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“Basta, todos hemos puesto los cachos”

De vuelta al mundo de la actuación, Víctor Mallarino interpreta a un empresario infiel.

Angélica Gallón Salazar

30 de septiembre de 2008 - 07:40 p. m.
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“Es el típico cínico, de  clase alta que cree que encontró su póliza de seguro de virilidad en el escultural cuerpo de una modelo a la que convirtió en su amante”. Así, con algo de ironía y sobre todo con mucha gracia en su tono, define Víctor Mallarino a su nuevo personaje, Arturo Castellanos, de la serie Muñoz vale por dos que el Canal Caracol estrena esta noche.

La serie, dirigida por Andrés Marroquín y escrita por César Betancur, cuenta la historia de Román Muñoz, un escolta interpretado en su primer rol protagónico por Mauricio Vélez, que tiene desde hace 18 años dos matrimonios que podían definirse como perfectos. Víctor Mallarino interpreta al jefe, un rico industrial hotelero que también ama a su esposa, pero que considera necesario echarse unas canitas al aire para mantener vivo el amor.

“La serie toca temas que aún sigue siendo tabúes en la sociedad colombiana”, confiesa Mallarino, quien encontró muy interesante los resultados arrojados por los estudios previos que se hicieron con el focus group del seriado. Para las mujeres de estratos superiores, la temática sigue generando mucho malestar, mientras que las señoras que se parecen a las esposas de Muñoz, se ríen más de la situación.

“¡Basta ya!, dejemos de tapar el sol con el dedo, todos alguna vez hemos puesto cachos, es algo de lo que las parejas deberían hablar más”, continúa Mallarino, quien sin justificar el comportamiento de su personaje admite que Castellanos  llegó a los brazos de su fogosa amante y está a punto de perder a su mujer simplemente por las circunstancias.

“Creo que esta es una época en la que existe una coquetería gratuita, una necesidad loca de todos sentirse deseados, y los amantes, tanto para hombres como para mujeres, se convierten en  territorios para corroborar ese deseo”, explica Mallarino sin dar avistamientos de estar haciendo confesiones personales.

El actor, que suele llegar al estudio de grabación en bicicleta, que a veces se pregunta por qué no escogió ser un pintor para trabajar en soledad en un estudio en Barichara, que saca los fines de semana para escalar con sus dos perros campeones Golden retrivers y que toca la guitarra tan bien que ha montado una banda de rock setentera “para animar las fiestas de los cuarentones”, cree que uno de los aciertos de Muñoz vale por dos es que se trabajan historias íntimas con una buena dosis de humor.

Desde la perspectiva que le da ser libretista, director y creativo, Mallarino cree que la televisión colombiana va por un camino afortunado porque, según él,  la búsqueda de las historias es acertada,  así como la exploración de otros géneros diferentes a  la novela y el reality. Sin embargo, hay algo que lo consterna y es que encuentra que cada vez se deposita menos confianza en cada uno de los cargos. “El director tiene que dirigir, el escritor escribir y el productor producir, de ese diálogo e interacción es de donde sale la calidad, a veces somos  muy controlados por las mentes empresariales”, asegura Mallarino refiriéndose a experiencias pasadas.

A lo largo de su carrera ha asumido diferente roles dramáticos, sin embargo, es el humor lo que verdaderamente disfruta, por eso Castellanos es un personaje del que ha aprendido mucho. “Echo de menos hacer más personajes populares, seguramente por mi apariencia física los productores están convencidos de que yo debo interpretar papeles que usen corbata  y siempre tener los millones en la cuenta, pero mi vida real ha sido mucho más de calle que de club, y mi goce actoral es muy fiel a eso”.

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Entre sus deudas, Mallarino planea escribir una obra de teatro para interpretarla él mismo y acercarse aún más al cine. Mientras tanto, disfruta de su nuevo rol de hombre rico, de la confidencia que encuentra en su guardaespaldas y se burla de  que “todos los hombres  de la serie tengan una colectiva torpeza a la hora de  la conquista”.

 

Por Angélica Gallón Salazar

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