Obdulio, de media cancha

El jugador uruguayo Obdulio Varela, apodado ‘El Negro Jefe’, fue una de las figuras durante la final del Campeonato Mundial de Fútbol en Brasil en 1950.

Parafraseando a Machado, “una reunión de intelectuales alemanes es algo perfectamente serio”. Y en verdad en verdad os digo que es difícil, muy difícil, imaginarse algo más serio que una reunión de intelectuales alemanes. Pero extrememos la dificultad. Retrocedamos al verano de 1986: se celebra en Berlín un congreso dedicado a América Latina y se reúnen allá algunos invitados latinoamericanos de fuste: el uruguayo Mario Benedetti, el colombiano Luis Fayad, los chilenos Hernán Valdés y Antonio Skármeta...

Al concluir el acto inaugural, con una honda reflexión de Benedetti, los intelectuales alemanes presentes, quienes además de estar presentes son solidarios con la desgraciada suerte de nuestro continente, proponen que continúe el coloquio alrededor de una mesa en el Vieux Carré, un renombrado restaurante con terraza en la Plaza Savigny: lisa y llanamente, lo que proponen es que cenemos allí al aire libre, debajo de una de las pérgolas, debatiendo los temas del congreso.

Y allá nos vamos todos. Yo en el carro de la joven y exquisita poeta boliviana Martha Gantier Balderrama, de quien lo último que he sabido es que se fue a vivir a Pereira. Esa noche estival berlinesa, Martha se (y me) preguntaba angustiada por qué no se conoce Bolivia en el concierto de las naciones literarias. Le hablé de Pedro Shimose y algo pude consolarla.

Pero ya estamos en el Vieux Carré, y llega Mario Benedetti, me agarra de un brazo, me lleva aparte, mira nervioso el reloj y me dice en voz baja: “Vos que sos baqueano por estos pagos, tratá de que la cena no se alargue, mirá que esta noche es el Inglaterra-Argentina”.

¡Madre de Dios! O mejor: Nossa!, como dicen los brasileños, ¡qué tarea! Trato de encajarle el muerto a Skármeta, que es berlinés de residencia, pero él que fue arquero de un equipo juvenil en sus años mozos me asegura con una desarmante irresponsabilidad que no habrá problemas. ¿Que no habrá problemas? Pero Antonio, que son intelectuales alemanes comprometidos y solidarios, ¿cómo carajo les digo que su venerado Mario Benedetti quiere comer prontito para no perderse un partido de fútbol, para más inri televisado desde el lejano México?

Entretanto los camareros han ido juntando mesas y los intelectuales alemanes que nos escoltan han ido repartiendo estratégicamente entre ellos a la minoría hispánica (para que nadie se pierda su tajada de solidaridad). El azar dispone que Mario y yo quedemos frente a frente, nada menos que en el puro centro del rectángulo y habiendo pegado la hebra con el fútbol, para más inri añadido. “Nuestros” intelectuales alemanes, que saben todos español, y algunos de ellos hasta lo chapurrean decentemente, sintonizan la oreja en la longitud de onda de nuestro diálogo.

Y como es inevitable entre un uruguayo y un español, hablando de fútbol tiene que salir a relucir aquel 2-2 de São Paulo en el Mundial del 50, cuando España iba ganando 2-1 y de repente vino un cañonazo de Obdulio, desde media cancha, agarró a Ramallets a contrapié, y se produjo el empate. Y luego ya se sabe, Brasil goleando a Suecia (7-1) y a España (6-1), y el Paisito, como ellos lo llaman, ganándole a Suecia (3-2) y llegando a la final histórica del 16 de julio, en un Maracaná enfervorizado porque al Brasil le bastaba empatar para proclamarse campeón del mundo.

Sí, 1950 fue la única vez en la historia de los Mundiales que los cuatro finalistas se enfrentaron por el sistema de liguilla, todos vs. todos, pero “contra el destino nadie la talla”, y el destino se empeñó en que hubiera una final con todas las de la ley. Una durante la cual Brasil fue campeón a lo largo de los primeros 46 minutos (0-0), lo fue mucho más cuando Friaça anotó en el minuto 47 (1-0), lo siguió siendo cuando el gol de Schiaffino (1-1) en el minuto 66, y lo era todavía cuando iban 78 minutos de partido. Y llegó el minuto 79 y el gol de Ghiggia (1-2) y Maracaná enmudeció, y siguió mudo cuando Mr. Reader pitó el final del encuentro. Sólo salió del silencio para aplaudir deportivamente a los once charrúas que daban la vuelta de honor enarbolando el capitán, Obdulio, la Copa Jules Rimet, como se llamaba por aquellas calendas.

“¿Serías capaz de acordarte de la alineación de ‘la furia española’ de entonces?”, me preguntó Mario. Le respondí sin titubeos: “Ramallets; Gabriel Alonso, Parra, Gonzalvo II; Gonzalvo III, Puchades; Basora, Igoa, Zarra, Panizo y Gaínza”. Y Mario me replicó recitándome, casi como si fuese un poema suyo, el once de la celeste del maracanazo: “Máspoli; Matías González, Tejera, Gambetta; Obdulio Varela y El Negro Andrade; Ghiggia, Julio Pérez, Míguez, Schiaffino y Morán”. Y para más inri, minutos más tarde, me narra todos los pormenores de un vicegol de Pelé que presenció una vez. Porque quienes amamos el fútbol de a de veras también recordamos los vicegoles.

Los intelectuales alemanes que nos rodean han renunciado hace rato a que la conversación se desvíe hacia temas serios, y su interna solidaridad irrestricta se resquebraja a ojos vista. Pedimos la cuenta, se hacen las divisiones correspondientes, nos vamos, queda una hora antes de que dé comienzo el Inglaterra-Argentina. Ya a la salida, de nuevo, la angustia de la hermosa Martha: “¿Y Bolivia, Ricardo?”. También sin titubeos le contesto: “Perdió contra el Uruguay, por 8-0”. ¡Ay Mario, lo que son los tiempos! Cuarenta y cuatro años después, en 1994, Bolivia fue justamente la que impidió que la celeste acudiese al Mundial de los Estados Unidos. “Fiera venganza la del Tiempo” (que suena como si fuese de Quevedo, pero vos, Mario, sabés que es de Discépolo).

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