Fernando Urbina, "El Maestro" del folclor colombiano

La vida del director del Ballet Tierra Colombiana, una de las academias artísticas más importantes del país, que ha viajado por el mundo mostrando el lado alegre y positivo de Colombia.

Fernando Urbina Chuquín, director del Ballet Folclórico Tierra Colombiana. / Página oficial.

Cerró sus ojos y, como lo hace antes de cada puesta en escena, oró con sus cómplices artísticos para que esta vez, como si en alguna no hubiera sucedido, continuaran lloviéndoles aplausos de quienes los observan con retinas brillantes y emocionadas, y plagados de admiración por los expertos movimientos de pies, de sonrisas, de torsos.

Era el sábado 27 de septiembre de 2014, el Ballet Folclórico Tierra Colombiana festejaba sus 35 años de fundación y su gestor, Fernando Urbina Chuquín, sus 40 dedicados a la danza. Errado en sus cálculos, ‘El Maestro’ recuerda que esa noche, las actuales y las que vendrán, las sensaciones son las mismas que “hace 20 o 30 años, como cuando empezó todo. Siempre es una nueva expectativa cuando uno está en el escenario y los ojos están encima de uno. Son mil personas pendientes, que exclusivamente van a ver qué es lo que se está haciendo”.

Como pocas veces lo hace desde que dirige una de las academias de danzas más importantes de Colombia, el hombre de cabeza brillante y un arete en la oreja izquierda, permitió que los espectadores se deleitaran con sus expertos pasos de baile. El grupo infantil zapateó, el Ballet Dorado sudó en las tablas, los profesionales dejaron boquiabiertos, pero el dueño de las ovaciones era él; el que saluda enaltecido de elegancia con doble beso en la mejilla a las mujeres, el que considera invaluable que el proyecto de vida, de su vida, llamado Tierra Colombiana “sea grato para todas las personas que están dentro de él en los diferentes procesos”.

Sus brazos saludaron al teatro Colsubsidio, como respuesta a la algarabía que desató en el público su presentación; quizá, la mejor de todas. Más apabullante que cuando inició su emocionante trasegar en el Ballet de Sonia Osorio. Más impresionante que cuando brindó su talento como regalo de bodas de oro a la madre de su fiel amigo y experto maestro de ceremonias en las actuaciones de Tierra Colombiana, Orlando Pachón.

Orlando es el tío de Mariana, una de las alumnas con mayor antigüedad en la organización artística. Ella hace parte desde los cuatro años, y a pesar de que a sus dieciséis le apasiona la química farmacéutica, define con claridad que “simplemente hay que dejarse llevar por la música, por el público, por todo. Porque estás haciendo lo que más te gusta hacer en la vida. Entonces, es alegría, emoción, felicidad y satisfacción por los aplausos recibidos”.

Mariana es una de las tantas niñas que gritaron con emoción, recientemente, en uno de los salones de ensayos del Ballet. Los vecinos a la sede de éste, ubicada en Teusaquillo, uno de los barrios tradicionales de Bogotá, exactamente en la calle 39A entre carreras 17 y 18, se quejan por exceso de ruido ¿Ruido? Por eso, aquel día Fernando anunció en el recinto lleno de espejos y de piso de madera que tendrían otro lugar para preparar sus obras folclóricas. La aclamación en medio de los trajes de color rosa fue un homenaje al progreso incesante. “Aquí nos están fregando mucho los vecinos”, expresa con vehemencia.

“Tierra Colombiana es una familia”, afirma uno de los padres de las futuras profesionales de la danza, o de la química farmacéutica, o de otra cosa, o de nada, pero que siempre estarán con el recuerdo de unas baletas y una falda colorida. “Creo que se está realizando como persona en lo que le gusta”, es el pensamiento de Augusto Pachón, padre de Mariana y quien también bailó en el Ballet Dorado, porque la danza no tiene edad, detractores pocos; tan pocos como los que la conocen y la disfrutan en el país. Stella Castro, la mamá, referencia que “ha ganado en valores personales y sociales. Se le ve mucho compromiso. Le salta la pasión por el arte y la cultura. Demuestra mucha libertad para expresarse tanto en forma verbal como corporal. Ha demostrado un amor por nuestro país, amor por la cultura colombiana”. A lo que ‘El Maestro’ agrega: “Desde pequeños se forman en valores de respeto”.

“Es una profesión de toda la vida, todos los días. La gente estudia en la universidad una carrera cinco años, pero nosotros tenemos que estudiar todos los días de la vida si queremos ser personas competitivas y de calidad, porque somos deportistas de alto rendimiento”, dice Urbina, mientras, seguramente, está ideando otra coreografía, otra manera de conseguir fondos para continuar con su labor, en un país donde el arte no recibe el apoyo que merece.

–Pero ustedes van creciendo, ya tienen nueva sede...

–Sí, pero por ejemplo ahora estamos planeando una función en el Jorge Eliécer Gaitán para recoger fondos, porque sin apoyo, es difícil.

En el exterior, la imagen de esta nación de champeta y vallenato, de cumbias y porros, modifica su sentido narcocultural gracias a la labor de organizaciones como Tierra Colombiana, ganadora de festivales artísticos en Francia y Bélgica, acreedora de vítores en España, Italia, Corea, y otros afortunados territorios que han descubierto por ‘El Maestro’ Urbina el mayor significado de Colombia: alegría, baile, carisma, y sonrisas y legalidad, y música y no violencia.

Está sentado frente a un computador de los que tienen ‘cola’; para algunos, ya viejo, para él, perfecto. Escribe un proyecto para presentar en Idartes, a ver si, de pronto, les patrocinan algo para una nueva gira por el exterior. La academia tiene 37 años, “e igual desde hace 37 años sufre uno por lo mismo: por la falta de apoyo”. Suenan las teclas impulsadas por los dedos de Fernando en una oficina que tiene aproximadamente cuatro metros cuadrados. Adornada con cuadros de bailarines, los cuales parecen bailar la música que suena de fondo: una mezcla de arpa y piano en uno de los salones de ensayo, acompañada por una voz que desdobla una especie de palabras en ruso.

Los cuadros que adornan la recepción de Tierra Colombiana son de cuando ‘El Maestro’ aún no lo era. De aquellos días en que iniciaba su trasegar en la danza, en las tablas, en el mundo. Nació un 16 de marzo de 1955 y a los 18 años surgió su carrera artística. Se graduó, ese año murió su padre y “solo quedó la pensión” de su madre. Ingresó al  grupo de danzas del SENA y, afirma él: “Cambió la vida totalmente” gracias a su profesor Alfonso Rodríguez, a quien reconoce como su pedagogo en el tema. Por eso, hoy en día expresa: “Me enamoré de formar gente, de dirigir”. Implementa las enseñanzas que adquirió de Sonia Osorio, Jaime Orozco y Ligia Granados, entre otros más que se le escapan.

Recorría Europa con Sonia haciendo lo que más ama, bailar. Y simplemente a eso pensaba que se dedicaría siempre. Pero el destino le tenía otra misión para que su entorno tuviera la fortuna de acoger su inmenso conocimiento. Luego de regresar de México, y antes de la fundación del Ballet, el primero de agosto de 1979, Urbina fue llamado por el restaurante Tierra Colombiana para dirigir su grupo de danzas. Lo tomó por sorpresa. “Yo llegué al restaurante y estaban uno grupo de bailarines ya contratados. Dijeron que yo era su nuevo director y quedé pasmado”. De ese recinto gastronómico, nació la compañía folclórica con preponderancia a nivel nacional y reconocimiento a escala global. A propósito, Chuquín tira otra realidad: “En esa época había muchos restaurantes shows, no como ahora que no existe ninguno”.

La organización comenzó su camino, literalmente, con pie derecho. “De primerazo ganamos el Zipa de oro de Bogotá como el mejor espectáculo”, recuerda Urbina, quien tiene clara su ideología: “El arte es muy importante en el ser humano, porque lo dignifica, le da valores nacionales y una disciplina”.

La fachada de la sede de Tierra Colombiana no podría ser de otro color. Es amarilla con parales blancos. El amarillo representa el orgullo nacional que promueve la organización y que tan alto ha puesto en sus constantes giras internacionales. Gracias a ellas, y a la labor del director, la compañía se hizo acreedora a galardones como: la Cruz de Oro, que recibió Fernando Urbina Chuquín y el Ballet, de parte del Concejo de Bogotá; la Orden de la Democracia Simón Bolívar, por intermedio del Gobierno Nacional,  en el grado de Cruz Comendador; el Guacarí de Oro, en el Festival Internacional de Guacarí Valle. La lista de premios nacionales es extensa y la de los internacionales no menos: Corona de Oro Reims, Medalla de la Ville de Cruas y Placa de Carignan son solo algunos.

Y tan repentina como la forma en que Fernando se inició como director de grupos de danzas, es el modo en que sus ayudantes en la vasta misión artística desarrollada han arribado a la academia.

“Yo estudiaba por ahí cerca. Un día pasé, vi el aviso de Tierra Colombia y decidí ingresar a tomar clases”, asevera ‘Cope’. Su apodo es repetidamente mencionado por las niñas del ballet juvenil e infantil, sus pupilas. Miguel Leonardo Ortíz, docente y coreógrafo de la organización folclórica, es llamado por Fernando como ‘Copetín’. Es de la plena confianza de ‘El Maestro’ y las retumbantes muestras artísticas de la compañía también tienen su sello. ‘Cope’ advierte que adentro de la sede amarilla y blanca se forman, más que profesionales, seres humanos, así sucedió con él.

“Para mí el ballet ha sido como una segunda casa y me ha ayudado en la formación como bailarín y coreógrafo, porque allí me han dado las herramientas para poderme desenvolver en el campo profesional y también personal”, profundiza emocionado Miguel Leonardo, un agradecido del Ballet y de la vida, y, por encima del resto, de Urbina, de quien exterioriza: “‘El Maestro’ para mí es una gran persona, es un ejemplo a seguir”.

Sería algo razonable que no solo ‘Copetín’ tuviera a Urbina Chuquín como faro. Y que no fuera solo él quien lo reconozca como un ícono del arte del buen bailar, porque como declara César Monroy, Gerente de Danza de la Academia Los Danzantes, “es uno de los maestros más importantes de Colombia, tiene una muy amplia trayectoria”. El hombre de esta Industria Creativa y Cultural, que en 2015 cumplió 30 años de fundación, enaltece que Tierra Colombiana “es una de las compañías ganadoras de muchos premios internacionales”.

“Antes de ser artista, eres un ser humano”, ratifica Víctor Delgado, asistente de Fernando Urbina Chuquín. Es un espigado docente de la academia, que antes de conocer a ‘El Maestro’ solo bailaba tambores y ritmos de la Costa Caribe. Es un espigado samario, de cabello y ojos oscuros. Quizá su mirada tomó claridad cuando a través del profesor que tenía en la capital del Magdalena conoció a ‘Fer’. Sus pasos viajaron por los escenarios del mundo luego de llegar a Tierra Colombiana, el cual le “cambió la vida 180 grados, porque en Santa Marta solamente bailamos tambores y aquí aprendí folclor nacional y una cantidad de cosas que no sabía. Tuve la oportunidad de salir del país”.

Delgado transita por la vida con una sonrisa constante, la frente por arriba de los 1,80, un caminar refinado y enseñanzas por doquier; las que despliega y las que recoge. Notoriamente, una parte considerable del aprendizaje que ha adquirido en las danzas, se origina de los conocimientos de Urbina, y así lo corrobora: “Fernando Urbina es un ser humano maravilloso que le brinda oportunidad a muchas personas. Lo que más he aprendido de él es a valorarte más como persona”. Hiló bien en la ideología de Tierra Colombiana porque también valora que “antes de ser artista, eres un ser humano”.

Para que en el tiempo se vaya esfumando la percepción oscura y errada colombiana del planeta, es necesario formar a nuevos maestros y maestras de la vida, del folclor, de la danza, de la honestidad, de la humildad bien entendida, de la alegría y de la cultura. Entre más niños decidan enrumbar su existencia por la calzada artística, el concepto sobre el país que algún momento fue cafetero y en otro fue de cumbia y no de reggaetón, se modificará.

Fernando es uno de los pocos acomedidos con esta causa formativa. Es “quien supo ensamblar la tradición cultural de Colombia con el ballet clásico y la danza folclórica”, sostiene Edicson Rodríguez, uno de los muchos que han pasado por las manos, o mejor aún, por las salas de ensayo de ‘El Maestro’. Y Edicson no se desorienta cuando afirma que las obras de Tierra Colombiana “benefician al ojo humano, al ojo del espectador” porque el baile significa “otro mundo, un nuevo mundo de proyección”.

Por su parte, Stefanny Forero Mape, compañera de Edicson y una afortunada soñadora de la disciplina, que lleva aproximadamente cinco años en la academia, define el bailar como “una manera en la que me puedo expresar libremente y en la que puedo experimentar o atravesar diferentes emociones por medio del movimiento que realizo con mi cuerpo”. Para eso, el Ballet debe enriquecerla con las herramientas necesarias. Se dice mucha veces que la educación en cualquier ámbito, depende del estudiante. Y sí. Pero cuando la educación es de calidad, el alumno sobresaldrá sobre los comunes. Así lo supone Steffany. “Pienso que bailar es algo indispensable en mi vida. De hecho creo que el Ballet me ha ayudado demasiado a evolucionar en este proceso”.

La evolución en la danza se puede comparar con la obtenida en el deporte y en la música. No debe caber titubeo para asegurar que personajes como Nairo Quintana, James Rodríguez y Juanes se merecen su lugar por su esfuerzo y sacrificio, con el que han puesto a Colombia en el mapa mundial. La semejanza, según Fernando, se rompe en el momento en que la danza folclórica no cuenta con el mismo reconocimiento, ni siquiera, dentro del territorio nacional.

“Yo respeto lo que hace Shakira, Carlos Vives, aunque él también hace música folclórica, los ciclistas, los futbolistas, pero quienes muestran la verdadera Colombia somos nosotros los artistas, los bailarines, la música, las danzas. En Europa es único el reconocimiento al folclor de Colombia”, expone Urbina con ímpetu.

Y es que en otros lugares de la Tierra se evoca más la “verdadera cultura colombiana: la de la danza, la música y los trajes típicos”, que en Colombia, de donde los artistas salen con sus propios recursos y regresan con los bolsillos plagados de aplausos internacionales, de palmas extranjeras, de saludos foráneos.

Colombia no es fútbol, porque fútbol hay en todos lados; no es ciclismo ni pop, porque también hace parte del mundo. Y aunque son actividades que, con todos los honores, han llenado de prestigio al país, la esencia de la república; su identidad, sus orígenes, su piel, es el folclor. Es la danza y la cumbia, y el joropo y el bambuco, y el campo y sus representaciones alegres. Es el tricolor ondeando en una ruana que se erija encima de unas alpargatas y arriba de eso un sombrero vueltiao, cuyo adorno sea el sudor sobre las tablas y en el fondo un silencio sostenido por el deleite y destruido por la ovación, porque como exclama Fernando Urbina Chuquín, ‘El Maestro’ del folclor colombiano: “Somos los verdaderos embajadores de Colombia”.

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