Gustavo “El Loko” Quintero, el sonido de los diciembres

Falleció en la madrugada de ayer el intérprete de memorables canciones como “Don Goyo”, “Adonay” y “Fantasía nocturna”.

Gustavo “El Loko” Quintero falleció en la madrugada de ayer en Medellín. / Archivo
Gustavo “El Loko” Quintero falleció en la madrugada de ayer en Medellín. / Archivo

El pasado 10 de diciembre, Gustavo El Loko Quintero ofreció un concierto en La Macarena de Medellín, que terminaría siendo el último de su vida. Como tantas otras veces, cantó con su orquesta, Los Graduados, las canciones que habían marcado a decenas de generaciones desde los años 60. Se le veía pleno, feliz de estar sobre un escenario. “Lucerito, por qué has perdido tus raros encantos, en la tierra, allá muy lejos se escucha tu llanto”, cantaba, para luego saltar a “La pelea del siglo yo la vi en el infierno, cuando peleaba el Diablo con el viejo San Pedro. El título mundial los dos se disputaban y daban 20 a 1 a que el Diablo lo noqueaba”. Los reportes de esa noche dicen que en un momento se arrodilló ante el público, que lo ovacionó, y que se desenvolvió con absoluta naturalidad. Cinco días más tarde sufrió un fuerte dolor en el estómago. Fue internado en la clínica Las Américas de Medellín. Le diagnosticaron cáncer. Falleció en la madrugada de ayer.

Varias veces, en distintas entrevistas, Quintero había dicho que le hubiera gustado morir sobre un escenario. Su pasión por la música se había iniciado de niño. Como se lo manifestó a la periodista Marggie Riaza, de El Colombiano, un año atrás, fue un sacerdote el que lo motivó con sus primeros cantos: “El cura italiano Andrés Rosas, en la iglesia del Sagrado Corazón de Buenos Aires, el que me descubrió en la música, y gracias a él pude empezar cantando como monaguillo”.

Nacido en Rionegro (Antioquia), el 23 de diciembre de 1939, aunque algunos biógrafos hayan afirmado que nació en Medellín, Quintero empezó a revolucionar la música popular colombiana a finales de los años 50, al incluir en sus canciones, con ritmo de cumbia y de porro, sintetizadores y guitarras eléctricas, instrumentos que hasta entonces eran exclusivos del rock and roll. Su carrera musical comenzó con el grupo Los Teen Agers. Tiempo después fue el vocalista de Los Hispanos, donde fue reemplazado por Rodolfo Aycardi, su amigo, con quien lo enfrentaron con fines comerciales en infinidad de ocasiones. Finalmente creó Los Graduados.

Con Los Graduados rompió todo lo que hasta ese entonces se había hecho. Si la música tropical ya era popular, él la popularizó aún más, llevándola al interior de Colombia, mezclándole sonidos y ritmos andinos. Adonay, Don Goyo, Fantasía nocturna, El aguardientosky y cientos de canciones más posicionaron a la orquesta y la llevaron por Europa, Estados Unidos y Suramérica. Quintero fue bautizado como El Loko, así, con k, por Otto Greiffenstein, y desde entonces sus locuras o corduras fueron parte de la leyenda. Como escribió el periodista Élber Gutiérrez en El Espectador, en enero del 2011: “Tiene que estar loco. Una persona en sus cabales no se sale de un grupo como los Teen Agers cuando es la estrella del conjunto que en 1959 les ganó la carrera a los roqueros (o rocanroleros) colombianos a la hora de incorporar el teclado eléctrico y la guitarra eléctrica en sus canciones. Menos aún, se va de Los Hispanos tras imprimir un estilo nuevo a la música tropical, sumando a las elaboradas piezas de folclor nacional sonidos eléctricos de otros lares, trova paisa y su inconfundible show, inspirado en la puesta en escena de las canciones de Elvis Presley. Había que tener algún problema en la cabeza para incurrir en el sacrilegio de grabar saludos, alaridos y frases de animación en las canciones, moda que inauguró él hace 50 años. No faltó quien le dijera que fundar Los Graduados era un sinsentido. Una locura que lleva ya más de 40 años, que es referente obligado en la música colombiana (...). Pero también hay evidencias sobre su cordura. Como cuando convirtió el cruce de Junín con Colombia (Medellín) en un verdadero enredo al tirar desde el tercer piso de su oficina miles de pesos en billetes de a dos. Ni la Policía ni los delegados de impuestos comprendían que estaba cumpliendo con su palabra. Había prometido lanzar un novillo por la ventana, vendió el animal y arrojó el producto del negocio a la calle. Era un viernes de noviembre de 1979, justo cuando los diarios publicaban que los labriegos del país pedían al Consejo Nacional de Salarios unificar el sueldo mensual, pues en la ciudad era de $3.450 y en el campo apenas llegaba a $3.150”.

A partir de los 70, diciembre comenzó a sonar a Los Graduados y, más aún, a Gustavo Quintero. Criticado, querido o copiado, su estilo trascendió. Era de los pocos que podían decir, con autoridad, que “los músicos actuales todo lo encuentran fácil, por ejemplo en la grabación con la tecnología y en la difusión con los medios nuevos. Rápido suben y rápido bajan. La profesión es agradecida, pero ahora es más de mercado y antes era más de sentimiento”.

Sus primeros estudios los realizó en la escuela Édgar Poe Restrepo, de Medellín. Allí cantaba en cuanto coro hubiera. Pasó por la Escuela de Bellas Artes en Medellín y se matriculó para estudiar economía en la Universidad de Antioquia. Vivió unos años en Cali, aunque la mayor parte de su vida la pasó en Medellín. Entre sus grandes recuerdos estaban el hecho de haber compartido tarima con Leo Dan y Palito Ortega y haber recibido un premio por su trayectoria en Nueva York de manos de Tito Puente.

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