'Solos', pero más vivos que nunca

Esta obra de Francia hace parte de lo más destacado del festival por la presencia de Wajdi Mouawad, artista libanés.

En la obra hay video, proyecciones y una tendencia final al ‘performance’: el cuerpo empieza a hablar cuando ya no hay palabras. / Cortesía Festival Iberoamericano de Teatro

Las luces del teatro todavía no se apagan y la gente sigue hablando cuando, de repente, aparece silencioso en el escenario el único actor de Solos, Wajdi Mouawad: protagonista, dramaturgo, director. Él, solo. Él es todo en Solos, y no sólo porque lo hace todo, sino porque la historia es también su historia, pareciera. Desde el primer momento, desde las primeras palabras que le dirige al público, Mouawad parece querer insinuar con fuerza que su propósito es fusionar la realidad con la ficción, su vida y la historia. Las luces del escenario, entonces, permanecen mezcladas con las del teatro por un rato.

Es fácil creer que al principio Mouawad habla de la obra que está a punto de empezar, pero en realidad la obra ya ha empezado. Y no es fácil notar que Mouawad ya ha dejado de ser Mouawad para ser Harwan, su personaje. O tal vez siempre es un poco de los dos al mismo tiempo.

La obra se abre, entonces, con un monólogo sobre un proyecto teatral que no es el de Mouawad, sino el de Harwan. Esa obra es el centro de la historia. Una obra dentro de la obra, una mise en abyme.

La dupla realidad-ficción se acentúa con el desdoblamiento de Harwan, un juego de sombras y proyecciones que danzan y anticipan así la reflexión que atraviesa la obra: el problema de la identidad, de nuestras múltiples caras, múltiples facetas y múltiples historias pasadas que nos constituyen. ¿Quiénes somos? ¿Quiénes creemos ser? ¿Quiénes queremos ser? Harwan ha tenido que dejar su país natal, sus raíces y su lengua por una guerra cruel que azotaba el Líbano cuando era niño.

En el presente de la obra vive en Montreal, en medio de la nieve en vez del sol, y escribe una tesis de cuatro mil quinientas páginas en vez de pintar como lo hacía de niño. La obra es la historia de cómo Harwan trata de reencontrarse a sí mismo en un país que le es extraño y en un mundo que va cada vez más rápido, que impone un modelo de vida que nos aísla, nos deja solos, y cuyos fines son el éxito y el dinero, los valores del capitalismo contemporáneo.

La historia es la de todos nosotros, la de nuestras vidas pegadas a un tiempo demasiado lineal. Nos acostumbramos a ello sin darnos cuenta, nos dejamos controlar por un sistema que no da tregua y dictamina lo que nuestra vida es, lo que debería ser, para lo que debería servir, dejando de lado lo esencial, el único fin (para aquel que teorizó por primera vez sobre teatro): la felicidad. Y así nos quedamos, en la cómoda posición de una pequeña muerte en vida.

Justamente el recuerdo del momento en el que estábamos más vivos, y prontos a vivir, se olvida. Harwan ha olvidado su infancia como ha olvidado el árabe, y en su “ahora” ambas cosas son borrosas. De repente la obra da un giro inesperado, la muerte en vida se vuelve literal y empieza otra reflexión: ¿qué es morir, medio morir, o estar en el límite entre la vida y la muerte? Al parecer allí, y sólo allí, nos reencontramos, volvemos al origen, a lo primigenio, a hacer las preguntas fundamentales, aquellas que ignoramos de día y a veces aparecen de noche, en nuestros sueños, que son como pequeñas muertes de todos los días.

Ahora Harwan está atrapado en el sueño que es morir, o estar muriendo, como lo estaba antes en su rutina gris. Pero de persona pasa a ser niño de nuevo, y luego a ser nada. Se convierte en la pintura de su infancia, en pura materia informe. El cuerpo y su fragilidad lo han obligado a hacer el camino a la inversa, hacia atrás, hacia ninguna parte. Particularmente impactante, un monólogo con un final en donde ya no quedan palabras, sólo un silencio largo inundado de colores.

 

 

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