Publicidad
30 Aug 2020 - 2:00 a. m.

Autocines, evocación a la nostalgia

Resurgen de las cenizas como la más pertinente iniciativa para entretenernos y mantener a flote nuestra salud mental, en época en la que la incertidumbre reina y el distanciamiento social se convierte en regla.

Luis Fernando Mayolo / @Mayolito

Los autocines promueven el encuentro social y la difusión del arte y la cultura.
Los autocines promueven el encuentro social y la difusión del arte y la cultura.
Foto: JOSE VARGAS ESGUERRA

El cine siempre ha sido una experiencia social, en la que además de establecer una conexión con el arte, sus historias y la magia casi hipnótica de sus imágenes, nos encontramos como comunidad y exaltamos las bondades del ocio para construirnos como personas, como sociedad.

Por eso el resurgimiento de los autocines, producto de la pandemia, es una evocación a la nostalgia, pero también la esperanza de siempre tener la posibilidad de volver a empezar, de retomar lo que siempre nos ha hecho felices.

Es la oportunidad para que las nuevas generaciones vivan ese imaginario, que nos llegó a muchos de los hoy cuarentones y nuestros padres como uno de tantos tsunamis propios de la cultura norteamericana y el cine de Hollywood, que no los presentaron como una práctica social indispensable para una comunidad.

En películas como Volver al futuro III, Marty McFly se transporta en el tiempo utilizando uno como plataforma y en Twister, una gran tormenta destruye otro mientras se proyecta The shinning.

Hoy la idea de un autocine hasta suena disruptiva, ya que reta la creciente tendencia de ver las películas en casa a través de plataformas de streaming o la experiencia de los mismos múltiplex en los centros comerciales, que ya en el pasado contribuyeron a sepultarlos. (Lea: “El olvido que seremos” se estrenó en los autocines de Cine Colombia)

Los autocines resurgen de las cenizas como la más pertinente iniciativa para entretenernos y mantener a flote nuestra salud mental, en una época en la que la incertidumbre reina por todas partes y el distanciamiento social se convierte en una nueva regla.

Y no es un tema comercial propio de un publirreportaje, ni mucho menos una promesa cliché de reinvención propia de una sesión de coaching, sino la necesidad de que la cultura y el arte sigan siendo nuestros más importantes puntos de encuentro.

Así lo muestran películas como Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore, que narra la historia de Salvatore, un niño de un pueblo italiano que tiene como único pasatiempo ir al cine, y en donde suceden toda clase de pilatunas propias de la interacción social.

También lo proclaman los recuerdos de mi niñez y adolescencia en Cali, en donde tuvimos dos autocines en diferentes épocas. Uno de ellos ubicado en el tradicional barrio El Limonar, y el Piedragrande, situado a las afueras de la ciudad. El primero operó por 20 años y dio su última función el 12 de febrero de 1992. El segundo fue inaugurado unos días después y sobrevivió hasta mediados de la primera década del milenio.

Con el autocine de El Limonar sucedían cosas muy particulares, por el mismo hecho de que estaba en plena ciudad. Aunque era muy niño, recuerdo que mis padres nos escondían en la parte de atrás del carro para poder entrarnos a todos. Éramos demasiados para financiar en una familia de clase media.

Otros veían las películas desde la calle, aprovechando que los muros no eran tan altos, aunque ante la ausencia de sonido tenían que imaginarse lo que decían y llenar los vacíos con creatividad. Unos cuantos más llegaban en bus y compartían los asientos disponibles en el recinto, junto a aquellos que entraban en los incómodos asientos traseros de los vehículos.

Cuando inauguraron Piedragrande y cerró El Limonar, muchos fueron los perjudicados, porque los alrededores eran bastante rurales y solo accesible en carro o bus intermunicipal, el popular Transur o “tranchucha”. Lo bueno era que en aquella época era adolescente y, aunque no tenía carro, siempre había un amigo que lo prestaba, si los demás estábamos dispuestos a ponerle para la gasolina.

En la camioneta de Eduardo, por ratos, unos nos subíamos al techo, abríamos una botella de litro de una cerveza importada, que con anterioridad habíamos reenvasado con tres cervezas nacionales para impresionar a nuestras acompañantes, en épocas en donde la apertura económica era incipiente.

Los demás se quedaban en el asiento delantero o trasero del carro y se juraban amor eterno. Las películas se escuchaban por el radio del carro y, lo mejor, nadie corría el riesgo de ser desterrado por comentar la película en voz alta.

Pero tal vez lo más curioso de todo es que, cuando hoy recordamos esas vivencias, y así pude constatarlo con mis amigos, lo que menos tenemos presente son las películas. Lo que nunca se nos borra son los recuerdos de las amistades que construimos, los buenos momentos que pasamos y las aventuras que tuvimos gracias al cine y a su magia.

Con la apertura de los nuevos autocines en varias partes del país, con películas como El olvido que seremos (opción de Cine Colombia) y a espera de que se normalice el circuito cinematográfico en el mundo, todos esperamos que esos viejos colosos no se extingan, sino como está sucediendo en otras partes, se conviertan en una alternativa de encuentro social y difusión del arte y la cultura.

Síguenos en Google Noticias