Relatos sobre ruedas

Con la producción de Negrita Films, dos viajeros recorren el país en busca de los lugares más icónicos y de sus habitantes.

El fotógrafo Nicolás Fernández en uno de sus itinerarios. / Cortesía - Canal Trece

La regla del viajero en bicicleta es casi una lección de vida: todo lo que sube tiene que bajar. Si la cuesta se empina y se empina, es seguro que al alcanzar el tope toda la fuerza empleada se deslizará libre en la bajada. Gisel Ramírez, una de las viajeras de Una historia en bicicleta, repite aquella frase en medio de jadeos. Con esfuerzo, sobrepasando caminos rocosos y cambios inesperados de temperatura, Ramírez —comunicadora social— y Nicolás Fernández —fotógrafo— se proponen recorrer el país en bicicleta, contando paso a paso las historias de los lugares a donde llegan y escuchando los relatos de los habitantes, de campesinos y desconocidos.

Enfocado en los paisajes naturales y en el reto que significa hacer camino de ese modo, Una historia en bicicleta —que Canal Trece estrenará mañana a las 9:30 p.m.— permite ver la jornada de un viajero de un modo muy cercano, incluso desde la técnica: además de conocer qué siente cada uno de los viajeros que relatan la travesía, hay cámaras en las bicicletas; así, el espectador puede sentir la experiencia de primera mano. Allí están el movimiento, las piedras atravesadas, el agua rebotando.

¿Dónde se origina Una historia en bicicleta? Nueve años atrás, el escritor y actor estadounidense Ron McLarty publicó The Memory of Running, la aventura de Smithy Ide cruzando Estados Unidos en bicicleta. En el libro, traducido como Una historia en bicicleta, Ide reflexiona sobre su vida mientras va de extremo a extremo de su país.

Fue quizá esa mecánica de exploración, lenta, calmada, la que llamó la atención de José Amín, director del programa. Él quiso traer dicha historia de la ficción y convertirla en un hecho tangible: recorrer el país en bicicleta. Necesitaba, entonces, reclutar a dos viajeros: luego de una audición en la que participaron 150 ciclistas urbanos, Amín y Negrita Films —la compañía que produce el seriado— escogieron a Ramírez y Fernández. Marcar el recorrido era el siguiente paso; Fernández tomaría un camino y Ramírez otro, para cubrir dos tramos distintos y conocer más historias.

En total, fueron 4.000 kilómetros de recorrido durante un mes. “Al principio —dijo Amín— queríamos mostrar casi todo, pero el viaje da enseñanzas y hay que estar atento a ellas. En la trocha van saliendo nuevos ingredientes, el camino dio más de lo que esperábamos, que no estaba en la investigación”.

La sorpresa del viaje, el misterio de su esencia: un viaje por fuera de los recorridos guiados y los mismos lugares de costumbre. Una historia en bicicleta no explora el país como el visitante que llega a un nuevo lugar para conocer cuanto podría conocer, incluso, a través de la red; Fernández y Ramírez dejan que el camino hable, que señale las sorpresas. La esencia del viaje es la ignorancia.

Así, pues, Ramírez pedaleó por Cundinamarca, camino de Boyacá, llegó al Casanare y al Meta y terminó en San José del Guaviare. Después de Cundinamarca, en cambio, Fernández partió su ruta y tomó hacia el Tolima, siguió por el Huila, Putumayo y terminó en la frontera con Ecuador. Sin embargo, lo importante no es el destino —decía Constantino Cavafis en uno de sus poemas—, sino el camino. El camino que le permitió a Fernández encontrar a dos niños que, salidos de la nada, le ayudaron a sacar el neumático de su bicicleta, repararlo y volverlo a inflar. El camino en que Ramírez encontró a una mujer que le regaló una pequeña bolsa de hielo para una hinchazón en la canilla, producto de una caída sobre la tierra curtida cerca de Sesquilé. Ese mismo camino que, para cruzar el río Magdalena, reunió a Fernández con un boga que lleva 53 años en esas aguas y que decía conocer al Mohán, que se sumergía en una punta y salía por la otra. Ese mismo camino que, en el atardecer, deja ver un cielo anaranjado, un cielo de fuego por completo lejano del ruido y el exasperante cacareo de las ciudades.

Una historia en bicicleta cuenta ese tipo de historias y muestra los paisajes, que han permanecido allí, pero que es imposible descubrir a menos que el viajero se deje llevar por el camino. Y están sus habitantes, también: una familia que atiende un taller de bicicletas y es parte de su patrimonio familiar, niños que arrean ganado en el Putumayo con sus bicicletas, indígenas que despiden con sus ritos a los viajeros para desearles buena suerte. La buena suerte que, quizá, falló por momentos: en una trocha entre Mocoa y el valle de Sibundoy, a Fernández se le rompió la cadena de la bicicleta. Pero el camino, cuando da malas noticias, concede también ciertas alegrías: desde allí, varados y en busca de una solución, pudieron tener una vista extensa de la selva del Putumayo.

El programa está lleno de detalles que cualquier espectador agradece: vistas amplias de los lugares que Fernández y Ramírez recorren, una exploración mucho más cercana de ese entorno —gracias a cámaras introducidas en los ríos, etc.— y un constante registro de las sensaciones externas. De modo que Una historia en bicicleta es también una bitácora de viaje por el país y, sobre todo, la sorpresa de un mundo que parecía conocido, pero es por completo ajeno. Hay momentos que, dicen, nunca olvidarán. Sensaciones que se quedarán con ellos, paisajes que se graban en la memoria. El cambio, tal vez, de una realidad rutinaria por un destello continuo.

 

 

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@acayaqui

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