiente locutor les dio el paso a sus compañeros en una transmisión en vivo y ya estuvo, eso fue todo; luego, por unos minutos, le quedó el temblor “en los dedos, en las orejas, en todo lado”.

En marzo de este año, el locutor entró a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) de la Clínica Colombia, en Bogotá. En ese momento tuvo dos infartos y una afección en uno de sus riñones. Aunque salió a los 15 días de la UCI, su hospitalización se prolongó un poco más.

Piedrahíta Pacheco murió ayer en Bogotá. Tenía 83 años. “Yo soy modelo 1931, primera serie. Dicen que salió buenísima”. Siempre con las palabras correctas.

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2014-10-21T05:59:55-05:00

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Redacción Gente

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