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hace 2 horas

El monólogo 'ferpecto'

Antes de su llegada al país, el director español mostró su irreverencia y habló de su vida y sus cintas, y reveló detalles de su nueva obra, ‘Las brujas de Zugarramurdi’.

Álex de la Iglesia se define como un “perro apaleado” y dice que su cinematografía es un remolino incesante de absurdos. / EFE

Tengo que advertir a la gente que venga a los talleres que no van a descubrir nada nuevo en mis clases. Veinticinco años haciendo cine no me han ayudado a incorporar a mi trayectoria un discurso lo suficientemente sensato como para ser compartido. Aún estoy en proceso de aprendizaje, estoy imposibilitado de sintetizar en una serie de ideas, conceptos que llevan a alguien a estudiar esto. Les ayudaré, eso sí, a encontrar las ganas y la ilusión de enfrentarse al cine y sobre todo de divertirse y entretenerse, que es una de las mejores cosas que se hacen en la vida.

En mí no ha existido una madurez, no ha habido un proceso de desarrollo cognitivo en absoluto; me mantengo, para mi desgracia, en el nivel de párvulo y de amateurismo como cuando tenía 18 años. Esto es un drama porque no habla bien de mí, pero es algo que la gente debería reconocer. Eso sí, desde mi lado soberbio diré que conozco a gente que se vanagloria de un proceso y hasta habla de fases en su obra y en su trayectoria cinematográfica, o incluso cultural e intelectual, y mienten. No hay un desarrollo, hay un proceso de aprendizaje en la manera de esquivar los golpes; la cantidad de hostias que pueden llover a la hora de trabajar es infinita y con la edad he aprendido a esquivarlas. Me considero un perro apaleado: he aprendido a esquivar. Es a lo máximo que he llegado.

El estar mayor, que es el momento más triste porque ni siquiera tienes ese punto noble que tiene el anciano, sólo eres un señor mayor, el tipo calvo, con bigote y que tal, en esta instancia no creo que la creatividad surja, eso es algo que se gana, absorber de una manera vampírica, intentar imitar ese proceso de ilusión que de joven se tiene de una manera inconsciente. Hay que forzar ese proceso artificialmente para sobrevivir. Creo que funciona. Antes, un día soleado era una fiesta y una joya; ahora dices: “Otra vez ese maldito sol”. Para sobrevivir al aburrimiento y al tedio de encontrarte todos los días con malditamente lo mismo tienes que generar una ilusión y una emoción ficticias, y eso es algo que se puede aprender.

Por un lado es cierto que hay una intención de mantener una adolescencia eterna, pero si se ve bien. Es que desgraciadamente ya no puedo jugar ese juego: tengo que convencer a tanta gente, y los presupuestos son cada vez más complicados de lograr, que ya no puedo fingir ser un adolescente. Debo pintarme la cara con un maquillaje de payaso y convencer a los demás con lo que tengo, el trabajo que he ido acumulando a lo largo de los años. No es cierto que podamos ser amateurs; lo intentamos y nos gustaría mantener esa inocencia en la industria, pero tenemos eso, trabajo y experiencia.

Estamos en un mundo de contradicciones y lo difícil es intentar sorprenderte a ti mismo, y ese es el problema. Ese perro apaleado que ya no tiene ningún tipo de atractivo es alguien que se quiere ir a casa, pronto. Que ya no le gusta hablar, que no le gusta que le sorprendan, busca una tranquilidad en la repetición. Es terrible decirlo, pero es así. Cómo tener una nueva idea es complicado: primero buscar en el archivo de tus recuerdos cosas que no llegaste a rodar, de ese tipo que conocías hace mucho, que te caía bien, que eras tú mismo cuando joven, a presentarlas en una carpeta a ese personaje de 47 años que está agotado y cansado de ver siempre las mismas cosas delante de su cabeza. Lo que más cuesta es decidir qué película voy a rodar. Tengo 15 proyectos atractivos y elegir uno es lo más complicado, ahí vas a dejar dos años de tu vida.

No hay nadie, creo yo, que sea capaz de reflejar lo que hay en su cabeza. Es una cuestión de física. Los factores que influyen en el proceso y la elaboración de una película son tan complejos que no va a haber nada parecido a lo que tú querías. Los actores, las locaciones, el presupuesto... y luego tienes tus intenciones. La persona que comienza una película no es la misma que quien la acaba. Si no soy el mismo a los 18 que a los 47, tampoco soy el mismo al final de la cinta, estoy agotado. ¿Cómo sobrevivir a eso? Ahí está la esencia del director: es el tipo que con todo al revés consigue hacer algo que le gusta, o por lo menos cree que puede gustar. Cuando están los dramas que ocurren día a día en un rodaje, te van cayendo encima, y la gente se aparta para que los soluciones. El director que vale es el que consigue superarse a sí mismo, pasar de sus propias ideas y construir algo nuevo que resulte digno de ser visto.

Para García Márquez es evidente que prefiere hacer el amor a solas; en mi caso, yo me parezco más a un actor porno. No tengo problema en mantener relaciones sexuales delante de mucha gente. Hay un momento en el que te acostumbras a que la gente te observe en las situaciones más comprometedoras o ridículas. Que te miren 50 personas mientras discutes con un actor porque no hace lo que le pides, o cuando un plano no funciona. Hay una especie de paréntesis donde obvias las miradas de los demás, te expones de una forma tan brutal a los demás que como cineasta eso es lo de menos. El momento en el que te sientes más desnudo es cuando has acabado la película y la presentas.

Para mí todo es un caos. Desde adentro, mi cine es como un remolino incesante de absurdos. Viendo mi filmografía desde afuera, cosa que me cuesta mucho, quizá me quedaría con la última, Las brujas de Zugarramurdi, porque elegir una previa seria como un retroceso, el reconocimiento de un error. Creo que hacer cine es ir avanzando, corregir los errores previos. Es una segunda película para mejorar la anterior porque crees que te debes al público y tú sabes hacerlo mejor. Hacerlo bien es la razón, por eso ruedo y ruedo sin parar, nunca consigo una satisfacción. Siempre tengo ganas de más. Es como si las películas fueran un examen sin tiempo de entrega: estarías siempre escribiendo y buscando combinaciones para palabras diferentes.

Tenía muchas ideas en la cabeza, pero escogí el tema de Las brujas de Zugarramurdi porque en ese momento me pareció más fácil de contar. Estaba viviendo una situación anímica y emocional que me pedía hacer una comedia muy desmadrada de los problemas que tenemos los hombres con las mujeres, reconocer nuestra tontería y nuestra torpeza para comunicarnos con las mujeres y, sobre todo, reconocer nuestras debilidades, reconocer que las mujeres además de ser fascinantes y un objeto de deseo, también son un elemento que aporta un considerable terror a nuestras vidas.

Gracias a ese terror he entendido que el entretenimiento y el mensaje no son dos cosas separadas. Por un lado hay un mensaje que es la esencia de las cosas y por encima hay rebosado de harina, como si la vida fuera una croqueta, y no es así. El entretenimiento forma parte esencial del contenido, las cosas que cuentas, si son entretenidas, son interesantes. Por lo tanto no hay contenidos interesantes aburridos. No se puede diferenciar el entretenimiento del mensaje, el mensaje debe ser entretenido, de lo contrario no vale.

 

 

* Este texto fue recreado a manera de monólogo a partir de una entrevista.

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