Una conversación con Jorge Carrión

En Barcelona: Los vagabundos de la chatarra (Norma Editorial, 2015), el escritor Jorge Carrión (Tarragona, 1976) y el dibujante Sagar (Huesca, 1974) abordan el submundo de los chatarreros de Barcelona.

Cubierta de Barcelona: Los vagabundos de la chatarra.
Cubierta de Barcelona: Los vagabundos de la chatarra.

Este recorrido muestra cómo las comunidades marginalizadas convergen y resisten en la frontera de las economías formales e informales en una de las capitales culturales y turísticas del mundo. Para mí, como guionista de la novela gráfica documental Caminos condenados (Cohete Cómics, 2016), esta entrevista es una oportunidad de reflexionar acerca de la historieta de no ficción con uno de los autores y docentes claves en la actualidad.

¿Cómo fue el proceso de creación de la obra?

Empezamos quedando todos los viernes para recorrer las zonas de la ciudad que más nos interesaban. Esa suma de viajes y entrevistas crearon un guion natural. Un guion con tantos protagonistas que era la propia Barcelona la actriz principal de esta historia. Finalmente decidimos que el marco de este cómic sería un año de crisis económica española, que coincidía con el año del cierre del viejo mercado de Los Encantes y la apertura de uno nuevo, y que convenía también con el año de la explosión del nacionalismo catalán, y con el año en que la nave en que convivieron más de 300 chatarreros fue desalojada. Trabajamos a partir de esa idea.

¿Por qué eligieron incluirse como personajes de esta novela gráfica, especialmente en los momentos en los que conversan entre ustedes o usan el metro o la bicicleta en la ciudad?

Casi siempre ocurre así en el cómic de no ficción. No hay más que pensar en Joe Sacco, Alison Bechdel o Guy Delisle. Pero por lo general el guionista y el dibujante son la misma persona. En nuestro caso somos dos. No habíamos visto un cómic en que hubiera dos hilos conductores, y nos interesó esa posibilidad narrativa. Posibilidad que es muy vieja, además: es la del Quijote. Sagar y yo nos parecemos a Don Quijote y Sancho Panza cuando vamos en bicicleta charlando el uno al lado del otro.

¿Hubo algún tipo de criterio a la hora de reconstruir y dibujar las conversaciones con los protagonistas de esta historia?

Optamos por el color, porque la realidad es en color, y también para huir del dramatismo barato. Intentamos representar un problema que incluye a muchos tipos de españoles y de emigrantes. Hay personas de origen rumano, africano, gitano y español en el cómic, así que no son todos españoles. ¿Qué diablos significará ser español a estas alturas del siglo XXI? Los primeros que aparecemos caricaturizados somos Sagar y yo. Esa ventaja del cómic, su cercanía con la caricatura, juega a nuestro favor.

¿Qué efecto puede tener un libro como este en la discusión pública?

Nos planteamos la intervención, pero no directa, no panfletaria, sino indirecta. Proponemos un retrato posible de un problema que se inserta en una maraña de muchos otros problemas. A partir de ahí, que cada cual se posicione. Hemos tenido eco entre trabajadores sociales, entre políticos, entre periodistas, entre personas —en fin— muy implicadas en esa realidad.

En varios momentos del libro vemos a los entrevistados negándose a ser fotografiados. ¿Qué perspectiva particular aporta el cómic de no ficción a la comprensión de esta historia que no permitan el cine documental o la crónica?

Creo que la cámara es percibida como una invasión y que el dibujo, en cambio, es más amable. El cómic niega desde el principio ese mito, el de la objetividad, que con la fotografía o el cine es más difícil neutralizar. Nada es objetivo. Y el cómic puede dejarlo claro de antemano. El periodismo debe trabajar con esa convicción: lo que importa es el punto de vista y la voz de un sujeto. Esa es la base de la crónica, como género de la literatura, su subjetividad.

¿Cuál es la conclusión a la que llegó, junto con Sagar, acerca de la precariedad de tantas vidas inmigrantes en Barcelona?

Sobre todo, que es un problema antiguo: que hace décadas que Barcelona deja al margen a colectivos, que no los integra en su progreso y en su riqueza. O que los integraba provisionalmente, y por eso la crisis los devolvió a la calle. Durante la crisis, dos símbolos fuertes del capitalismo, el cajero automático y el carrito de supermercado, se convirtieron en símbolos de la precariedad.

¿Cree que la crítica y los lectores están listos para decodificar las particularidades de la novela gráfica de no ficción?

Nos encontramos en un proceso lento, pero creo que imparable. Gracias al reconocimiento crítico y popular en los años noventa de Maus, de Art Spiegelman, y más recientemente de Persépolis, de Marjane Satrapi, el gran público está aprendiendo a leer la realidad en viñetas. Muchos medios de comunicación están publicando reportajes o entrevistas dibujadas. Se trata de recuperar un lenguaje que en nuestra infancia fue muy familiar y que de adultos hemos ido viendo como lejano.

¿Por qué se decidió incluir la entrevista a Joe Sacco como apéndice de la novela gráfica?

Nos parecía un homenaje y, al mismo tiempo, un ejercicio de honestidad. Sin el camino que él abrió, nosotros no hubiéramos llegado a Barcelona: Los vagabundos de la chatarra.

Fenómenos como la novela gráfica o las series de televisión de calidad ponen en tela de juicio las fronteras de la literatura y el arte. ¿Cuál es el valor de series como “The Wire” o “Treme” y la forma en que plantean temas políticos y sociales?

Nos hemos acostumbrado a pensar la realidad política norteamericana a través de la teleficción. De algún modo nos da la pauta para entender qué está pasando, por ejemplo, con el fin de la etapa Obama, y con la próxima campaña electoral entre Hillary Clinton y Donald Trump. En las series hay una cierta pedagogía del futuro. Gracias a ellas, y al cine, los norteamericanos vieron como una posibilidad real que el presidente fuera negro o mujer.

¿Qué efecto tiene que una serie como “House of Cards” genere narrativas paralelas a la realidad (por ejemplo, comparando a personajes como los Underwood, en la serie, y los Clinton, en la realidad)?

Eso ha hecho la ficción: versionar la realidad. House of Cards sigue la tradición de Shakespeare, no sólo en su contenido, también en sus recursos dramáticos y en la perfección de su guion.

¿Cuál es el papel del periodismo y las narrativas de no ficción frente al nuevo panorama de los medios digitales, donde la función de mediador de información parece estar en crisis?

Tiene que hacer lo que ha hecho siempre el buen periodismo: conseguir el mayor número posible de entrevistas, de puntos de vista. Por el otro, beneficiarse del nuevo contexto tecnológico: nunca antes ha habido a la disposición del cronista tanta información, tantos videos, tantos estados de Facebook, tantos tuits. Ese big data requiere tiempo, pero permite un buen storytelling.

Esas nuevas tecnologías se presentaron como el reemplazo de los espacios y las dinámicas de la producción cultural. Fue una falsa profecía. Vivimos en un mundo de convivencia de formatos y lenguajes. Y esa convivencia va a durar décadas, si no siglos.

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