El humor se le "chispoteó"

El reconocimiento a su labor detrás de las ocurrencias de Viruta y Capulina le llegó tarde. Con más de cuatro décadas encima se vistió de niño, de superhéroe, de ladrón, de doctor y de periodista, entre muchos otros roles, para demostrar las bondades de la sencillez.

El humorista mexicano Roberto Gómez Bolaños aseguró que se despedía de la actividad pública con su obra ‘11 y 12’, un récord en taquilla en todos los países que ha visitado. / EFE

El miedo es la gran diferencia entre el Chapulín Colorado y cualquier otro superhéroe mundial. Lo que hace más valioso al hombrecito de atuendo casi rojo es que, a pesar de ser mortal, de su condición torpe y de estar siempre en desventaja frente a sus oponentes, logra dominar su propio duende miedoso, consigue ganarle el pulso a su sentimiento y ayudar a quienes invocaron su presencia.

Esa es la esencia del personaje inspirado en un insecto y de la misma manera es el atributo principal de su creador, Roberto Gómez Bolaños, quien por físico pánico se inventó las primeras historias, se dedicó en un comienzo a trabajar detrás de cámaras como gestor, productor y libretista en medios masivos de comunicación y descartó en más de una oportunidad el hecho de ser el protagonista de sus propias invenciones.

Durante más de 15 años se dedicó a escribir los argumentos del programa radial de Viruta y Capulina, dos personajes cómicos encarnados por Marco Antonio Campos y Gaspar Henaine. La popularidad de los comediantes se incrementó de tal manera que obtuvieron un espacio televisivo en el que Gómez Bolaños apareció ante cámaras por primera vez como un eventual reemplazo, dada la ausencia de algún actor.

El escritor, al que ya en México identificaban como el “Shakespeare pequeño”, y de ahí el sobrenombre de Chespirito, fue arrebatándole protagonismo al personaje interpretado por el carismático Gaspar Henaine, lo que representó la liquidación inmediata del contrato del guionista.

Cuando se apartó de la marcada influencia de Viruta y Capulina, Chespirito creó un proyecto ambicioso al que llamó El Ciudadano Gómez, que a la postre representó su primer fracaso contante y sonante, pero a la vez lo ayudó a diseñar las bases para la gestación de sus invenciones posteriores. Surgió en el panorama La mesa cuadrada, un espacio cómico en el que aparecieron juntos por primera vez Ramón Valdés, Rubén Aguirre y María Antonieta de las Nieves, hablando, pontificando y opinando sobre lo divino y lo humano.

El clima, el licor, el fútbol, la educación, los problemas sociales de América Latina y hasta el cosmos fueron abordados por estos tres sabios (un profesor, un intelectual algo ebrio y una conductora hábil con la palabra), acompañados en ese entonces por quien con el paso de los años sería reconocido como el Doctor Chapatín, el genial portador de la bolsa repleta de “queles” (“qué les importa”).

Una de las más grandes frustraciones para Gómez Bolaños ha sido que sus padres jamás lo vieron representando alguno de los personajes que han acompañado a varias generaciones. Su padre murió cuando él tenía seis años, mientras que su mamá falleció justo después de su distanciamiento de Viruta y Capulina, a finales de la década de los 60. Según sus propias palabras, el reconocimiento le llegó muy tarde y empezó a amasar eso que los demás acordaron en llamar “fama” después de los 40 años.

Con cuatro décadas encima, Roberto Gómez Bolaños se le midió a representar a un niño de ocho años y a un superhéroe que, a pesar de su torpeza, estaba obligado a efectuar saltos casi acrobáticos para que sus memorables caídas quedaran registradas. Con el Chavo del 8, el Chapulín Colorado, Chaparrón Bonaparte y hasta Vicente Chambón, el intrépido reportero del periódico La Chicharra, el comediante mexicano logró darle relevancia a la letra che, que resulta para muchos secundaria en el alfabeto.

“Yo, como siempre, intento no hacer daño al público de cualquier edad. Yo trato de no incursionar en burlas sexuales ni lo que se puede considerar como agresivo, y creo que lo he conseguido”, asegura Roberto Gómez Bolaños cuando le preguntan por su obra 11 y 12, su proyecto teatral que ha superado todos los récords de taquilla y que permaneció en cartelera por más de once años entre ires y venires.

Roberto Gómez Bolaños, llamado irónicamente por Carlos Villagrán “Roberto Gómez Bola de años”, ha vivido ocho décadas y media, y más de la mitad de su existencia la ha dedicado a hacer humor blanco. Su figura tiene una importancia transversal dentro de la comedia en Iberoamérica y, sin querer queriendo, sigue en contacto a través del Twitter con el público que tanto lo necesita para reír. Chespirito cumplió ayer 85 y sólo se puede decir: “Chanfle”.

 

 

 

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