"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 7 horas

"Voy a abrir la ventana de la Iglesia"

El papa Francisco decidió convertir a Juan XXIII en santo sin comprobar sus milagros. ¿Quién fue este religioso que cambió el catolicismo?

El papa Juan XXIII cuando recibió en el Vaticano al presidente francés Charles de Gaulle en 1959. / AFP

En El hombre que no fue jueves, la más reciente novela de Juan Esteban Constaín, Juan XXIII es referido como el papa que insistió en la causa de convertir en santo al escritor inglés G.K. Chesterton. Más allá del plano de ficción que expone Constaín (un papa que quiere santificar a un escritor), en estas líneas se encuentra una delicada descripción del papa, nacido en Sotto Il Monte, Italia, y cuyo nombre real era Angelo Giuseppe Roncalli: “Se puso el nombre de Juan por san Juan Evangelista, pero sobre todo por su papá que también se llamaba así y era un labriego. Juan XXIII, el Papa Bueno. El papa que les dijo con una sonrisa a los cardinales, apenas elegido, aún adentro de la capilla Sixtina y antes de salir a saludar al pueblo en la plaza, que él no iba a ser ‘un viejito inofensivo’. No lo fue, de hecho”.

No lo fue. Juan XXIII fue un papa abierto, en cierto sentido sediento de exponer a la Iglesia al conocimiento del resto del mundo, al que se había cerrado durante tanto tiempo; a integrar a sus feligreses, en los más respetuosos límites, con las creencias ajenas al catolicismo pero derivadas de la imagen de Dios y su hijo. Y fue un papa, sobre todo, que estimaba su poder eclesiástico para buscar el bien y lo desestimaba, en nombre de la humildad, para dirigirse a sus “hermanos”.

“Mi persona no cuenta nada; es un hermano que os habla, un hermano que se ha convertido en padre por voluntad de nuestro Señor —dijo Juan XXIII en su primer discurso como papa en 1958—. Pero todo junto, paternidad y fraternidad, es gracia de Dios. (…) Sepan los afligidos que el papa está con sus hijos, especialmente en la hora de la tristeza y de la amargura”.

Quizá sus periplos por Europa como representante de la Iglesia le permitieron criar ese pensamiento: había sido, antes que patriarca de Venecia por cinco años, antes que papa por otro lustro, delegado en Bulgaria, Turquía y Grecia. Fue en tiempos de guerra cuando condensó el pensamiento de que la paz era el bien más preciado del hombre, “la suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia”.

De modo que su pensamiento nunca fue inocente, “inofensivo”. Juan XXIII se acopló sobre el trono de san Pedro durante un período que parece breve, pero que produjo una severa metamorfosis en las más arraigadas tradiciones de la Iglesia católica. Menudos golpes para potentes cambios.

Juan XXIII, que tenía sentido del humor y se congraciaba fácil con sus semejantes y discípulos, decía en la bula Pacem in Terris: “El hombre exige, además, por derecho natural el debido respeto a su persona, la buena reputación social, la posibilidad de buscar la verdad libremente y, dentro de los límites del orden moral y del bien común, manifestar y difundir sus opiniones”. Esto olería hoy a lugar común. En abril de 1963, cuando lo dijo, era una declaración que se desarrollaba de manera acelerada y paralela a movimientos civiles en Estados Unidos y, años después, en Francia. Justo ese año, en agosto, Martin Luther King pronunció en Washington un poderoso discurso que versaba sobre los derechos civiles y raciales. No, el papa Juan XXIII no fue inofensivo.

Su exposición sobre el orden social, que Roncalli desgranó bien en Pacem in Terris, era una propuesta activa. Sus ideas, descritas en varios capítulos que abundan sobre el modo en que deben relacionarse los estados en busca de la paz —en plena Guerra Fría—, eran una glosa política que la Iglesia debía integrar en tiempos de amenaza atómica.

Juan XXIII decía que el mundo estaba precedido por un maravilloso orden —explorado a través de la ciencia—, pero existía en todo ello una paradoja: a pesar del orden, los hombres se entregan al caos. “Parece como si las relaciones que entre ellos existen no pudieran regirse más que por la fuerza. Sin embargo, en lo más íntimo del ser humano, el Creador ha impreso un orden que la conciencia humana descubre y manda observar estrictamente”.

Tampoco fue inocente, se diría tiempo después, su aplicación insistente a la discusión del Concilio Vaticano II desde octubre de 1962. Las opiniones a su alrededor se multiplicaron de modo exponencial cuando todos se dieron cuenta de que el concilio tocaría temas esenciales para la Iglesia. Su resultado podría resumirse así: permitió acercar la Iglesia al pueblo y abrirla a una relación más amplia —e incluso conciliadora— con el entorno en que se encontraba. Juan XXIII “dejó en todos el recuerdo de un hombre con los brazos abiertos para acoger al mundo”, dijo Juan Pablo II cuando beatificó a Roncalli en 2000.

Se ganó el mote de “Papa Bueno” por sus actos: durante la Segunda Guerra Mundial bautizó a judíos húngaros que, a través de ese procedimiento, pudieron salvarse de la tortura y la muerte en los campos de concentración nazis. Dicen que fueron 24.000 los salvados, dicen que su nombre fue pronunciado en los tribunales de Nuremberg y alabado por esta tarea. Quizá sus milagros no sean comprobados por la Congregación para la Causa de los Santos —encargada de los procesos de beatificación y canonización—, pero esa cifra permite considerar su santidad más allá de cualquier requisito. “Todos conocemos las virtudes y la personalidad del papa Roncalli —dijo el portavoz del Vaticano, padre Federico Lombardi— y no hay necesidad de explicar los motivos de la decisión de Su Santidad”. Las mismas razones adujo el papa Francisco para santificarlo: es un santo, quizá no por sus milagros, sino por el modo en que reformó la Iglesia. Por dejar de ser un “viejito inofensivo”. “Yo voy a abrir la ventana de la Iglesia —dijo Juan XXIII al abrir el Concilio Vaticano en 1962— con el fin de que podamos ver lo que sucede afuera y que el mundo pueda ver lo que pasa en nuestra casa”.

 

 

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