Puyas sabrosas

Testimonio del Festival de la Cumbiamba de Cereté, Córdoba. Días de cumbia y caldo de mote de queso.

 

A la familia Canchila Badel la conocí en el Festival de la Cumbiamba de Cereté, Córdoba, a finales de marzo del 2007. Tradicionalmente para esa época, en este pueblo se dan cita cientos de conjuntos folclóricos de toda la región Caribe. El certamen tiene como principal atracción la competencia de grupos aficionados y profesionales que interpretan ritmos de cumbia, porro y puya al compás de la gaita, las maracas, el tambor alegre y la tambora.

Eran cuatro días de fiesta en la tierra del Cacique T, de Miguel García y del poeta Raúl Gómez Jattin. Durante esas fechas bailé y comí desde la alborada hasta el oscurecer.

La última noche sentí mi cuerpo hinchado y la piel enrojecida. A punto de darme un soponcio, recosté un taburete en uno de los palos que soportaban la caseta.

Fue allí cuando Evaristo se acercó.

—Ven y te enseño a bailá costeño.

Cuando levanté mi cara, observé a un muchacho de aproximadamente treinta años y un metro y medio de estatura. Lo miré a los ojos y le dije utilizando la jerga de la región:

—¡Usoooooo! ¡Tú sí eres agallúo!

Indignada y con el cuerpo desajustado por culpa del cansancio, me ensalcé hacia la pista moviendo los hombros para bailar La puya loca.

De inmediato soltó una carcajada.

—Hombeeeee, niña, pensé que era cachaca.

Terminé casi muerta.

—Vivo justo después del solar de la esquina. Allí mi mujer y unas comadres están preparando comida pa aguantá hasta el amanecé.

Me invitó a la cocina donde estaba Josefa meciendo cadenciosamente la cadera y, con un cucharón, una olla repleta de mote de queso que aún reposaba hirviendo encima del fogón de leña. Alrededor había gente bailando fandango solícita a llevarse a la boca la suculenta preparación.

—No le tengo celos a la gringa, la escuché murmurar en voz baja refiriéndose claramente a mi.

—Se ve apetitoso. ¿Es de palmito? Pregunté con el fin de animarla a interactuar.

—¡No! Es de bleo con chicharrón.

—Mi familia es sucreña, así que sé a que sabe ese mote

—Yo soy oriunda de Galeras, me dijo.

Conozco ese pueblo, mi abuelo Gabriel de la Ossa, tenía una finca por allá.

En la región sabanera se preparan diversas variaciones de mote de queso. En los alrededores de Sincelejo el más tradicional, se elabora agregándole hojas de bleo y yuca, tal como lo prepara mi tía Elisa en Sincé, y el de Semana Santa a base de guandú con guiso de tomate, ajo y cebolla. En Córdoba es tradicional el de palmito, así como el exquisito mote de berenjena. En Bolívar, es muy apetecido el de candia con pescado y el de frijolito cabeza negra con carne salada. A mí me encanta el preparado con bocachico ahumado de San Marcos, Sucre.

Sonó una cumbia. Josefa Badel deslizó los pies sobre el piso sin levantarlos. De forma serena y erguida al mismo tiempo que enaltecía su pollera, danzó con donaire. Evaristo emprendió a marcarle el ritmo elevando el talón del pie derecho y con sutil galantería prosiguió con el cortejo.

Al día siguiente, a pleno sol caliente, después de la desazón causada por el aguardiente, me dirigí a la finquita de los Canchila. Estaba invitada a comer viuda de carne salada con plátano mafufo.

“Entre a su casa”, fueron las palabras de bienvenida.

Evaristo y Josefa me recibieron con un fuerte abrazo. Allí estaban sus dos hijos. El de doce años sostenía un palito de escoba entre las piernas jugando a ser jinete. La diminuta Eloísa, con calzoncito rosado y torso desnudo, custodiaba entre sus manos cartuchos de buche de pavo. Le acaricié la mejilla. Me ofreció de las inolvidables semillas de ajonjolí acarameladas en diversos colores.

—Luis pipón, ve a arriar las vacas que ya es hora de llevarlas pa’l corral, clamó Evaristo a su hijo.

Cumpliendo la orden y con dificultad, el niño montó a “Dientona”, la mula que le había regalado su padrino cumplidos los seis años de edad.

—Apura y deja la flojera, que va a ensombrecer.

—No le digas “pipón”. Ese pelao tiene segundo nombre. Ya te he dicho que lo llames como su abuelo, Luis Manuel. Respondió Josefa.

—Ahora no vayas a armar la pelotera, eso es pa que deje de comer tanta porquería.

—Ese pelao no es flojo, lo que está es lleno de lombrices. Hay que darle una tunda de guarapo e’ caña blanca pa que las bote.

—¡Niña Leonor!, exclamó Josefa. Usted que es una persona estudiada, ¿qué opina de este negocio? Aquí hay un docto’ que vendió unas cabezas de ganao y viene ahora con la propuesta de comprarnos la finquita.

No supe qué responder.

 

Gonzalo Sánchez, un hombre antioqueño, llegó faltando cinco minutos para las tres de la tarde acompañado de una de sus “querías”, Aminta Sierra, una matrona oriunda de Lorica, a quien él deseaba regalarle un pedazo de tierra.

Ambos saludaron efusivamente a Evaristo.

Iniciamos el recorrido entrando por la puerta del corral.

El hombre preguntó:

—Evaristo, ¿y ese arbusto lleno de puyas qué es?

—Eso es bleo.

—Esa mata es un peligro, así que le sugiero arrancarla para evitar una mala hora.

—¿Estas loco, Gonzalo? Si me compras la finca no te imaginas el ñame que ese bleo va a llevá…

Sonreí pensando en la robusta mujer. Ella conocía el significado de la puya sabrosa.

 

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