Penhall y la locura de lo humano

‘Naranja/Azul’, una obra de Joe Penhall que se desarrolla en Londres, fue adaptada al contexto colombiano y se está presentando en el teatro R-101. El grupo habla de su proceso de creación.

Ramsés Ramos (izquierda) es Christopher, y Hernán Méndez interpreta al doctor Roberto Martínez. / Cortesía

Lo primero fue encontrar actores que dieran la talla, dice el director. Lo segundo fue entender el texto, dice el director. Lo tercero fue pensar en un público, acostumbrado a la televisión. Cuarenta y cinco minutos y listo. Ya no ven más, dice el director. Lo tercero fue aproximarse a la esquizofrenia y a lo afro sin caer en lugares comunes. Y lo cuarto, dice el director, “que alguien vea el texto y vea a un grupo de personas tratando de hacer algo juntas, por el simple hecho de estar juntas”. Actores. Texto. Público. Temas. Grupo. Un proceso de creación en cinco pasos. Sencillo y no tanto. Los actores: Ramsés Ramos, Felipe Botero y Hernán Méndez; el texto: Naranja/Azul, de Joe Penhall; el público, como una apuesta a sus convicciones; los temas, mucho más complejos de entender que de contar, y el grupo: el R-101. Hernando Parra, el que dice, es el director.

El texto. Lo descubrieron por esa búsqueda que sigue el R-101 de dramaturgos desconocidos; encontraron a un tal Joe Penhall, que no estaba traducido al español. Lo leyó Felipe Botero, primero que el resto, y pensó “no voy a poder acabar”. Naranja/Azul, una obra larguísima, dos psiquiatras y un enfermo que no salen de un mismo espacio, y que hablan —mucho—, por encima, mientras por debajo van mostrando la complejidad de ser, del “ser” humano. Lo acabó, sin embargo, y levantó el teléfono: “Esta es una obra de arte”, le dijo a Hernando Parra. Una obra de arte. Lo sorprendió cómo Penhall ponía a esos tres personajes, no más, no menos, a hablar de una manera tan humana. Lo sorprendió cómo se comunicaban tan fácilmente. “Me estaban hablando de conceptos clínicos y de terminología psiquiátrica, y yo estaba entendiendo absolutamente todo, sin necesidad de pie de páginas”, afirma. Entonces la tradujo, en un primer ejercicio. Cómo es de pilo Penhall, pensaron todos, brillante. Pero en ese momento lo guardaron. El texto se quedó así, sin actores.

Los actores. Tres generaciones diferentes, tres escuelas diferentes que supieron compaginarse perfectamente en escena. “Actores que pudieran enunciarlo (el texto) de manera natural, sin afectaciones, sin extrañamientos”, eso era lo que estaba buscando Parra. Y cuando los encontró, cuando por fin se decidieron a montar la obra que habían dejado guardada, los dejó hablar, los escuchó, los observó. Dejó que experimentaran. “Los directores hablamos mucho, creemos tener la verdad”, sostiene. “Yo creo firmemente en lo que dice Peter Brook: mi único deber es traerles los tintos a estos señores y guiarlos como un ciego guía a otro ciego para que encontremos ese hueso. Pero dejarlos, dejarlos”.

Entonces fueron ellos los que hablaron. “Mi exploración del personaje fue desde la enfermedad, pero sin caer en la enfermedad. El riesgo aquí era actuar loco... tratar de alejarme de caer en ese lugar común. Es un hombre que quiere irse o que no quiere irse. Es un hombre que juega, es un hombre que se retrae”, cuenta Ramsés Ramos, que interpreta a Christopher, un esquizofrénico, un negro, “un negro hijueputa”, como lo llaman, como él dice que lo llaman, como él mismo se llama.

Los otros dos personajes son los doctores Simón de Brigard y Roberto Martínez. Felipe Botero y Hernán Méndez, respectivamente. El uno quiere que Christopher se quede, que continúe con el tratamiento, y el otro quiere que se vaya, que vuelva a su casa, a la vida que tenía antes. El primero, Simón, argumenta su punto, dudando, tartamudeando, hablando entre comas —así lo escribe Penhall—, con la medicina más tradicional. El otro, Roberto, aunque mayor en edad, va mucho más seguro a lo nuevo, a la medicina de vanguardia. Y discuten. Los tres. Simplemente discuten, durante los 95 minutos que dura la obra.

Los temas. Todos centrados en Christopher, que a veces se quiere ir y que a veces se quiere quedar, por su miedo, para protegerse. Que va explotando su locura, primero por un lado y luego por el otro, y en medio de ella va sacando todo aquello que siente, lo que le ha tocado vivir en su condición de negro. Y en una frase, de repente, de lo fútil aparece lo político, la problemática afrodescendiente en el mundo. Una problemática que es distinta en Bogotá, en Londres, en París... pero que tiene lugares comunes. En una frase, una sola, ya Penhall, ya los del R-101, mencionan los documentales, hacen referencia a todos los discursos que se han pronunciado al respecto.

Público. Así quieren hacer que vuelva a las salas, así quieren engancharlo. Hasta el momento lo han logrado. Con teatro de texto, dramaturgias sólidas, como la de Penhall. Hablándoles de lo que hay que hablar, pero sin discursos aleccionadores. “Jugarles con concepto”, afirma Parra. Decirles “vengan, vengan. Yo les muevo las bolitas de otra manera”. Y así crean su grupo, bajo esta idea. “Lo que queremos dar es una unidad”, dice Hernán Méndez con respecto a Naranja/Azul. “Detrás de cada frase hay un contenido más. Cómo lo digo, para qué lo digo... se siente que hay una unidad que no está fracturada”. Y esto mismo es extensivo al grupo, una unidad, algo no fracturado, la preocupación por el cómo y por el para qué. Su objetivo es hacer teatro, estudiarlo, hablarlo, ponerlo en escena. Un grupo de personas haciendo algo juntos. Juntos, “por el hecho de estar juntos”, dice el director. Pero bien hecho.

 

 

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@adrianamarinu

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