Festilana, ¡un festival auténtico!

Hilanderas, pastores, artesanos y diseñadores unidos por la Fundación Compartir en Cucunubá. Un homenaje a la lana.

Floralba Neme y su hijo Andrés Mauricio Fonseca se sientan pegaditos sobre el borde de un andén. Lucen de concurso. Ella, a sus cuarenta y siete años, con la piel tostada por el sol, dos trenzas de pelo negro brillante anudadas con cintas de raso rojo, un sombrero de fieltro negro sobre la cabeza, la falda azul oscuro en tabletas, el pañolón de paño negro sobre la camisa blanca de algodón y las alpargatas. El niño mirando todo con unos ojos inmensos bajo el sombrero de fieltro verde, su cuerpo de ocho años vestido de pantalón oscuro, camisa blanca, alpargatas y ruana en color crudo doblada sobre el hombro derecho. Floralba habla e hila, jala la hebra de lana, la estira y la engancha en el huso, libera esta especie de lápiz de madera y permite que gire para que se enrolle la lana. Andrés se rebuye en el brazo de su madre. A ella le ha aprendido el oficio de hilandera y así el niño calma los nervios de subir al escenario para demostrar su buen hacer con la lana de oveja que pasta en Cucunubá.

Estamos a casi ochenta kilómetros de distancia de Bogotá, en pleno valle de Ubaté –conocida como la región lechera de Colombia- en el departamento de Cundinamarca. Cucunubá, con sus quince mil habitantes, es apenas uno de los más de cien municipios de esta zona abundante en pastos, ganado, agricultura y campesinos. Hace seis años, la Fundación Compartir resolvió la cuadratura de un círculo que no siempre resulta virtuoso: ¿cómo impulsar el pueblo y a sus habitantes, a partir de sus virtudes ancladas en técnicas artesanales y el pastoreo de ovejas? La respuesta tomó forma con la creación de Festilana, un evento anual que cada mes de octubre se realiza durante una jornada completa en este pueblo que acumula más de doscientos años de historia. Alba Lucía Gómez, vicepresidente de la Fundación Compartir, es consciente del reto creciente que tiene entre manos y se concentra en fortalecer la columna vertebral de Festilana activando en simultánea la educación y la red empresarial.

Un festival en el que todo es asombrosamente real: son de verdad las mujeres hilanderas y de carne y hueso las ovejas que suben al escenario para ser esquiladas a punta de tijera; el interés que despierta en un público variopinto; artesanos jóvenes, con resuelto ánimo de empresario, como William Contreras que ya se atreve desde su taller ubicado en plena plaza a soñar una prenda, a partir de las pesas de lana que por generaciones se han acumulado en su casa. “Ya he visto cómo se puede teñir en colores extraños, cómo puedo diseñar” dice exultante al tiempo que recoge el millón de pesos que recibe como premio en la categoría de producto. Su ruana color chocolate intervenida con trazos geométricos del tono de la curuba pasa de mano en mano, entre el jurado.

William es hijo de Festilana. En este ambiente que vincula a los pastores con las hilanderas, los artesanos y los diseñadores de alto nivel invitados ante el público es donde la Fundación Compartir expone su premisa que contiene tanto de visión comercial como de mirada profundamente educativa. Nada ajeno a los compromisos asumidos por la entidad que impulsa el constructor Pedro Gómez, hijo además de esta tierra. "Se trata de que los artesanos puedan hacer su mismo trabajo con mejores insumos. Que los jóvenes no sientan distancia frente al diseño sofisticado, que les estimule a crear" va contando este hombre tocado con un elegante Panamá Hat y un saco de lana finísima en lila, al tiempo que registra con su celular imágenes del evento.

Durante el día, bajo el sol amarillo y omnipresente, se realiza la muestra artesanal en un espacio acondicionado al lado de la plaza de Cucunubá. Sombreros, ruanas, cobijas, bufandas, sacos, faldas, abrigos y hasta canastos venidos de Fúquene se ofrecen al público que va llegando manso y afable, como los rebaños de ovejas que dan vida al pueblo. Sobre una tarima, el presentador Carlos Orduz hace gala de sus muchos años de profesión para mantener la atención alrededor del concurso de esquiladores y del concurso de hilanderas –categoría adulto, que es en realidad muy muy adulto pues la mayoría de las ciento treinta y tres mujeres que se presentan en esta edición (fueron ochenta en 2012) han celebrado más de setenta años de vida- y –categoría niño, en el que se presenta Andrés Mauricio con aspecto resuelto-. La orquesta sinfónica de Cucunubá retumba y, al ritmo, de sus oboes y timbales, las hilanderas, sin soltar por un solo momento su huso y su ovillo de lana enrollado sobre la muñeca izquierda, van siguiendo el ritmo con un baile hecho de pasitos saltarines que mece en vaivén el hilo de las ovejas.

El galerista Alonso Restrepo y su esposa Cari Domínguez no pierden detalle del vestido de las hilanderas. Ambos forman parte del jurado que calificará precisamente el mejor traje. “Es que Cucunubá es un pueblo de la otra Colombia, esa que vive como desde hace siglos pero que ya está recibiendo inyecciones de modernidad” apunta el empresario Pedro Gómez. Su esposa, Piedad, es parte fundamental de esta iniciativa que además ha logrado atraer el interés de centenares de bogotanos que van llegando con mirada curiosa y mucha expectativa al pueblo. De hecho, Munir Falah, Stella de Jaramillo, Claudia Jacquin, Alberto Nieto y muchos más personajes de la vida pública colombiana se han ido sumando a esta iniciativa en calidad de jurados y de público.

En una casona de la plaza, la familia Gómez abre las puertas de un hotel que alberga a su vez un almacén de productos elaborados en lana. Allí, sobre repisas de madera verde, se exhiben las prendas creadas –durante estas seis ediciones- por los diseñadores que se han convertido, sin duda, en el alma de Festilana. Angel Yañez, Juan Pablo Socarrás, María Luisa Ortiz y la marca Julia de Rodríguez despliegan su talento desde la lana hilada en Cucunubá. Cada uno, fiel a su estilo, demuestra lo que la moda es capaz de brindar: imaginación y libertad al servicio de una industria potentísima. Aquí cuelga un abrigo entallado, de silueta ultra femenina, elaborado en lana gris y ribeteado con pequeñas alas negras en sus costuras: un Yáñez clásico, vaya. Allí están las capas de lana pistacho y ocre rematadas por piel de la experta Julia de Rodríguez. De Socarrás se muestran dos abrigos en lana marfil, de amplio patrón. Queda apenas un vestido afrancesado de raso en el pecho y falda caída en cascadas de lana delgadísima creado por María Luisa Ortiz. Con razón que nadie quiere salir de aquí.

Olga Lucía Badillo es experta diseñadora de textiles. Acaba de regresar a su Colombia natal después de veintisiete años en Florencia (Italia) y está descubriendo en Festilana proveedores del hilo con el que le gustaría continuar su oficio minucioso. “La lana de oveja es resistente, gruesota y caliente. Si está bien torcida, es perfecta para la urdimbre. La mezcla con seda virgen, hilada o alpaca resulta un tejido maravilloso” confirma mientras toca y toca, rodeada de madejas.

La jornada parece extenderse como una hebra interminable. Parecida a la que trabajan los dedos arrugados y expertos de Griselda Duarte (74 años), María Antonia González (63 años), Laura Velosa (75 años) y Tránsito Piraquive (70 años), todas ellas venidas desde Guachetá para mostrar su quehacer. Sus husos giran velozmente mientras conversamos. Sus ojos están para la lana. Lo demás parece resulta claramente algo adicional, hasta cierto punto ajeno. Ellas también van a compartir este Festilana hasta el final donde, ya entrada la tarde, la plaza se llena de murmullos de expectativa ante el desfile que organiza la periodista y consultora de moda Pilar Castaño. “Todo esto que está sucediendo aquí se ha hecho con las manos” recalca cuando presenta al público cada colección. La frase se vuelve una suerte de mantra cuando aparecen las prendas creadas por el extraordinario diseñador español Roberto López Etxberría, el invitado internacional -cuyos baúles contenedores de esta colección han recorrido desde Praga un periplo insólito hasta llegar a este pueblo colombiano-.

Es el momento en el que los diseñadores irrumpen en escena con las colecciones que han elaborado en los últimos meses en alianza con los artesanos e hilanderas. La pasarela levantada por el equipo de Giovanni Lanzoni y la agencia de modelos Informa tienen, entonces, la responsabilidad de mostrarle al público que abarrota todos los frentes qué se puede lograr con la lana. Si Festilana fuera el título de alguna fábula de Esopo, no hay duda que sería la oveja quien tendría las últimas palabras: “… y acuérdate, querido amigo, que la lana no esconde ni disfraza”.

Espere "Un virtuoso de la piel y del cuero", segunda parte de este reportaje sobre Festilana.


*Periodista independiente. Creadora del espacio digital dedicado a la moda en Colombia: www.sentadaensusillaverde.com

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