Las verdades de Luis Sotelo

El colombiano realiza un ‘performance’ en Londres, con el que pretende entender el conflicto armado desde la posición del victimario. Perfil de un artista con dos patrias.

Luis Sotelo ha vivido en Alemania, Estados Unidos e Inglaterra. / Cortesía

“No existen las verdades, por eso hay que volver a las historias”, leyó Luis Carlos Sotelo un día, y levantó la mirada. No sabía en ese momento que esa sería la respuesta a la pregunta que estaba tomando forma en su cabeza. La respuesta que lo haría convertirse en artista, en bailarín, en actor, en profesor de una de las universidades más importantes de Londres; que le daría reconocimiento internacional y una nacionalidad de más, sólo una, que le permitiría conquistar el mundo.

El autor de esa frase era Richard Rorty, un estadounidense al que debía leer para una clase de la maestría en filosofía política que cursaba en Alemania. Rorty se le quedó grabado. Fue lo que más lo impactó en muchos años de lecturas y estudios. Para ese momento, Sotelo ya tenía un cartón que lo calificaba como abogado de la Universidad de los Andes y un papel que decía —por si a alguien le interesaba— que un año de esa carrera la había cursado de intercambio en Alemania, pues era el único estudiante de su generación que dominaba la lengua perfectamente. Fueron dos, entonces, los períodos que vivió en Alemania: en el año 89, durante su pregrado, cuando estuvo presente en la caída del muro de Berlín, y en el año 93, cuando regresó a hacer su maestría: el año en que conoció a Rorty.

En el 93 empezaron a aparecer las preguntas. Se acercó primero, en su origen, a las obras de Bertolt Brecht, un autor que, junto con Peter Weiss y muchos otros alemanes, había leído y representado durante sus años escolares en el colegio Helvetia de Bogotá. Luego empezó a practicar taichi y, gracias a él, a ser cada vez más consciente de su cuerpo. Después de tantos años de haberse dedicado a un teatro que se basaba en el texto, descubrió que le interesaba más un teatro del cuerpo, del movimiento, de la fluidez.

Como pasaba meses enteros aislado de Colombia, meses en los que sólo hablaba alemán mientras veía cómo los locales restablecían su identidad después de la caída del Muro, llegó finalmente a cuestionarse quiénes somos los colombianos culturalmente. Y con esa pregunta y su interés por el cuerpo volvió a Colombia, trabajó un tiempo como profesor en la Universidad de los Andes, se interesó por los indígenas y los afrocolombianos y bailó mucho en el grupo de danza de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Con esa misma pregunta volvió a viajar, esta vez a Estados Unidos, a hacer una maestría en performance studies en la Universidad de Nueva York. Ahí empezó a desarrollar su trabajo artístico, a través del baile, pero con una visión interdisciplinaria.

Otra caída, esta vez la de las Torres Gemelas, hizo que regresara a Colombia. Después de haber visto el horror de frente ya no le quedaron ganas ni a él ni a los neoyorquinos de seguir viviendo en esa ciudad. Entonces, de vuelta en su país, queriéndolo o sin quererlo —no sabe— empezó a responder su pregunta a través del arte, con un lenguaje que ya no era del teatro, ni de la danza, ni de la filosofía política, ni del derecho: era suyo. Su cuestionamiento por la identidad cultural de los colombianos no había podido desligarse de las problemáticas del país. Con los años, Sotelo había descubierto que, para él, el arte debía tener una función más que la de entretener. Debía ayudar a visibilizar las cosas que pasaban y que todos callaban, debía lograr intervenir de algún modo en la sociedad.

Nosotros, la selección Colombia fue uno de los primeros proyectos que realizó con lenguaje propio. En colaboración con Antonio Cadavid, otro artista, hizo una puesta en escena en la cancha de fútbol de la Universidad Javeriana. Era un juego para el que convocaron a vendedores ambulantes que habían sido desplazados de sus lugares de origen por la violencia y habían llegado a Bogotá con la esperanza de tener un futuro mejor. La cancha de la Javeriana se transformó en un mapa a escala de Colombia y cada vendedor debía pararse sobre él, en el punto exacto de donde provenía. En los arcos había unas pequeñas banderas de Colombia que funcionaban como billetes. La audiencia estaba invitada a tomarlas y comprar con ellas los productos que quisieran de los carritos de los vendedores: el coco, el mango, la arepa. Y con cada compra, el vendedor podía dar un paso adelante en dirección a Bogotá. La idea era que se delinearan los caminos que habían recorrido.

Gracias a Nosotros, la selección Colombia, Sotelo fue aceptado en la Universidad de Northampton, en el Reino Unido, para hacer un doctorado en performance. Le dieron tiempo y dinero para investigar sobre eso que lo venía preocupando y aprovechó la oportunidad para buscar espacios que, desde la acción escénica, lograran reflexionar sobre el “yo colombiano” en todos sus frentes.

Ya han pasado 10 años desde que Luis Carlos Sotelo llegó a Inglaterra. Vive con su esposa y sus dos hijos cerca de la Universidad de East London, donde ahora es profesor sénior, y tiene un pasaporte que lo acredita como nacional británico. Su vida se divide entre investigar y enseñar. Encuentra, cada vez, nuevas formas de responder las preguntas que siguen surgiendo. Ahora busca entender (y que tanto colombianos como británicos entiendan) el conflicto colombiano a través de la posición del victimario. Encontró la historia de Santiago, un exguerrillero, y decidió contarla por medio de una intervención artística que va a realizar en Londres, al sur del Támesis, hasta el domingo 26 de octubre: The Most Convenient Way Out, se llama. La salida más conveniente es su nombre en español.

Mientras subimos y bajamos escaleras y nos perdemos por entre los pasillos de un edificio londinense, escuchamos la voz de Santiago a través de un MP3. Vamos con un guía, solos los dos. Santiago nos habla en español —con traducción paralela para angloparlantes— y nos cuenta cómo entró a la guerrilla cuando tenía doce años, cómo había sido su vida antes de eso y cómo fueron sus experiencias dentro del grupo armado. Santiago nos muestra que se puede ser víctima y victimario al mismo tiempo. Nos cuenta una historia —la suya— que nos resulta más real que todas las verdades documentadas en las investigaciones gubernamentales.

 

@adrianamarinu

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2014-10-24T21:29:08-05:00

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Adriana Marín Urrego

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Las verdades de Luis Sotelo

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