La realeza del siglo XXI

A propósito de la visita a Colombia de los reyes de Holanda el próximo 22 de noviembre, una mirada a las cada vez menos poderosas familias de sangre azul.

Los reyes de Holanda, Guillermo Alejandro y Máxima.

Como la nueva reina de Holanda es la argentina Máxima Zorreguieta, esposa de su alteza Guillermo Alejandro, a la Feria del Libro de Buenos Aires de este año fueron invitados varios escritores de los Países Bajos, quienes entre mate y café hicieron un retrato de las llamadas majestades de Orange, a la vez un ejemplo de las monarquías del siglo XXI.

La percepción de Cees Nooteboom, el escritor holandés más reconocido en lengua española, experto en descifrar el mundo de apariencias en que vivimos en libros como En las montañas de Holanda y merecido candidato al Nobel de Literatura, es benigna con sus reyes: “la familia real en estos dos últimos siglos ha perdido el poder real; sin embargo, siempre ha sido un poder unificador”. Admite que su influencia política está disminuida, pero destaca que sigue siendo un símbolo nacional. En medio de la metamorfosis de los partidos políticos “es en sí misma una buena cosa”. Respeta a los descendientes de Guillermo de Orange, “el padre de la patria”, el monarca que unificó a siete repúblicas divididas, el que en 1568 comenzó la guerra de los 80 años contra España bajo los Habsburgo. “La familia de Orange ha servido muy bien a la nación”, dice con la autoridad de conocerla de cerca, porque además de estudiar su historia ha cenado varias veces en el palacio de Huis ten Bosch, en La Haya.

Sin embargo, otros escritores presentes en aquel debate bonaerense no piensan igual. En pleno siglo XXI ¿tiene sentido que un país sea gobernado a partir de la cada vez más desgastada tradición de la “sangre azul”?. Este mismo interrogante será tema de los medios de comunicación en Colombia el próximo 22 de noviembre, cuando Máxima, la Reina Consorte de los Países Bajos, una plebeya nacida en el barrio norte de Buenos Aires, llegue a Bogotá en compañía del rey Guillermo Alejandro, quien asumió el trono hace apenas cinco meses luego de que su madre, la reina Beatriz, abdicara al trono.

Anne Vegter, recientemente nombrada Poeta Nacional de Holanda, fue una de los que se atrevieron a participar en el debate “Cartas a la reina” y leyó un poema irónico dedicado a la soberana argentina, titulado Ser una Máxima. “Ser una Máxima, la sonrisa de las fotos, los aplausos, los tulipanes molestos y ¿cómo ser la que a la noche repliega a la mujer en el rey?”. Ella genera interés no sólo de parte de las revistas del corazón, que la siguen a donde va, sino por la fusión de culturas que representa.

En cambio para Guillermo Alejandro los versos son críticos: “alguien tenía que elegirse rey, alguien tenía que encargarse de limpiar los diques”. Arnon Grunberg no tuvo compasión: “en una carta abierta que escribí el invierno pasado a la anterior reina Beatriz, propuse que por una vez se proclame a una mascota como rey o reina de los Países Bajos… ¿No es mucho más efectivo que un hámster enjaulado recorra el mundo defendiendo los intereses comerciales de los Países Bajos, en lugar de que lo haga un hombre blanco con su mujer blanca? Un hámster es vanguardia”. Puso al rey a decir: “no tengo sentido del humor, no tengo atractivo y soy bastante mediocre”. Rescatable también una frase de Jan Van Mersbergen, autor de Al otro lado de la noche: “el gran secreto de la monarquía es la distancia”. Sí, siguen defendiendo a capa y espada su genealogía, pero su pedestal está cada vez más cerca del asfalto.

Las recientes biografías autorizadas y no autorizadas sobre la realeza europea, por ejemplo las editadas sobre el rey Juan Carlos (ver la versión del biógrafo británico Andrew Morton, el mismo de la biografía de Diana de Gales) y la reina Sofía (La reina muy de cerca, Pilar Urbano 2008), coinciden en que estas familias, ahora emparentadas con plebeyos en España, en Inglaterra, en Holanda, en buena parte de las 44 monarquías todavía existentes en el mundo, tienden a dejar atrás la soberbia para acercarse al pueblo en busca de la justificación de su existencia. Es verdad que siguen disfrutando su vida de reyes, pero también lo es que lo hacen ahora con presupuestos casi austeros y más que antes buscan algún papel protagónico a nivel político y económico para sus países.

Por eso a la recién abdicada reina de Holanda, Nooteboom la califica de “muy astuta” en la consolidación de su poder. “Sabía de arriba abajo la política holandesa —sin duda podría haber sido una presidenta perfecta—”. En el caso de la reina Máxima ya se le atribuyen esa y más cualidades. Además de economista y experta en temas financieros, “es encantadora” según Nooteboom. Herman Koch, escritor autor de La cena, la describe como “un sol, un astro solo en el universo”. En Bogotá su agenda y la de su esposo será apretada porque sólo tienen un día antes de seguir su gira hacia Venezuela y hacia sus Antillas Aruba y Curazao, ya independientes pero ligadas por la historia.

Seguramente almorzarán con el presidente Juan Manuel Santos e inaugurarán la Casa de Holanda, una nueva oficina comercial de su país que funcionará en un piso del Quantum Business Center, en el norte de la capital colombiana. Más que posar para la foto de inauguración, su presencia facilitará la formalización de nuevos negocios que tienden a consolidar al reino de los Países Bajos como el segundo socio comercial de Colombia en Europa después de la deprimida España. Hacia allá se incrementará el envío de toneladas de carbón, ferroníquel, café, banano, cacao, aceite de palma y flores y hacia acá las exportaciones de tecnología.

El papel de la soberana holandesa ya no es meramente decorativo. En los últimos días, además de inaugurar nuevas clínicas y exposiciones de arte, ha estado al tanto de la revisión legislativa de los poderes de la corona y de su futuro, logrando ser designada como reina regente. Eso significa que ella puede llegar a ejercer funciones de rey gobernante si su marido muriera antes de que la hija mayor de los dos, la princesa Catharina-Amalia, cumpla 18 años de edad.

Basta revisar su agenda para valorar el impacto que sus buenos oficios diplomáticos han causado en la economía holandesa: hace un mes participó en un foro económico en Washington y en la reunión anual del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. Allí se le vio dialogando con propiedad con los máximos jerarcas del capitalismo.

En Colombia los reyes de Holanda consolidarán el llamado Programa de Inversiones del Sector Privado (PSI) y los acuerdos pactados con el gobierno colombiano durante la visita del ministro holandés de Cooperación Internacional, realizada el año pasado. Después de Brasil y México, Colombia es el tercer mercado en importancia para los Países Bajos en Latinoamérica. Las facilidades del Tratado de Libre Comercio con la Unión Europea y el respaldo al proceso de paz con la guerrilla de las Farc también estarán en el orden del día. Esto y su comportamiento “austero” —la reina ahora repite trajes— explican en parte por qué la holandesa es la familia real con mayores índices de popularidad en Europa.

Muchos la llaman “la bella patrona” con razón: es Patrona del Fondo Orange y de la Sociedad de las Letras Holandesas; pasando por la Sociedad Holandesa de la Biblia, la de Empresarios de Panadería y Pastelería, hasta patrona del Fondo para el Reuma, la Fundación Árbol, la Asociación de Remo y Vela. Los holandeses la quieren mandando en todo y ella los complace. “Viva la reina”, se oye allí.
 

 

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