El señor de los libros

Dedicó su vida a la encuadernación artesanal. Ahora, 60 años después, Jaime Contreras recuerda la historia de una tradición que ayudó a forjar.

Jaime Cárdenas, de 74 años, comenzó en 1957 a laborar como encuadernador de libros. Su primer trabajo fueron tres volúmenes por los que cobro $21. / Fotos: David Schwarz

Un martillo, unas tijeras y una aguja capotera: con esas herramientas, Jaime Contreras daba inicio en 1957 a su taller de encuadernación artesanal de libros. Después de tres años en el oficio como aprendiz, había decidido independizarse a los 17 y trabajar por su cuenta y riesgo. Con tal suerte que al poco tiempo obtendría su primer gran proyecto por encargo: encuadernar tres libros en gran formato por valor de $21.

“¡Una fortuna!”, recuerda Jaime, vívidamente y con orgullo, como si evocara un hecho del pasado reciente. Aunque la verdad es otra: han pasado 60 años de oficio ininterrumpido desde entonces. Pocas personas como él para dar fe del temperamento recio, el rigor y la fijación por el detalle de los bogotanos de la época: “Desde joven me enseñaron a apreciar el libro, a elaborarlo con lujo y de manera durable, así aprendí que su alma reside en la costura y la prensada”. Aunque su característica definitiva quizá resida en la fascinación por el uso del cuero: “Un libro en cuero tiene duración y es un lujo... eso no lo podrá reemplazar ningún material ni producción en serie”.

En el segundo piso de la casa taller, ubicada en el barrio La Castaña, Sergio Contreras, el hijo menor, ajusta la máquina plisadora. Siempre al lado de su padre, aprendió de primera mano los secretos del oficio: envejecer y satinar los cueros, preparar las guardas, redondear los lomos, rematar las costuras de los cuadernillos... Hasta desarrollar la paciencia y el amor por un oficio artesanal que toma horas y días enteros para construir un solo ejemplar.

Una vez lista la plisadora, don Jaime toma el relevo. A sus 74 años conserva con garbo la fuerza y la precisión para realizar los cortes sobre los tacos de papel. “Para ser encuadernador no basta con un curso, sino que tienen que pasar muchos años, se necesita adquirir la sensibilidad al material, como un artista”, explica pausadamente —como si estuviera impartiendo una lección—, y continúa: “Ser sensible es tener buen tacto, buen ojo y oler; cuando uno trabaja el papel debe calibrarlo, ver sus fibras; si uno trabaja en contra de ellas, se parte el lomo”.

Han pasado dos generaciones; ahora la casa taller está poblada de nietos. Aunque sea el maestro de la encuadernación más longevo de la ciudad, nunca olvida la reverencia y el respeto a los hombres que lo iniciaron en el oficio, como Ernesto Galindo, y la maestría técnica que aprendió de los salesianos.

Finalizado el último corte, don Jaime pone el seguro a la plisadora. Entonces rememora sus proyectos más notables de los últimos años: la encuadernación de la enciclopedia Quién es quién en Colombia para Oliverio Perry, en el gobierno liberal de Carlos Lleras Restrepo, un proyecto de biografías en formato dieciseisavo que tuvo 1.500 ejemplares. O su paso por el Congreso de la República, en 2000, donde encuadernó los archivos contables, los proyectos de ley y las leyes: “Ahí me di cuenta de que en este país había muchos proyectos, pero pocas leyes”, constata.

Ahora, en el retiro, aspira a que su hijo Sergio sepa sortear las dificultades de la modernidad, en que los archivos tienden a ir a la “nube” y cada día hay menos libros reales y más virtuales. “En la vida todo es una lucha. Esto de trabajar con las manos y sin capital no es un trabajo para enriquecerse, pero es un arte maravilloso de paciencia y amor”. Como lo señala el aviso de La Letra Dorada, su taller de encuadernación próximo a la Plaza de Bolívar: “El estilo y la elegancia van de la mano”.

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