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Tengo la impresión de haber conocido México mucho antes del aterrizaje en el aeropuerto Benito Juárez. Había leído los Detectives salvajes, de Roberto Bolaño, unos meses atrás. La majestuosa novela del escritor chileno tiene como epicentro el D.F. Así que cuando el taxi se enrumbó hacia el centro de la inmensa urbe, sentía que ya había estado ahí. Un largo deja vú.
Tenía noticia de sus antros, sus tabernas, de las colonias en que se divide la ciudad, y las callecitas y avenidas todas bautizadas con nombres de países, de próceres, de capitales del mundo. “Colonia Juárez, Londres con Berlín”. Encontrar una dirección se convierte al instante en un acertijo para los extranjeros que casi siempre tendrá que resolverse con la ayuda de uno de esos escarabajos verdes que ofrecen el servicio de taxi. En todo caso perderse en México es el mejor itinerario para un turista.
Caminé por Reforma y Revolución, tomé fotos en el Zócalo, entré a los mercados de artesanías donde los alebrijes (criaturas abigarradas y talladas en maderas) y las prendas en plata acaparan la atención. Gasté una mañana recorriendo los pasillos del Palacio de Bellas Artes, ese edificio ecléctico a la entrada del Centro Histórico adornado con murales de José Clemente Orozco, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros; y otra en el Museo de Antropología que transporta a sus visitantes a los tiempos precolombinos.
La comida mexicana es un menú interminable de delicias y el Palacio de los Azulejos o el Café de Tacuba, en el centro de la ciudad, constituyen un buen punto de partida para el viaje gastronómico. El primero, en la famosa calle Madero, es un edificio revestido de cerámica vidriada poblana, un lugar que agrada a todos los sentidos. El segundo, fundado en 1912 en una casona del siglo XVII, es considerado uno de los mejores representantes de la comida local.
Xochimilco es un ritual que no se puede pasar por alto. El cine local convirtió este rincón de México, que en lengua náhualt significa “campo de flores”, en la cita perfecta para los enamorados. A bordo de una trajinera, vestida con colores y flores, los paseantes se internan en un laberinto acuático que sin duda les dejará más de una nostalgia en la memoria. Tampoco se puede partir de México sin una visita a Coyoacán, una colonia absorbida por la metrópoli, pero que guarda un aire pueblerino, donde vivió Frida Kahlo.
El “Distrito Fantástico” es apenas el más desmesurado y visible de los lugares turísticos mexicanos, punto de partida hacia otros destinos no menos alucinantes y exóticos.
A tan sólo 45 minutos está Teotihuacán: el centro urbano más densamente poblado de Mesoamérica (siglos III a VI) y uno de los mayores tesoros arqueológicos de la humanidad. Caminando por la Calzada de los Muertos tendrá la impresión de ser un extranjero perdido en el tiempo de los Mixtecas, con las Pirámides del Sol y la Luna como testigos.
Puebla puede ser otra opción interesante si quiere escapar del vértigo del D.F. A unas tres horas en autobús, encontrará una ciudad que guarda una memoria exacta de sus días coloniales. El centro histórico fue declarado como “Patrimonio de la Humanidad” por la Unesco. Cerca de allí está Cholula, uno de esos rincones mágicos de México. Dicen sus habitantes que existen 365 iglesias. Aunque la cifra resulta exagerada, luego de recorrer sus calles se termina por aceptar como cierto el cálculo. Cholula fue escuela de artesanos desde la llegada de los españoles.
Ixtapa-Zihuatanejo, a unas ocho horas del D.F., es otro posible destino. Esta zona hotelera, sobre la costa pacífica, por ser menos concurrida que Cancún o Puerto Vallarta, le hará olvidar el estrés de la ciudad. En el puerto, no olvide ordenar un Guachinango al mojo de ajo. Seguro querrá regresar a México sólo por repetir este placer.
No sé de quién sea la invención del nombre “Distrito Fantástico”. Se la escuché al escritor colombiano Hugo Chaparro Valderrama. Tal vez sea suya. Lo cierto es que acertaron al rebautizarla.