La Palmasola de doña Elvia

Apenas entraban las vacaciones de mitad de año me invadían las ganas de acompañar a mis abuelos a su hacienda, Palmasola, entre la Villa de San Benito de Abad, en la extensa subregión de La Mojana, al sur del departamento de Sucre, y el municipio de su mismo nombre.

Era un viaje de muchas horas por el río San Jorge, hasta llegar un poco antes de la desembocadura del Cauca.

Cada vez que abordábamos el “johnson”, mi imaginación volaba al momento en que mi madre nos llevaba al desfile de balleneras en la bahía de Cartagena durante las festividades novembrinas. A los pocos segundos de dar inicio al desplazamiento, asociaba a doña Elvia con las reinas de belleza. No sólo saludaba a sus cientos de comadres ribereñas; a los comerciantes de maíz, arroz, pescados salados, aves, cáñamo y madera, que transportaban sus productos para venderlos en el mercado de Magangué y el resto la depresión momposina. También extendía sus brazos a los hombres “puyajalas” o impulsadores mantenedores del vaivén constante de las canoas entoldadas de bahareque de habitantes costaneros con sus sustentos, y a cuanto peregrino adornara el principal medio de transporte de la región.

Durante los recorridos se musitaban pocas palabras. Los movimientos eran rigurosos, acompasados de constantes advertencias: “Mientras estén a mi cargo, jamás voy a permitir una mala hora”. No obstante, de alguna manera, yo rompía las reglas. Me causaba curiosidad la palabra johnson, por eso preguntaba al conductor Paulino Montes la razón. De costumbre, respondía enfáticamente simplemente porque sí. Pasado el tiempo deduje que el nombre vernáculo de la lancha se debía a una marca de motores fuera de borda, y que a Paulino le causaba impaciencia cada una de mis perseverantes imprudencias.

Una vez atracábamos en San Benito de Abad para luego continuar el camino hacia Palmasola, mi abuela religiosamente visitaba a Joaquina Porto Urueta, quien infaliblemente la recibía con una mazamorra de plátano maduro y un suculento salpicón de ponche ahumado guisado con ajíes dulces, pimienta de olor y leche de coco.

Allí pasábamos la primera noche.

Joaca se había casado con Efraín Palencia Acuña. Ambos trabajaban en su propia finquita levantando unas cuantas cabezas de ganado, gallinas ponedoras y puercos, sembrando yuca, ñame, plátano cuatro filos y ají pajarito.

Ella era una mujer alta, de tez blanca y ojos azules. La gente rumoraba que había sido embrujada cuando don Efra la miró intensamente una tarde mientras caminaba en compañía de su tía solterona por uno de los andenes de la calle principal de Santiago Apóstol, de donde era oriunda. Era tan bonita y de buenas costumbres que su familia la cuidaba de pretendientes lejanos a su estirpe.

Joaquina y Efraín permanecieron siempre juntos, viviendo en una enorme “casa de material”, denominadas así por el sistema de construcción a partir de cemento revocado, cerca al borde del río San Jorge, donde criaron sin percance a once hijos. Mi abuela era comadre de seis, y mi abuelo, compadre del resto.

En el primer piso de la casa, al pie de la cocina, permanecía ubicado un ataúd. Sólo distraían mi contemplación los guiños restrictivos lanzados disimuladamente por doña Elvia desde la breve distancia separada. De estar a su lado, se hubieran convertido en agudos pellizcos.

Como el poblado quedaba aislado del comercio, Joaquina decidió en su cumpleaños setenta comprar el cajón anticipadamente para cuando llegara el día de su muerte, evitar que su cuerpo quedara a la intemperie pudriéndose sin poder disfrutar de la estrictez de un tradicional sepelio. Durante 35 años enterró a muchos moradores del pueblo. Todo aquel que partía hacia la gracia divina se sepultaba en él y luego era devuelto a su propietaria. Joaca murió a los 105 años.

Decía mi abuela que la vida de su comadre había sido perpetuamente “comidilla” de todos por haberse casado con un negro.

Era otro día de ofrendas culinarias.

Otra desembarcada fervorosa era donde su compadre Rogelio Madera Romero, un señor de pocos recursos económicos a quien mi abuelo Gabriel de la Ossa le había dejado un pedazo de tierra para su cultivo.

Él y su mujer acostumbraban a festejar la visita con un portentoso pebre de pato criollo preparado dorando las presas en un caldero tiznado sobre el fogón de leña, para luego cocerlo aliñado con vinagre, naranja agria y especias, lentamente en una tinaja resguardada de hojas de bijao, plátano o palma de iraca. Mi abuela, Elvia Hernández, matrona de origen provinciano, con gran señorío, no cocinaba, pero mandaba en cada elaboración por igual, como si hiciera parte indispensable de ella.

Las preparaciones a base de pato cuchara, criollo o pisingo son típicas de los sitios arbolados con suficiente agua dulce. Arroces, guisos, sancochos, viudas y escabeches pertenecen a la tradición de los pueblos convergidos en esta región.

Don Rogelio, en la alborada del día anterior a la arribada de sus compadres, salía en la búsqueda del mejor ejemplar. Decía su esposa Aminta que siempre llegaba con el más gordo, el de las plumas más oscuras, el del pico más negruzco y “verrugas” bien enrojecidas. Esos eran para él los más sabrosos.

Una vez amanecía, el fogón continuaba fervoroso. El desayuno antes de partir constaba de garapacho, una tortilla con carne de hicotea desmechada y guiso criollo, torticas de casabe y un pocillo de café con leche recién ordeñada.

Muchas preparaciones insignias de la cocina de Palmasola y sus alrededores comenzaron a olvidarse por la violencia inhóspita azotada en La Mojana. Afortunadamente algunos perduran en la memoria de mi abuela, hoy sentada en la eterna mecedora donde su madre, Elisa González-Rubio, la acostumbró a descansar desde hace noventa y ocho años.

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