Vida y muerte de un rebelde

Un día como hoy, hace veinte años, murió asesinado Humberto Peña Taylor, “El Duce”, en las instalaciones de la Universidad Nacional de Colombia. Perfil.

Humberto Peña Taylor, “ El Duce”. /Archivo

Peña Taylor es el nombre de un episodio, el resumen de ocho años de movimiento estudiantil. Bajo esos dos apellidos, para quien los recuerde así, juntos, están condensadas las revueltas y las ideas lúcidas que se pasearon por la Universidad Nacional entre 1987 y 1995. El caos y la construcción: todo iba dentro del mismo saco a fuerza de mezclar –a veces de forma muy torpe– los discursos con los actos. Peña Taylor es un fantasma (acaso muy difícil de desentrañar) que se posa sobre la vida de un hombre. Que lo oculta.

Nacido Humberto en el año 1967, hijo de Humberto Peña (un veterano de la guerra de Corea) y Alba Taylor, llegó desde Bucaramanga a la sede bogotana de la Nacional, en enero del 87. De ahí en adelante, hasta el año 1995, cuando le abrieron la espalda a tiros en la cafetería de la Facultad de Derecho, su vida habría de reducirse a lo que pasara en esa universidad, desde entonces, para él, centro del mundo: si de algo le sirvieron los extractos que aprehendió del planeta restante era para redirigirlos al campus, como dibujando un círculo.

Narizón, flaco, 1.70 desde el piso, gritón, impertinente, portador de un gabán de invariable negro, Peña Taylor haría las siguientes cosas en su tránsito por la Nacional: bailar salsa de una forma obsesiva en los bares Bananas y El Castillo, sin tomarse una gota de licor o fumarse un cigarrillo. Conseguir pieza junto a Isidro Santos en Quinta Paredes o El Tunal, con un espacio suficiente para meter dos camas y cien libros. Asistir a la sustentación de tesis de filosofía de Clara Carrillo, sobre la armonización de ley moral y cultura, levantar la mano y preguntar lo definitivo: “¿Por qué armonizar ley, moral y cultura?”. Pasar hambre y pedir plata y pagar luego con lo que le consignaban del préstamo-beca. Echar piedra en las calles como forma de protesta, imponiendo la moda (sólo seguida por él mismo) de no usar capucha, de dar la cara. Recibir un tiro en el estómago (siete puntos, recuperación en el Hospital San Juan de Dios durante ocho días) por subirse y saltar sobre una tanqueta en medio de un tropel. Tumbar las puertas del auditorio León de Greiff. Ser suspendido. Leer a Nietzsche, a Marx, a Deleuze, a Althusser. Declararse antimarxista. Perder una parte del préstamo-beca. Volver al campus para ponerle punto final a todo.

A los 28 años, Peña Taylor escribió una tesis de grado sobre la enseñanza del derecho y la crisis de la justicia en Colombia, combinando los discursos de poder de Michel Foucault, la institucionalización de la función jurídica de Jürgen Habermas y la eficacia simbólica del derecho de Mauricio García Villegas. En los últimos párrafos puede leerse lo siguiente: “Pareciera que la verdad sobre cómo debe existir y reproducirse la sociedad ha de servirse de la muerte, la física y la simbólica, como técnica de producción de ésta”. Más fácil: que la verdad en Colombia se impone a punta de bala. El director fue Germán Palacio; Camilo Borrero, el jurado.

El 15 de junio de 1995, entró en la cafetería de la facultad. A eso de la 1:00 de la tarde, según lo que la prensa dice, un hombre y una mujer le dispararon por la espalda, lo dejaron caer al piso con la monografía apretada en una mano y lo remataron. Al principio, pasmados ante lo que acababan de ver, los estudiantes no hicieron nada. Después, sí, armaron el caos: ni un solo miembro de la Fiscalía pudo dar un paso al interior del campus. La necropsia, por tanto, fue realizada en el anfiteatro de la universidad: cinco de las siete balas eran letales.

Cada uno a su manera, los estudiantes lloraron a Peña Taylor: unos seguidores ajenos rompiendo vidrios, unos amigos más cercanos montándole guardia al cuerpo. La Universidad cerró. El cadáver fue trasladado un día después a Bucaramanga, donde tuvo lugar un sepelio tranquilo, repleto de discursos y de lágrimas. Ese fue el fin de todo. Hoy (hoy: 20 años después) no hay nada.

El “Duce”

En las primeras semanas de 1987, Juan Montes dictaba una cátedra sobre sistemas constitucionales, luego de que la Universidad Nacional reabriera sus puertas después de un cierre prolongado y de que la Facultad de Derecho reestructurara el currículo académico. Un estudiante de esa clase, hablando duro y tejiendo una argumentación radical, empezó a defender la mano fuerte de las dictaduras como respuesta a la crisis de eficacia que había por estas latitudes. Acababa de prestar servicio militar.

- ¿Cómo le digo, pues, El Duce? –, dice Leo Guerra que le dijeron a Humberto Peña Taylor, en plena clase de primer semestre, burlándose de sus posturas.

Y así se quedó. Así lo recuerdan quienes lo recuerdan: “Peña Taylor tuvo un grupo alrededor. Por ejemplo, una de las acciones de ellos cuando ajustamos matrículas fue levantar una cárcel de pueblo contra el rector (…). Entonces, claro, nosotros también les decíamos: ‘¿ustedes de dónde sacaron el cemento?’. Él respondía: ‘no, es que estaba ahí, era un bien mostrenco’. El Duce venía de (la facultad de) Derecho, entonces sabía más de Derecho que nosotros”, dijo Antanas Mockus, exrector de la Nacional, en una entrevista para el documental La ciudad blanca.

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Duce, que en italiano significa “líder”, es el apodo con el que pasó a la historia Mussolini. Un alemán diría, casi en el mismo sentido político de la palabra, que en su idioma se traduce führer, la forma en la que era nombrado Hitler.

Lo de la afinidad con las dictaduras le duró más bien poco. Eran unas impresiones que esbozaba como reducto del pasado: “Eso fue las primeras semanas. Cuando empezó a leer y se metió con Nietzsche se le acabó el tema del poder y del Estado”, dice Isidro Santos, compañero de pupitre y de habitación de Peña Taylor. Después de esas lecturas introductorias apareció en su vida Jaime Garzón, por entonces un heterodoxo monitor de filosofía, quien le sugirió tomar materias de ciencias humanas. Freud, Kant, Hegel, Marx. Así lo hizo, anteponiendo el interés por la filosofía al estudio de los códigos de derecho.

Parte de su fama residía en esa dualidad, “todo lo que era filosofía, sociología, ciencia política, lo estudiaba con mucha disciplina. En esas áreas era brillante. En las otras áreas, normal. No creo que le interesaran mucho”, dice Miguel Castillo, abogado egresado de la Nacional. Parte de su fama, también, se la llevaba su forma de ser: escandaloso, deconstructor, líder. “Aunque él odiaría eso de ser líder, porque nunca intentó armar grupos ni que nadie lo siguiera. Había, eso sí, gente que quedaba seducida por su personalidad fuerte y su accionar”.

El tránsito se dio de manera rápida, eficaz: de defensor teórico de las dictaduras, pasó a ser una especie de promotor práctico de la desobediencia, un crítico feroz de las formas que constituyen la verdad y el orden. Tanto así, tal era el ímpetu, que no veía ningún empacho en encadenarse frente a la Rectoría como una muestra de violencia simbólica, de protesta que pendía temblorosa al borde del vandalismo. Sin embargo, y como si habláramos ya de otra persona, participaba activamente en las discusiones que se dieron en torno a la reforma universitaria del 90: “El fin de la reforma es hacer que la Universidad responda a las necesidades de modernización del aparato productivo y no, como se propone explícitamente, de asumir su responsabilidad ante la Nación” (Carta Universitaria, citando a Peña Taylor, en agosto de 1990).

El resto es historia. O mito. Dicen (siempre bajo la advertencia de que no quisieron dar su nombre) que era un rebelde sin causa, que organizaba, desde el Jardín de Freud, pedreas estudiantiles y ataques con petardos; que se enfrentaba, sin explicación alguna, y de forma muy dura, con los jíbaros, con la policía, con los guardias de seguridad. Todo eso dicen, todo puede ser cierto.

El rector de La Nacional, Guillermo Páramo, en conjunto con el Consejo Directivo, el personal docente y administrativo de la Facultad de Derecho, Ciencias Políticas y Sociales, le comunicaron a la opinión pública nacional, en 1995, que el estudiante sacrificado “se distinguió por sus capacidades intelectuales, que le llevaban a rechazar toda forma institucionalizada de violencia social y en consecuencia, mantuvo siempre una postura valerosa de crítica frente al orden existente”. Por un tiempo persistieron rumores de que era “tira”, cosa que en el argot universitario se entendía como policía encubierto.

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El nombre de Humberto Peña Taylor, reposa en pocas partes. Amnistía Internacional, en un documento público del 25 de julio de 1995, pide celeridad para hallar a los culpables de su asesinato. Un informe de Human Rights Watch, 1996, menciona que lo mataron “en aparente confabulación con el personal de seguridad de la universidad”. En el mapa “Bogotá, Ciudad Memoria”, del Centro de Memoria Histórica, aparecen, bajo el número 22, los estudiantes de la Nacional de Colombia que han sido asesinados: Peña es uno de ellos.

En el último párrafo de su tesis de grado comparte con el lector una aspiración final: “Lo que sigue en adelante es la profundización de la investigación en la dirección que aquí estamos proponiendo que, valga la pena repetirlo, pretende hacer de este discurso una herramienta útil en la tarea de generalizar y construir prácticas de libertad para nuestra sociedad”. Eso fue todo.

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