Escribiendo 'Los años maravillosos'

La libretista de la producción, Anita de Hoyos, cuenta su experiencia de escritura: el modo en que adaptó los personajes a los años 80 en Colombia, su ritmo de trabajo y la singularidad del proyecto.

‘Los años maravillosos’ contará la historia de la familia González y será protagonizada, entre otros, por Carmenza Duque, Santiago Moure, Marcela Agudelo y Sebastián Gutiérrez (sentados), junto con Santiago Rendón y Greeicy Rendón (de pie). / Cortesía

—Vamos a hacer Los años maravillosos.

Así fue. Sencillito, como nacer o morirse. Una productora te llama y te cuenta que se va a escribir la adaptación de la serie que más te ha gustado en la vida y que eres el elegido. Entonces confirmas que la vida no es justa, que no has hecho nada para merecer tanta felicidad.

Todos los mayores de 30 tienen claro qué son Los años maravillosos. Los sienten, los vivieron pegados a sus pantallas de televisión. Y los menores, los que nunca tuvieron la suerte de gozar con las aventuras de Kevin Arnold, nunca lo entenderán. Por eso son grandes los creadores de Los años maravillosos: porque supieron establecer una relación entre el niño y el adulto, construyendo un puente de amor y respeto entre dos momentos muy distintos de la vida.

En la primera reunión que tuvimos con Cristina Palacio, la productora, y con Magdalena La Rotta, la directora, nos pusimos de acuerdo fácil: la serie original era perfecta, pero no servía para el mercado colombiano. No somos gringos. Al simplemente “colombianizar” los diálogos íbamos a crear un pastiche. Entonces, había que adaptar en serio. Tratando de preservar hasta donde fuera posible los elementos fundamentales de la serie, siendo fieles a su “espíritu”, debíamos crear personajes y situaciones que fueran verosímiles para el público nacional. Con gran pena con los gringos y su perfección, la salida era ser raizales.

Había que buscar un período de la historia de Colombia en el que los episodios y el tono de la serie original se sintieran “naturales”. Propuse la Bogotá de los años 80, porque siempre he pensado que así como los 60 gringos fueron el final esplendoroso del sueño americano, los 80 fueron para nosotros la consagración internacional, donde llevados de la mano por los goles de los Once de Marroquín, el Premio Nobel de Gabo y los pedalazos de Lucho Herrera logramos sentir que existíamos. Una buena época para afincar la nostalgia de los adultos contemporáneos.

Determinada la época, entré a modificar la estructura de la familia. Introduje una abuela, le subí el perfil a la mamá y se lo bajé al padre, como corresponde en una buena familia colombiana donde encuentran un hogar los viejos y las mujeres toman las decisiones importantes. Exageré la tranquilidad de la Bogotá de los 80, una ciudad con poca miseria, cero contaminación y ningún problema de movilidad. Armé un paraíso donde podía existir la inocencia.

Después vino la selección de la música. No contar con canciones en inglés, por un problema de presupuesto, reforzó el asunto raizal. Con asesoría de abogados y expertos musicólogos hice un listado de casi cien canciones para que la productora las negociara. Desde Rafael Orozco hasta las Flans, pasando por los Enanitos Verdes, Los Prisioneros, Cuco Valoy, Miguel Mateos, Fruko y sus Tesos y, last but not least, Darío Gómez. Convertí la música en un personaje más, con presencia dramatúrgica concreta, y me lancé a escribir capítulos.

Entonces, me asusté. Había creado una bestia que podía devorar a la serie original de tres mordiscos. La fuerza de la historia real de la que me estaba alimentando —nuestra Bogotá de los 80— era tan tenaz que empezaron a surgir situaciones y personajes que poco tenían que ver con el material de las transcripciones que se amontonaban encima de mi escritorio. Cuando en el cuarto capítulo de la serie el papá de Kevin se convirtió en un frustrado cantante de vallenatos, la cosa debió ser obvia. Sin embargo, nadie protestó. No podían hacerlo porque por algún extraño misterio de la alquimia, el aliento original de la serie seguía intacto en la adaptación. Es más, por momentos se potencializaba. La productora y los gringos terminaron aceptando que el bogotano Kevin González era otro tipo, pero que estaba a la altura de Kevin Arnold.

Escribí despacio y con cuidado. Nunca hice más de sesenta páginas a la semana, en ocasiones sólo treinta. Recuerdo unos días en los que no escribí nada porque me fui de vacaciones. Comparado con mi estándar de 140 páginas de telenovela a la semana, durante un año, sin vacaciones y descansando sólo los domingos, esto era un paseo. Paseo que me permitía corregir, afinar, pensar nuevos chistes, quitar palabras sobrantes. Nunca —desde los lejanos tiempos en que escribí comedias para Bernardo Romero— he trabajado con tanta comodidad. Si no lo hice mejor es porque nunca he tenido mucho talento. Por lo demás, para mí Los años maravillosos fueron siete meses maravillosos.

Tengo claro que nunca volveré a trabajar así. El mercado de la tele giró en una dirección que no lo permite. En Colombia ya no se hacen comedias familiares de media hora —en realidad, llevábamos mucho sin hacerlas— y es posible que no volvamos por allá jamás.

That’s life. Times they’re a-changin’. Pero nadie nos quita lo bailao. Hubo unos años maravillosos.

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