El maestro de maestros

Tributo del exmandatario y hombre de letras Belisario Betancur a su amigo Otto Morales Benítez. “Ha muerto con muerte apacible, dulce y serena...”.

El escritor e historiador Otto Morales Benitez. Archivo
“me duele en todo el cuerpo el corazón…”.
 
Conocí a Otto Morales Benítez desde los bancos universitarios. Tuve el privilegio de compartir con él las tertulias filosóficas y literarias en Medellín de los años cuarenta; y de su disfrutar de la cátedra de largueza que era desde entonces su vida. Alternábamos en la Universidad Pontificia Bolivariana con Miguel Arbeláez Sarmiento, prematuramente ido, con quien Otto dirigía el suplemento literario dominical Generación, de El Colombiano.
 
El profesor Morales Benítez llenó en su vida casi centenaria todos los escalafones de la metafísica. Como su discípulo, su compañero y amigo desde aquellos trayectos estudiantiles iniciales, tengo con él una deuda que fue siempre impagable, por el magisterio discrepante y tolerante que sin alardes ejerció sobre mi perenne insipiencia. Y como compatriota de Colombia, que habría ejercido con transparencia, consistencia y sapiencia, como que fue maestro de maestros, el gobernante sin gobernar, todo lleno de risa, de conocimiento, de familiaridad, de amistad y de pedagogía.
 
Son grandes los agradecimientos que los colombianos tenemos con este humanista sonreído, según expresión que él mismo usara el último día de julio de 1986, en la entrega a la Biblioteca Nacional en Bogotá, en nombre de las universidades Externado de Colombia, América y Central, del busto del maestro Germán Arciniegas. Al comienzo de aquel hermoso discurso, Otto dijo de Arciniegas palabras que pueden predicarse de sí mismo:
 
“La obra de Arciniegas se caracteriza por la profundidad y sagacidad con que ha trabajado la autenticidad colombiana en lo histórico, en lo sociológico, en su irradiación cultural. Por la fuerza y sentido de lo americano —agregaba— que es una constante en su creación. Por la permanente defensa de la libertad y de la democracia.”
Hace muchos años aspiraba a decir, dictadas por el corazón, palabras de gratitud, para merecer el don precioso de la amistad de Otto. Estas las escribo unamunianamente, ¡desde el hondón del alma!
 
Y de reconocimiento, por todo lo que hizo, inolvidable, por el proceso de paz mediante el diálogo desde 1982. Qué clarividencia, qué magisterio suyo.
 
Un infatigable docente —se ha dicho con escueta propiedad— puede decir lo que espera de nosotros. Pero un verdadero maestro despierta nuestras propias expectativas, que es lo que Otto Morales Benítez hizo en sus años de vida que hoy evocamos.
 
Y el testimonio de la cátedra; y de la vida pública; y más de un centenar de libros de historia y sociología.
 
Ha muerto con muerte apacible, dulce y serena, con la certeza del deber cumplido.
¡Ese maestro de maestros fue Otto Morales Benítez! ¡Su ancha y contagiosa carcajada nos hará falta, mucha falta!
 
¡Gracias, maestro y amigo, por haber existido!

 

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