Charles Darwin y el origen de las especies

Los organismos vivos han existido sobre la tierra sin nunca saber por qué, durante más de tres mil millones de años, antes de que la verdad, al fin, fuese comprendida por uno de ellos. Por un hombre llamado Charles Darwin. Richard Dawkins. El gen egoísta

El 12 de febrero de 1809, en Shrewsbury, pequeña población de Inglaterra, nació Charles Robert Darwin. Justo al cumplir los 50 años de edad publicó El origen de las especies, una obra que iría a partir en dos la historia de la cultura humana. La primera edición constó de 1.250 ejemplares, y se agotó el mismo día en que salió a las librerías. Tal vez un presagio de su importancia capital. Y esos compradores afanados acertaron: El origen es quizás el libro de ciencia más importante que jamás se haya escrito, y es uno de los poquísimos del siglo XIX que aun puede leerse en el XXI.

Otro inglés, Alfred Russell Wallace, con total independencia de Darwin había llegado a conclusiones parecidas, y las dio a conocer en 1858. La publicación de ese trabajo sirvió de acicate para que Darwin, en tan sólo trece meses, diera forma final al suyo, una obra que por temor bien justificado a los retrógrados victorianos llevaba largos años de espera en un cajón de su escritorio. Darwin realizó un valioso trabajo de síntesis que reunía los descubrimientos de Malthus sobre la dinámica de las poblaciones, los resultados de la selección artificial obtenidos por los criadores de animales y cientos de sus propias observaciones.

Darwin era un observador paciente y perspicaz; un viejo con la curiosidad insoportable de un niño, dotado además de una capacidad de síntesis casi nunca observada en un ser humano. Era a su vez capaz de apreciar singularidades interesantes, como en aquella ocasión en que conoció la orquídea de Madagascar, una extravagancia vegetal con un receptáculo de néctar de 28 centímetros de longitud, ante la cual conjeturó la existencia de un insecto con un instrumento polinizador cortado a la media; cuarenta años después los entomólogos encontraron la responsable: una mariposa, la esfinge de Morgan (Xanthopan morgani preadicta), diseñada tal como Darwin el visionario la había descrito. Veía lo que todos han visto y pensaba lo que nadie había pensado, secreto de todo gran creador, según palabras certeras de Albert S. Gyorgy, Nobel de Química.

Debe señalarse que la idea básica en la que se apoya la evolución biológica ya tenía precursores: los granjeros y agricultores del pasado. Estos, al escoger para la reproducción las mejores semillas y ejemplares, simulaban, sin comprenderlo, el mecanismo de selección natural. Tuvieron que pasar muchos siglos hasta que en 1818, el médico escocés William Wells presentó por primera vez la idea de la selección natural en un trabajo que tuvo poca resonancia. Más tarde, en 1831, Patrick Matthew, publicó una versión de la misma idea en un trabajo sobre arboricultura. Tampoco se le dio importancia.
Antes del Origen las especies eran entidades fijas, creaciones inteligentes de los dioses; después del Origen ya eran fruto imperfecto del azar, y aparecían trenzadas en una sola y gran familia cuyo tronco se hundía en el pasado, miles de millones de años antes de lo pensado. Y se reveló el indeseado parentesco con los monos. ¡Por Dios, que no sea verdad! Decía la madre de un obispo respetable. ¡Y sí lo fuere, por la Virgen qué nadie se entere!

El modelo evolutivo de variaciones aleatorias y selección natural propuesto por Darwin, con algunos cambios y adiciones, es el que aceptan hoy aquellos biólogos que no poseen compromisos religiosos. No hay en él ideas de alta dificultad intrínseca, como el elástico espacio-tiempo de Einstein, o las honduras contraintuitivas de la mecánica cuántica. Sin embargo, es posible explicar con el modelo la evolución de los organismos vivos, los entes más complejos del sistema solar. Y a nadie se le ha ocurrido una alternativa mejor. Además, se ha reunido tal cúmulo de evidencias a favor, que dudar del darwinismo como responsable importante de los cambios evolutivos es una demostración de ignorancia, o producto de la castración intelectual causada por los prejuicios ideológicos.


En el evangelio según Darwin, los más aptos, es decir, los más sanos, fértiles, egoístas, ventajosos, agresivos, destructores... sobrevivirán y dejarán más descendencia. Aunque también hay espacio para el amor y la ternura. Y por ensayos y errores groseros se fue ascendiendo imperceptiblemente de la bacteria al hombre. ¡Hágase el hombre! y la selección natural lo hizo... Palabra de Darwin, no del Dios de los creacionistas, que es chapucero, y se tomó el trabajo de diseñar una por una todas las especies vivas... Así, entonces, con herramientas sencillas, Darwin arrasó de varios plumazos con las versiones parroquiales de los libros sagrados.

Debe reconocerse que El Origen no está exento de errores. Pero así es el camino de la perfección en la ciencia: interminable, tortuoso, en progreso permanente, obras siempre inacabadas tratando de adaptarse a los nuevos descubrimientos. Darwin no conocía los genes ni las leyes de la herencia, elementos básicos para fundamentar su teoría. Lo más parecido que aprendió fue la herencia de caracteres adquiridos, error contagiado por Lamarck. Asimismo, los conocimientos sobre biología celular de su época eran prácticamente nulos, y muy pobres los de paleontología, ciencia especializada en leer en las rocas sedimentarias las improntas dejadas por el proceso evolutivo. De allí lo meritorio del trabajo de Darwin. Y de allí las imperfecciones de su obra, que con el paso de las generaciones y a la luz de otros descubrimientos de la ciencia se han ido reparando.

Jamás en la historia de la cultura humana una sola idea, elemental, al alcance del hombre de la calle, ha tenido más hondas y variadas repercusiones. Nunca una idea había arrojado tanta luz, allí donde solo había tinieblas. Nunca tal poder explicativo, tal capacidad de predicción, tal caudal de ideas derivadas. Sin embargo, debemos ser francos y admitir que aun existen lagunas y puntos oscuros. Explicables, pues el modelo es sencillo mientras que el árbol de la vida es de complejidad extrema. Son casi 4.000 millones de años en que la vida ha experimentado todo lo posible, almacenando orden en las estructuras biológicas, a contracorriente del flujo natural de la entropía; y el azar en lo suyo, creativo, a veces en exceso, produciendo improbabilidades y rarezas, sin afanes pues ha dispuesto de tiempo en cantidades geológicas. Pero los fracasos no dejan descendencia y, en consecuencia, esa larga historia de tanteos a ciegas se ha borrado para siempre.

La teoría darwiniana ha mostrado una robustez excepcional. Perseguida, controvertida, ignorada, prohibida, pero ha superado con éxito todas las vicisitudes. Se ha enfrentado a enemigos feroces, por meterse con la vida, y a las religiones no se les puede tocar este tema porque mandan el hereje a la hoguera, y más cuando alguien se atreve a contradecir sus mitos, esas historias infantiles inventadas por hombres y atribuidas a divinidades. Y después de tantas batallas, ha salido más fortalecida por acumulación de victorias y de pruebas a su favor. Pero... no obstante sus éxitos resonantes, más de media humanidad vive todavía en el medioevo, buscando el origen de las especies en la Biblia. Son 150 años de progresos, de evolución constante de la teoría de la evolución, y tanta gente culta todavía en la oscuridad. ¡Qué vergüenza con Darwin!

Su potencial es enorme. El darwinismo, con la insistencia de la maleza, empieza a invadir los campos de la filosofía, la sicología, la antropología, la sociología... Se ha vuelto indispensable para explicar los fundamentos de la ética y los criterios básicos en que se funda la estética. Ha suministrado luces para explicar la creatividad humana, y sirve de auxiliar para entender los absurdos de la historia. Y, si lo anterior no parece suficiente, en biología nada tiene sentido si no es a la luz de la evolución, como repetía Theodosius Dobzhansky, amplio conocedor del tema.

Pero no terminan allí sus consecuencias. Quizá la más importante sea la explicación de la naturaleza humana, problema central de las ciencias del hombre. Se comienza ahora a develar el gran enigma del alma humana, su admirable racionalidad entretejida con sinsentidos y contradicciones, ángeles enfrentados a demonios, problema que había derrotado a todos los grandes pensadores del pasado, y que aun confunde a más de las tres cuartas partes de los del presente. El enfoque evolutivo ha permitido entender la estructura profunda de las rutinas cognitivas, sus fallas vergonzosas, sus aciertos deslumbrantes, la propensión inevitable a caer en falacias, la fe testaruda, la razón de ser del egoísmo, la violencia desmedida, la explicación del entramado sexual, "tan espinosa zarza", como decía el sicolingüista Steven Pinker... Y la revolución darwiniana apenas comienza.