La soledad del fotógrafo

Esta es la historia del fotógrafo Luis de Jesús Rojas Villamil, quien ejerció por más de 50 años en la ciudad de Tunja y Bogotá. Su vida, su encuentro con la fotografía, y el trabajo análogo del oficio que se extinguió con la llegada de la cámara profesional y de los avances de la tecnología.

La saturación del medio fotográfico y su progresivo declive nunca fueron excusa para don Luis, permaneciendo en el negocio hasta el día de su muerte.

Crecer es morir un poco, morir es nacer de nuevo, librarse de la cáscara y dejar brotar el espíritu, un desdoblamiento frente a la carne y el hueso, los tendones añejos y el cabello canoso. Las manos se van achacando, las rodillas duelen, el corazón es débil.

El miércoles 17 de diciembre del 2014 una llamada a las once y pico de la noche turbó el silencio en la casa de Luis de Jesús Rojas Villamil. Su hija Nidya Alexandra, su esposo y sus hijos se encontraban celebrando el cumpleaños del menor de los nietos de Don Luis cuando una llamada los dejó quietos; una persona, que decía ser amiga del señor Rojas, les comunicaba que hacía poco la habían llamado para contarle que don Luis se encontraba en la Clínica de Occidente. No existían más datos ¿Le había pasado algo? ¿Estaba bien? Nadie lo sabía, lo único cierto era que se encontraba en aquella clínica y que era de vital importancia que los familiares se presentaran lo más pronto posible.

Aquella noche, recuerda Nidya Alexandra, lo encontró acostado en la camilla de una sala del hospital. Apenas parecía muerto, como si estuviera dormido me dice. No llevaba en su cuerpo el peso de la muerte, ni siquiera el golpe de la parca, más bien un estado manso dominaba su carne, y Nidya Alexandra, viéndolo allí tan abandonado, no pudo contenerse y fue abrazada por una de las enfermeras que se encontraban allí. El diagnóstico fue claro: un infarto al corazón.


***


El espíritu busca abrirse paso, y el corazón detenido es la puerta de salida. Luis se fugó ya cansado de vivir, porque hasta la vida misma llega a cansar a ratos. Una vida turbulenta, envuelta en un sagrado corazón de Jesús.

El 25 de junio de 1928, en un pequeño pueblo llamado Pachavita, un lugar que perfectamente podría ser el Macondo boyacense, nació Luis de Jesús Rojas Villamil. Él, el mayor de seis hermanos, comenzó sus días como campesino en una de aquellas miles de fincas que se riegan a lo largo del país. Él era como nuestro papá, me comenta doña Amparo, hermana menor de don Luis. Él fue el que nos sacó adelante, fue el último en irse de la finca después de que todos ya pudimos irnos del campo, comenta con voz apagada, la voz de una pequeña mujer que en su vejez se encoje y desaparece, como un uróboro vestido de lana.

Es que Luisito era el que llegaba a descargar las mulas con mi papá, y eso era terrible porque a veces llegaba borracho a pegarle a mi mamá y teníamos que quedarnos calladitos, pero Luis iba y descargaba las mulas y se quedaba trabajando, me dice David Rojas, uno de los hermanos de Don Luis. Para una familia criada en el campo, en pleno siglo XX, hijos de sobrevivientes de una guerra civil inacabada y participantes de una época que apenas comenzaba a madurar, el hijo mayor significaba el apoyo más grande. Es por esto que el rostro de don Luis puede ser identificado fácilmente en nuestro contexto colombiano, porque es el mismo de los muchos campesinos que se hicieron a sí mismos desde el barro, surgiendo del campo y migrando a la ciudad.

Dejar que el cuerpo abone la tierra, que el polvo hecho carne regrese a su seno, y que las partículas de universo que conformaban su rostro vuelvan de nuevo al espacio del que alguna vez partieron. Todo muta y se transforma, se vuelve carne y a la vez tierra, océano y arena, contracción y reposo. Dejarme volar libre, permitirme fotografiar el arcoíris y las flores, los riachuelos opacos y la luz gris de los atardeceres. Arrastrarme dentro de la tierra entre raíces y tallos, ser yuca, papa, tubérculo, gusano. Sentir el frío del barro húmedo mojarme la piel y la lluvia cayendo en rocío de domingo.

Don Luis llegó a Tunja un 12 de octubre de 1948, con 20 años en sus hombros, como él mismo me contaría unos meses antes de su muerte. Ya desde su juventud su piel era oscura, como la de los antiguos indígenas de la zona, con lunares en los brazos y el cabello peinado siempre. Yo cuando vi el proceso venía el acetato en vidrio, eso era un problema revelarlo pero bueno, ahí se hacía, ya después de año y medio fue que empezó a llegar el negativo, ya lo cargaba uno en chasis me dijo enfático en aquel entonces, con las manos firmes acordes a sus palabras, observando el suelo para tratar de acordarse. Los primeros fotógrafos eso era un misterio el verraco, eso se revelaba todo en cuarto oscuro contó emocionado, como si volviera a verse en aquellos tiempos como asistente en un laboratorio de fotografía, uno de los primeros en la ciudad de Tunja.

En ese entonces duramos más de diez minutos tratando de recordar los componente químicos que se utilizaban en el revelado de las fotografías, minutos en los cuales don Luis no dejaba de repetir palabras, desafiando a su propia memoria de 86 años para exprimirle los datos que tiempo atrás dominó con maestría. Hidroquinona, bicarbonato, bromuro, sulfito, elon, se decía una y otra vez, y después de recordarlos comenzaba a contar la historia del revelado de la película, a oscuras, en aquellos mágicos cuartos de los fotógrafos de antaño, donde se hacían copias en papel fotográfico bajo una luz roja.

—¿Cómo era el proceso cuando usted pintaba las fotografías con óleo? Le pregunté después de la lucha por recordar los químicos, interesado en aquel arte de retocar fotos al óleo para agregarles color cuando el Photoshop no existía.

—Ah, eso era una droga que se preparaba aparte, después de terminada la foto, revelada y todo se le daba un tono sepia, y luego se le ponía el color. La Kodak mandaba unos talonarios de colores, eso se disolvía en agua con pincel, y recuerdo que la libretitas venían de doce colores, entonces uno le daba el color que quisiera darle al vestido, la piel, y todo lo demás.

—¿Y cuando llegó a Bogotá?

—A finales del 57. Trabajé por ahí en la Foto Tito, como casi dos años, y ya después me casé buscando que hacer por la vida. Conseguí un localito pequeñito ahí en la calle quinta con décima y ahí empezamos con mi esposa, se tomaba bastante fotico por ahí, eso en diciembre se tomaba hasta las 100 fotos para carnet, y luego me enrolé con el ejército. En su época tuvo mucho apogeo la foto, no como ahora, ya ha cambiado con la nueva tecnología y ya el trabajo profesional se ha acabado, en esa época la fotografía profesional era en estudio, pero ya todo se ha acabado, todo se hace manualmente. Cuando me dijo esto pude notar los ojos que se perdían en el armario donde guardaba sus cámaras antiguas, olvidadas tras los avances de la tecnología que año tras año han traído nuevas posibilidades para tomar fotos y que relegan poco a poco, sin sentirlo, a los personajes como don Luis, figuras que se quedaron en el pasado.

Walter Benjamín escribió alguna vez en su “Pequeña historia de la fotografía”: A pesar de toda la habilidad del fotógrafo y por muy calculada que esté la actitud de su modelo, el espectador se siente irresistiblemente forzado a buscar en la fotografía la chispita minúscula de azar, de aquí y ahora, con que la realidad ha chamuscado por así decirlo su carácter de imagen, a encontrar el lugar inaparente en el cual, en una determinada manera de ser de ese minuto que pasó hace ya tiempo, anida hoy el futuro y tan elocuentemente que, mirando hacia atrás, podremos descubrirlo.

Esa chispita fue la que descubrió don Luis desde 1948 cuando llegó a la ciudad de Tunja a trabajar como ayudante de fotografía, y es la que se puede encontrar en sus fotografías.

Existe en ellas aquella flamita que brilla anidando recuerdos y dejando esparcidos en los globos oculares de los espectadores una sensación de beneplácito. Él siempre buscaba modernizarse, con la última plata que le llegó por la venta de la casa donde antes vivía compró varios equipos nuevos, impresoras de papel fotográfico a color y dos cámaras Canon de última generación me cuenta Luis Fernando Rojas, su hijo mayor. A pesar de tener solo un ojo funcionando, perdió el izquierdo al tener un evento cardiovascular por una subida de presión, él seguía trabajando con lo que tenía.

El primer daguerrotipo

Ser calor y frío, sereno y neblina, polvo gris y aire azul. Salir de este cuerpo pecado mundano, flagelo de la carne, lascivia escondida, dejen este cuerpo triste, contenedor de tanto vigor, y transfórmense en vida pura, salvaje, agreste. ¿Acaso es pecado ser fiel a la naturaleza? El lado más salvaje del hombre primitivo, la fuerza y el placer del sexo, el letargo de la anestesia del licor, el orgullo y la pampa del macho alfa.

Don Luis era un hombre que andaba siempre de traje, uno no lo veía nunca sin traje ni corbata, era todo un estilo propio, como si fuera abogado cuenta Guillermo Bonilla, videógrafo y amigo de toda la vida. Nunca andaba con degenero ni con cabellos despeinados ni barba o bigote, y tampoco le gustó nunca manejar, era sencillo y se expresaba fuerte, como la gente del campo, pero era una persona leída. Eso sí, llegaba puntual a todas las citas y nunca rechazaba un tinto o un aguardiente.

Construir la imagen de una persona como don Luis es detallar a aquel tipo de colombiano del siglo XX, al campesino de orígenes humildes que debió migrar del campo a causa de la pobreza, y que encontró en el arte de capturar imágenes una forma decente de ganarse la vida. Es él, como muchos, también una víctima de la realidad colombiana, de la convulsa actualidad que nos rodea. Trabajando como fotógrafo para bodas, bautizos, comuniones, y eventos logró sacar adelante a una familia de cinco hijos.

Retratando mujeres, hombres, chicos, viejos y niños captó en su lente los rostros de miles de personas. Fue testigo de la venida al país del papa Pio VI, la inauguración del aeropuerto El Dorado y el sonido de los cañones del ejército en el Cantón Norte.

Nosotros siempre no la pasábamos con arto trabajo, porque eso había mucho por hacer en esa época, tocaba tomar fotos para carnet, para la policía, hasta Luis fue un tiempo a cedular gente en el campo, me cuenta Fabio Ríos mientras me observa hacia abajo, llegando sus palabras como gotas de agua desde la altura de su cuerpo de más de ciento ochenta centímetros hasta mis oídos. Él, compañero fotógrafo de don Luis y parte también de esa vieja guardia de fotógrafos que por estos días no poseen ya más trabajo que el de pequeños encargos de amigos y familiares, sigue vagando por los viejos sitios del centro y de Chapinero, recordando las mejores épocas, esforzándose por vivir.

Cada primero de mayo, desde que don Luis se convirtió en fotógrafo, salía a marchar a la carrera séptima por el día del trabajador. Se levantaba temprano, se ponía su traje, la camiseta del CTC, Confederación de Trabajadores de Colombia, debajo de la camisa de traje y la corbata, y salía a marchar por la principal arteria de Bogotá, con un grito vagabundo como el de Guillermito Buitrago, que terminaba siempre en la cantina con los amigos. Eso hay mucha vagabundería y mucho vándalo ahora, y ya llega la policía y los gases y le toca irse a uno me contó una vez que me lo encontré después de un primero de mayo, nostálgico de las épocas en que fuese joven, temeroso ahora de ya estar muy viejo para salir a marchar como trabajador orgulloso.

No es ser perfecto el objetivo de la existencia, errores componen y estructuran el camino, a veces más errores que aciertos, sin embargo el camino es una lucha, y se necesita ser fuerte. Fuiste salvaje abuelo, fruta prohibida que despedazó el jardín para ser hombre y bestia a la vez. Dualidad cósmica de los animales, un equilibrio del que peca y reza, empata.

Pero a pesar de hacer parte del CTC siempre se consideró conservador, y entre sus cosas quedaron un vinilo del himno conservador y pequeños manuales del partido. Más que por elección, se podría decir que fue por imposición, voluntariamente aceptada a través de los años e interiorizada ya a lo último de su vida. Siempre solía ver las noticias del medio día, nunca se las perdía. Para las elecciones, sin importar propuestas o conflictos, su elección se inclinaba por el candidato conservador, fuese el que fuese, demostrando su apoyo incondicional al partido que lo vio vivir. Pero eso nunca le impidió ser fiel admirador del dictador Gustavo Rojas Pinilla, a quien se refería como “mi general”, y por el cual guardaba especial afecto cuando se sentaba a hablar de las épocas de su gobierno.

En el año de 1974, cuando don Luis ya llevaba diecisiete años trabajando como fotógrafo, se funda en Bogotá el Colegio Colombiano de Cronistas Gráficos COLDEGRÁFICOS, lugar de encuentro de fotógrafos de distintas áreas del país, donde don Luis encontraría compañeros para debatir su profesión y verse a través de los demás. Vinculado a esta institución, hizo parte de congresos y experiencias con los demás fotógrafos, nunca dejando atrás la virtud del aprendizaje, nunca apartando las ganas por seguir trabajando en lo que amaba, seguir siendo un profesional en todo el sentido de la palabra aun sin un título universitario.

Siempre de traje ilustre para irradiar grandeza, con corbata en el cuello y traje de lino sobre la espalda. Nada de cabellos ni degenero, todo fielmente recto y hecho de forma correcta. Todo ajustado a su punto de vista, conservador, hermético, godo, muy elitista. No me duele tu muerte, ya para ti era algo inevitable, me duele la forma en que te buscó, como apareció inhumana cual perro olfateando un hueso, pero no Luis, no eras ningún hueso.

Gustavo Martínez, presidente actual de COLDEGRÁFICOS, sería el que en el año de 2013 le estrechara la mano a don Luis tras entregarle un diploma que testificaba su labor como fotógrafo a lo largo de los años. “Como testimonio a su labor fotográfica por más de 50 años la junta directiva de COLDEGRÁFICOS confiere a Luis de Jesús Rojas Villamil Honoris Causa, como legado y ejemplo a las nuevas promociones de fotógrafos y camarógrafos, y a los que elaboran imágenes”. Este sería el único diploma que en vida don Luis recibiría por su labor, recordando su trabajo como una huella que debe ser estudiada, por sobrevivir a un siglo manchado de sangre y terror en un país que no perdona a las personas pobres y mucho menos a las visionarias, por retratar el país desde la más absurda de las cotidianidades y por encontrar en ella la belleza que se esconde en las cosas simples que menciona Mercedes Sosa, las que se lleva el viento, las que el papel fotográfico de hace más de cincuenta años no deja consumir por el innegable olvido.

Una escena jamás captada

El perro furibundo te encontró navegando, y en los ríos hechos avenidas te lanzó sin pudor. Perra muerte con su lastre compañero, abandonarlo a la deriva, de noche y con marea alta, despojado de la vista, de la respiración tibia, maldito engendro sin alma el que te mandó a ahogarte en concreto, a los ojos de la noche, sobre la depravada acera.

—Alejandro, Alejandro, venga se toma un aguardiente, me dijo una vez que llegó con un cuartico de Néctar verde y un cuarto de queso doblecrema.
—Bueno don Luis, hágale le respondí animado por la propuesta, siempre atento a lo que pudiera enseñarme.
—El que trabaja no come paja ni bebe agua como un simple buey mijo, usted tiene que educarse, tiene que ser un hombre de bien decía ya pasado de copas, con el cariño de un abuelo, dejando hablar a la experiencia de la vida tras sus delgados y morados labios.

Al pasar el tiempo, después de la llegada del nuevo siglo, las cámaras fotográficas entraron en un boom inesperado por el avance de la tecnología. El rollo fotográfico fue reemplazado lentamente por la tarjeta de memoria y las cámaras se volvieron más accesibles a todos, permitiendo a cualquiera convertirse en fotógrafo. Fue tan drástico el cambio y en tan poco tiempo que en 2012 la empresa fotográfica Kodak se declaró en bancarrota, tras haber estado activa en el mercado por más de cien años. Don Luis luchó más que la Kodak, eso sí, porque a pesar de haber trabajado con ampliadoras y negativos, rollos y flashes, intentó, sin éxito, entrar al mercado de la era digital con la compra de dos impresoras digitales y dos camaritas Canon de última generación.
El resultado fue un intento truncado por mantenerse a flote. En su casa colocó su fotografía y fue muy poca la gente que llegó.

Intentó hacer volantes y pancartas para repartirlas por el barrio y así crear algo de publicidad pero los efectos de esta fueron mínimos. Cada vez que llegaba un cliente su lentitud, causa de la vejez no de la perdida de habilidad, le impedía complacer las demandas actuales, y aunque salieran bien las fotos los clientes no volvían. Su terquedad en el trabajo y su carácter fuerte, que a veces podía parecer grosero, no le dejaba espacio ya para su labor. Sin un ojo, con dolor en las rodillas, con una operación de hernia y un corazón grandísimo a causa de una alta presión, don Luis seguía en pro de seguir trabajando y aprendiendo.

Al menos partiste sin zozobra ni opulencia, con el mayor de los respetos, con tu gracia y tu firmeza. Hombre recio sin bastón, y sin ayuda de nadie, muriendo bajo la ley propia, la ley de uno, la de más nadie.

Según me cuentan sus nietos que vivían con él, salía desde temprano a buscar trabajo en el centro, en Chapinero, en los distintos lugares donde antes se movía libremente, y que ahora lo expulsaban y lo dejaban a un lado. El mundo no espera a nadie y es cruel con los que se muestran débiles, es por eso que don Luis nunca bajó la guardia, ni siquiera bastón usaba. Afligido por la pérdida de su esposa en el año 2009, y dos de sus hijos, intentó seguir llenando su vida con la devoción al trabajo, entrega casi mística a la profesión. Porque si bien el dinero nunca le sobró, el acto de salir día a día a “lagartear” como don Luis lo definía, constituía para él un modo de vida, no un sistema de financiamiento.

Modo de vida que también transcurría en una bohemia propia de los más malditos poetas, con vericuetos en burdeles y alcohol libre cuando pudiera. Con dos muchachas se metía al cuarto me contó uno de sus compañeros de juerga, que siempre le era fiel en todas las borracheras. El hombre venía, se tomaba sus tragos, ya era viejo conocido de la administradora del sitio, en antiguos lugares oscuros y recónditos del centro de Bogotá, que son igual de anacrónicos a sus visitantes y que guardan en ellos el sabor añejo de lo que significa ser colombiano, en un país que se debate entre la moralidad, la religiosidad y el desfogue de las pasiones mundanas.

Pero ni aun así con el peso del alcohol y la lujuria dejaba a un lado su profesión, porque si bien, como me contaba su esposa Ana Dilia de Rojas antes de fallecer, llegaba borracho a altas horas de la noche, al otro día ya se encontraba de traje y repuesto, saliendo a las 5 o 6 de la mañana a abrir la fotografía. A donde tocará ir él iba, a pie siempre porque no gustaba de los carros, con su cámara al cuello, pilas, rollos y flashes. Con los codos bien pegados al cuerpo al momento de capturar imágenes, con el ojo listo para captar el momento y la situación adecuada. Agrupaba a la gente, componía la escena, cuadraba el diafragma y disparaba.

En Bogotá y a lo largo de Colombia, en la última década se han creado importantes escuelas de fotografía, pero en ninguna de ellas se hizo espacio para fotógrafos veteranos como don Luis.

Conocimientos como la imagen en placa de vidrio, el uso de los químicos o la pintura al óleo de las fotografías se dejaron a un lado del componente académico. Triunfó el Photoshop y el Illustrator, cayó en el olvido el trabajo manual y la experiencia. Aunque se siga enseñando fotografía análoga en las escuelas de fotografía, nunca se verá en ellas personajes que trabajaron estos elementos de primera mano en las épocas en que estos eran los únicos medios, como el caso de don Luis. Pero aun así todavía se ven estos seres repartidos en iglesias, fiestas y grados, con su cámara colgada al cuello y serviciales a todo momento, buscando captar un momento de la vida diaria por unos cuantos pesos.

Con la carne calmada por el aguardiente, por el frío de la noche, por el roce de otros cuerpos alquilados por dinero que prestaron sus caricias en especie, por consuelo, así ibas anestesiado al final del recorrido, con la mirada seria, con el corazón sangrante.

Los anales de la historia de la fotografía en Colombia siempre llevarán en sus capítulos nombres como Nereo López, Melitón Rodríguez, incluso Diego Cadavid, pero nunca han prestado importancia a los seres humanos que construyeron desde su propia realidad el concepto de fotografía. Walter Benjamín decía que "El analfabeto del futuro no será aquel que no conozca por cierto las letras, sino quien no conozca la fotografía", y si no se abren las puertas para que la gente conozca el trabajo de los antiguos fotógrafos, ya al borde de la extinción, estaremos borrando una parte de nuestra historia, y quedaremos analfabetos a lo que esté próximo por venir.

***

Aquel miércoles 17 de diciembre don Luis había estado bebiendo en el centro de Bogotá. Los conocidos del bar lo enviaron a casa en un taxi y no supieron más de él. A eso de las diez de la noche los policías del CAI cercano a la carrera 13 con avenida 68 recibieron el aviso de que había un hombre tirado en el suelo, por una variante que lleva a una zona industrial cerca de la 13. Allí encontraron a un hombre de la tercera edad, sin zapatos, boca abajo, que al darle la vuelta dejó brotar un suspiro, motivo por el cual lo dirigieron inmediatamente a una clínica, lugar donde ya llegaría muerto. Nidya Alexandra contiene la respiración y habla con rabia acerca de lo que posiblemente sucedió, que don Luis se le infartó al taxista en el carro, este entró en pánico y, previniendo riesgos, lo arrojó a una acera cercana y llamó a la policía. No existe una versión oficial de los hechos y la muerte fue declarada como causa natural. Cerca de un potrero, a los ojos de una ciudad que él mismo vio nacer en la modernidad y ayudó a su manera a construir, se encontraba aquel hombre tan dispuesto a trabajar, ahogado ya para siempre en la soledad de una sola imagen, una que solo se capta una vez, una que nunca volvería a ver.

Ya pasó la vida, ya la muerte salió triunfante, ya no espero verte, solo quedó con tus palabras. Nos veremos allá bien lejos donde mi razón no alcanza, con las botas bien puestas, con la mirada alta.

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