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Obturar o morir

Este 22 de octubre se conmemoran cien años del nacimiento del gran fotógrafo de las guerras del siglo XX, el húngaro Robert Capa. Homenaje.

Imagen tomada en la ciudad alemana de Leipzig en 1937. Hace parte del libro ‘Robert Capa: obra fotográfica’ (Phaidon, 2001). La selección fue hecha, en parte, por Cornell Capa, hermano del reportero. / Fotos: ‘Robert Capa: obra fotográfica’

La foto más representativa de Robert Capa es también la más cuestionada. Una historia oficial, contada por él mismo, dice que fue tomada en Andalucía, al inicio de la guerra civil española, mientras acompañaba a un grupo de reclutas republicanos, todos inexpertos, que según Capa morían a cada instante convencidos de que esas muertes tenían sentido por la causa de la libertad. Capa entonces era joven (tenía 23 años), tal vez inexperto. Un ataque de ametralladora fustigó la posición de los soldados, que respondieron acercándose y muriendo, y repitieron el ritual varias veces. A la cuarta, el fotógrafo puso la cámara encima de su cabeza y disparó (el verbo nunca fue más ambiguo). Meses después, ya de vuelta en París, descubriría que era célebre: la foto captaba el instante de la muerte.

O quizá apenas el gesto, la teatralidad, el performance de una desaparición. En Muerte de un miliciano, un soldado cae. Hay quienes dicen que es apenas eso, un soldado cayendo, la expresión en su sentido más literal. Un trucaje, también. Una puesta en escena preparada por Capa para plasmar la mímesis brutal del momento de la muerte, de la desaparición.

De cualquier forma, que la foto clásica de Capa sea tan dudosa como alabada, tan admirada como resistida, parece simbolizar bien al propio Capa, un personaje en el que es difícil separar la leyenda de la realidad menos mítica, la gran historia de los capítulos más prosaicos, menos perfectos o ideales.

El nombre, por ejemplo: Robert Capa no es Robert Capa, no al menos exactamente. Capa era, al principio de todo, Endre Friedman. Húngaro. 1913. El hijo de una pareja judía de sastres, de un padre (Dezsö Friedman) que echaba todo a la suerte y de una madre (Henrietta Berkovits) que trabajaba duro para imaginar que su hijo no tendría que pasarse la vida confeccionando trajes para la alta sociedad de Budapest. Los Friedman atravesaron las crisis sucesivas de la Hungría de principios del siglo XX (la Revolución comunista, la dictadura de Horthy). Robert Capa, o Endre Friedman, entró al Liceo en 1923. Alumno distraído, superior a la media.

En Sangre y champán, Alex Kershaw cuenta que junto a Eva Besnyö, amiga de la infancia, Capa descubrió el esquí. Un día prestó material y, desde la colina Svabhegy, decidió que se lanzaría. Instalados en la cumbre, Besnyö le recordó que ninguno de los dos sabía esquiar, a lo que Capa respondió que eso no le impediría saltar. Y saltó.

No le tenía miedo a nada. Tal vez, como el padre, asumía que todo podía reducirse a la suerte, o al azar, o a la indeterminación. Como no tenía miedo podía vivir también sin reservas, guardándose nada, entregándose siempre a un flujo incierto. La frase más conocida de Capa (“Si tus fotos no son suficientemente buenas, es que no te has acercado lo suficiente”) puede explicarse desde esa lógica: la de alguien que nunca tuvo reparos en acercarse, o en saltar, aun si eso pudiera representar la muerte.

Por esos días, el pasatiempo favorito de Besnyö era la fotografía. Sin embargo, a Capa no pareció llamarle demasiado la atención, casi como si el descubrimiento de la cámara tuviera que venir a través del movimiento, del desplazamiento o de la huida, pues la descubrió en Berlín, a donde llegó para seguir a Besnyö y escapar de la Budapest cada vez más antisemita de principios de los años 30.

El descubrimiento vino también con el hambre: la beca con la que estudiaba en la Deutsche Hochschule für Politik apenas le alcanzaba para vivir, y sus padres ya no podían ayudarlo. La ciencia política era muy aburrida, además. Con la ayuda de Besnyö, Capa comenzó a ser asistente en una agencia. Allí le encargarían, al cabo de un tiempo, su primera gran misión: el discurso de León Trotsky en el Berliner Sportpalast.

Tras un breve paso por Viena y el regreso a Budapest, Capa se instalaría en París. En principio, la vida no cambiaría mucho: pasaba hambre, empeñaba (y eventualmente perdería) la Leica, frecuentaba cafés. Uno de ellos, el mítico Le Dôme, en el 108 del boulevard Montparnasse, sirvió para que conociera a David Chim Seymour, otro fotógrafo húngaro en el exilio, quien se convertiría en su amigo para toda la vida.

En esas recibiría un encargo de una empresa de seguros. Para una de las fotos, Capa necesitaba que una rubia posara en un jardín. Un día abordó a Ruth Cerf para proponerle el trabajo. Como Cerf no quería quedarse sola con el fotógrafo, invitó a su amiga Gerda Pohorylle a la cita. Luego del encuentro, Gerda no sería más Pohorylle, sino Gerda Taro, el gran amor de su vida. Por cuestión de negocios, los dos crearon un fotógrafo ficticio, norteamericano, de nombre Robert Capa, cuyas fotos se venderían bastante caras dado el prestigio del célebre personaje.

El resto de la historia es conocida: la guerra civil, la muerte de Taro, la guerra mundial, el desembarco de Normandía, las guerras en China y en Vietnam, la vida en Nueva York, la liberación de París, las fotos absolutas, el siglo XX. Porque Capa es el siglo XX, sus guerras más dolorosas.

Y también un viaje final, quizá.

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