Extremoduro en eclipse

La banda que revolucionó el rock en español en la era posfranquista. Viaje desde el punk callejero hasta las obras conceptuales.

Extremoduro nació a finales de los años 70. / Fotos: Cortesía - Warner Music

Cuando Roberto Iniesta describe el mundo, el Sol despierta, mira, bosteza y es voyerista. Los árboles envejecen por depresión y la Luna huye de la tristeza. Iniesta, compositor y cantante de Extremoduro —aquel que, dicen, “ha muerto y resucitado muchas veces”— ve la esencia del ser humano reflejándose en los detalles de la naturaleza. La depresión, de carne y hueso, se fusiona con la sombra de un arraclán. Sin saber, claro, si esa es su intención. “Vomité mi alma en cada verso”, cantó en una de sus primeras canciones: Jesucristo García.

“En el jardín hay un cerezo dormido, pero parece muerto. Este otoño comenzó a sentirse apático y la dejadez se apoderó de su espíritu. La vida, cansada de verle abúlico y desastrado, decidió que lo mejor sería que se tomaran un tiempo para reflexionar sobre su relación, y se marchó de vacaciones, dejándole en un estado de abatimiento que hizo que se fuera consumiendo poco a poco hasta que acabó por convertirse en lo que es ahora: el aletargado esqueleto de un cerezo; una osamenta de madera clavada al suelo, que sólo espera que regrese la vida”, dice la contraportada de su único libro: El viaje íntimo de la locura, publicado en 2009.

Rock transgresivo: el género en donde poesía y punk no son antónimos. La transición musical en la era posfranquista. Extremoduro forma parte de aquellas bandas españolas que, a finales de los 70, cantaron desde los márgenes de la sociedad sobre temas censurados o maquillados. Deseo, amor: “Sin patria ni bandera, ahora vivo a mi manera. Y es que me siento extranjero fuera de tus agujeros. Miente el carné de identidad, tu culo es mi localidad”. La calle: “No necesito descansar, llevo tiempo sin parar, voy buscando el sol detrás de las esquinas. ¿Está por aquí? ¿O está por allá? Llegó la policía molestando como cada día. Se acabó la fiesta, a la comisaría”.

Extremoduro nació en un ambiente hostil. El mercado musical se focalizaba en el pop comercial y el gobierno de la región de Extremadura intentó boicotear sus presentaciones. En la sociedad conservadora no cayó bien la canción Extremaydura, que decía lo siguiente en uno de sus versos: “Hizo el mundo en siete días, extremaydura al octavo, a ver qué coño salía”. Para grabar el primer disco, Tú en tu casa, nosotros en la hoguera, la banda vendió bonos por 1.000 pesetas entre amigos y conocidos. Éstos serían redimidos por discos cuando salieran a la venta. Una estrategia comercial por la que son recordados.

Antes de lanzar su primer disco grabaron una maqueta, que titularon Rock transgresivo. Y ahí nació un género, en 1989. Influenciados por AC/DC, ZZ Top, Deep Purple, Veneno, Camarón de la Isla, entre otros, crearon un rock cercano al punk por lo visceral. Sólo que en este “rock urbano” había pausas. Espacios para el lamento. Por esta senda aparecieron bandas reconocidas como Marea, Fito & Fitipaldis y Sínkope. Pasaron siete años en los que Extremoduro tocó en bares de mala muerte, con cambios continuos en su alineación. Cuando salió Agila, en 1996, la banda entró en el radar de aquellos oyentes que esperaban una dosis de rock callejero. De ahí a que, quizás, en Colombia sean tan conocidas las canciones So Payaso o Buscando una luna.

Esa dosis le llegó a un público joven que no buscaba letras “políticamente correctas” para describir el amor, la rabia o la indignación. Iniesta no cambió su estilo por vender 200.000 copias de Agila. Un año más tarde sacó un LP más crudo: Iros Todos A Tomar Por Culo. Ha sido indiferente ante la industria musical: recorrió España y no se interesó en giras internacionales. Su voz es ronca, salvaje, callejera. Nació en 1965 en Plasencia (norte de Cáceres). No le gustan las entrevistas y odia las preguntas sobre su vida íntima. En una de las pocas que ha dado, a la revista Rolling Stone, dijo: “No sabemos cómo de importantes somos, pero sí que somos independientes. Hacemos las cosas, básicamente, basándonos en dos variantes: como nos da la gana y como podemos”.

En 2008 hubo una transición, una pausa. Apareció La ley innata, el noveno disco de Extremoduro. Es una obra conceptual, como The Dark Side of the Moon, de Pink Floyd. Atrás quedó el desgarro, la distorsión “sucia” y las baterías estridentes. Surgieron estructuras musicales basadas en sinfonías de Bach, guitarras melódicas y una voz suave que sugiere la ausencia. Un verso que Roberto Iniesta repite en el transcurso de las canciones: “Buscando mi destino, viviendo en diferido, sin ser, ni oír, ni dar. Y a cobro revertido quisiera hablar contigo, y así sintonizar”. Un momento creativo que coincidió con la escritura de El viaje íntimo de la locura. Lo de ese año no fue una dosis de rock callejero, sí de poesía, quizá de locura si uno sigue la definición de Roberto Iniesta en su libro:

“En la cabeza de don Severino ya no hay diferencia entre ética y estética. No distingue entre fondo y forma. Estos conceptos, que son inseparables, puesto que todo tiene una realidad y una apariencia, para don Severino son conceptos solidarios: uno cualquiera de ellos representa a la totalidad de los dos. Su mente va más allá de entender, va más lejos. Analiza las situaciones como una cámara de fotos: recoge la imagen, atenta a cada modificación de la luz, y la imagen recogida se convierte en la realidad”. Don Severino, protagonista de la obra, enloquece, vuela en su casa por el mundo. Y Roberto Iniesta describe sus fantasías.

Entonces el sol deja de ser el sol y se convierte en El Sol. Iniesta, en 2012, le dijo a un periodista de El Mundo: “A veces en dos canciones uso palabras parecidas, pero estoy hablando de cosas totalmente diferentes. Dentro de una canción las palabras pierden su significado. Y si hablo del sol, no es ese redondel amarillo que hay en el cielo para que haya vida, sino lo que a ti te sugiere”. Después de La ley innata, Extremoduro lanzó Material defectuoso, un álbum sin rasgos salvajes, lo que no quiere decir que no sea visceral. Estructuras melódicas con letras ¿desgarradoras?, ¿depresivas? Iniesta prefiere que el público decida. Sol, la palabra que comenzó a ser necesaria en las canciones: “Sol, que despacio vas, no será que te has parado a mirar”, dice en la última pista del disco.

En la última década Extremoduro viajó, como don Severino, a otra dimensión. La leyenda urbana que la banda representa es fiel a la música de los 80 y 90. Hoy ha seguido la senda de un rock más elaborado y profundo, por lo menos instrumentalmente. En septiembre pasado, Roberto Iniesta recibió la Medalla de Extremadura, una distinción que entrega el gobierno anualmente a los ciudadanos “destacados” de la región. “Se lleva esperando más de 20 años y es de justicia conceder”, dijo Cristina Teniente, la vicepresidenta de Extremadura, cuando otorgó el galardón. Iniesta estaba allí, en un auditorio con personas del gobierno, en un evento televisado. Él, de camiseta blanca y pelo largo raído, dio un breve discurso y pidió ayuda para los artistas. “No voy a pedir la paz en el mundo, ni que se acabe el hambre o el paro, eso ya hay mucha gente pidiéndolo”.

Fue criticado por recibir la medalla, pero siguió llenando estadios. En noviembre de 2013 salió a la venta Para todos los públicos, el más reciente álbum de Extremoduro. Locura transitoria y El camino de las utopías, las primeras canciones exitosas. Años atrás las más conocidas eran Puta o Golfa, pero los tiempos han cambiado. Y Roberto Iniesta ya no pasa su vida entre bares, aprendió gramática, cambió la calle por la escritura y salió de España.

La gira de 2014 incluye cinco ciudades latinoamericanas, entre ellas Bogotá. Este domingo Extremoduro tocará en Corferias. Primero anunciaron el concierto en el Teatro Royal Center, pero las boletas se agotaron el mismo día. Ahora hay un aforo para 10.000 personas, que sin duda la banda va a llenar. Al leer la investigación de Andrea de la Torre, socióloga de la Universidad del Rosario, sobre el rock transgresivo en Bogotá, es evidente que la pócima de Extremoduro también se ha extendido en estas calles. “La escena del rock transgresivo se ha constituido como un espacio de lucha de los individuos por olvidar las restricciones sociales y los prejuicios, presentes en los cuerpos, en los pensamientos y particularmente en el lenguaje que utilizamos todos los días. El rock transgresivo habla, como la música en general, de la vida, del amor, del desamor, de los amigos, del dolor, pero su diferencia reside en la forma como describe esas situaciones. La transgresión reside en el lenguaje”.

Un lenguaje que hoy ha dado un giro hacia la sutileza. Pero lo que diga este artículo, o como definan el rock transgresivo, a Roberto poco le interesa. Como dijo en una de sus canciones: “Y qué le importa a nadie cómo está mi alma, más triste que el silencio y más sola que la luna, y qué importa ser poeta o ser basura”.

 

 

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Extremoduro en Bogotá. Domingo 14 de diciembre, 7:00 p.m. Gran Salón de Corferias. Información y boletería: 5936300 y www.tuboleta.com

 

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