Mil vidas a cambio de una mesa

En verdad no hay una mesa de noche junto a mi cama y no recuerdo que hubiera una alguna vez, realmente nunca la necesité, o al menos no hasta cuando descubrí que podía vivir varias eternidades y vidas dentro del mundo de las letras, escapar de un país muchas veces apedreado y con un sombrío futuro, de una realidad que aunque la aceptaba, porque igualmente no hubiera podido cambiarla, no era una en la que me gustara vivir.

Fui mago, astronauta, científico, marinero, general y hasta viví en un tal Macondo, y cuando ya en él no hubo más para hacer que tomar la siesta después del mediodía, me dediqué a la lectura con matices obsesivos.

Pronto había libros en todas partes: sobre la cama y en el suelo de mi habitación, desparramados como mariposas muertas, que esperaban a que los tomara y les diera vida a sus contenidos. Así que sentí la necesidad de obtener una mesa de noche pues no me gustaba el aspecto desprolijo que tomó el cuarto, y mucho menos los constantes reclamos de quienes coexistían junto a mí. Me propuse ahorrar para adquirir una. Su costo era cercano a los 80 pesos. No era un valor inalcanzable para mí, pero existían artículos de más fácil acceso. Allí empezó el problema.

La primera vez que reuní la suma total de los 80 pesos, salí de mi casa habiendo hecho el espacio para el nuevo mueble. “Voy por la mesa de noche”, le dije a mi madre, con toda la convicción y certeza de lo que iba a comprar. Al regresar traía dos libros nuevos; de camino a la carpintería había promoción en la librería, fui al infierno buscando a mi amada y también estuve en el Louvre buscando el santo grial. Seguí en la misma situación.

En otra ocasión junté la mitad y presté el faltante, y al igual que con el primer intento, al regresar sólo cargaba más ejemplares. Después de ser pandillero en Medellín y haber libertado las Américas, me dispuse a pagar la deuda de 40 pesos en primera estancia, pero aunque me proponía ahorrar, mi pasión no me lo permitía. Ocurrió tantas veces y de manera tan similar que llegué a pensar que el librero sólo abría su local cuando yo reunía cierta cantidad y creo que hasta pagué el estudio de sus cinco hijos.

En búsqueda del sitio para dejar descansar mis libros, me encontré con muchos más de ellos esperando por un lugar, y ahora, mucho tiempo después, veo claramente que no pude darles otro mejor que el de existir en mi mente. Nunca he tenido mesa de noche porque nunca me ha hecho falta. Hoy, junto a mi cama, hay una hecha de libros; docenas de ellos, todos descansando en mi memoria, también dos vidas nuevas y una deuda de 40 pesos que no deseo saldar jamás.

 

 

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* Este texto hizo parte de una convocatoria de El Espectador, versión digital, para que los lectores concursaran por libros.

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