El movimiento y la quietud pautan la vida de Cyril (Thomas Doret). También la ausencia del padre y su terquedad por encontrarlo. Lo vemos por primera vez llamándolo por teléfono. Está agachado y la cámara rebasa levemente su cabeza. La voz de un adulto le dice que cuelgue. Cuando el profesor entra al plano lo hace de una manera brusca, tratando de quitarle el auricular. Para Cyril representa la autoridad que no es cómplice, lo juzga y lo persigue. El mayor que produce desconfianza cuando las normas importan más que las excepciones y las excepciones son reprimidas por el contraste y la inspiración que causa el mal ejemplo. Una libertad difícil para Cyril y los niños que escuchamos mientras los créditos de la película avanzan sobre la pantalla. De hecho, la historia de Cyril quizás no sea extraña para esos niños ocultos que murmuran en la oscuridad y que en el cine aparecen como héroes desafortunados. ¿Recuerdan lo que sucedió cuando Jean Vigo estrenó Zéro de Conduite, a principios de los años 30? ¡Su autobiografía fílmica, basada en la tristeza de su infancia, fue retirada de los teatros debido a que su alegato en contra de la autoridad escandalizó a los grupos cívicos y conservadores de Francia, orgullosos de haberla censurado, tanto así que el público no la vería otra vez hasta 1945!
El niño de la bicicleta (Le gamin au vélo, Jean-Pierre y Luc Dardenne, 2011), sigue la línea temática y formal de sus directores, preocupados por la situación de los adolescentes en Bélgica —específicamente en Lieja—, traduciendo la angustia de sus personajes como una carrera contra el destino; haciendo del movimiento incesante una forma de protegerse, buscar y confundirse aún más, deteniendo el ritmo un instante para saber cuál será el siguiente paso en el vértigo del caos que no les admite pausas. Rosetta (1999), Le fils (2002), L’enfant (2005), Le silence de Lorna (2008), estrenadas por los hermanos Dardenne con precisión matemática cada tres años, narran historias protagonizadas por adolescentes que corren peligro si no están de un lado a otro, buscando dónde vivir o esconderse, cómo salvarse de aquellos que los persiguen, haciendo de la cámara al hombro un recurso que les permite a los Dardenne seguirlos sin atenuar el nerviosismo visual que exige la situación.
Cyril es una víctima de la torpeza y la mezquindad. Descubre entonces un mundo que lo engaña y en el que cada cual tiene que asumir su destino; buscar a quién o a qué aferrarse. Después de huir de su escuela y llegar al apartamento donde vivía su padre, los profesores lo encuentran y él corre de nuevo, escurriéndose al interior de un consultorio médico donde lo acorralan y la única manera que tiene de salvarse es abrazándose a Samantha (Cécile de France), diciéndole la mujer cuando caen los dos al suelo, como si se tratara de una predestinación: “Puedes agarrarte, pero no tan fuerte”.
La madre accidental que trata de comprender y cuidar a Cyril será la salvación del niño. Los Dardenne narran el desarrollo de su relación sin sobreactuar las emociones. Con un estilo seco y un realismo provenientes de los documentales que realizaron desde finales de los años 70 hasta principios de los 80. Ilustrando los hechos de la realidad a través de ficciones donde la crudeza de lo cotidiano se muestra a la manera de una crónica visual en la que todo es auténtico, sin disfraces, utilizando la cámara como un testigo que observa y registra el drama de los protagonistas, mostrándonos la desnudez de sus vidas al extremo de un colapso.
Un estilo coherente cuando se piensa en la música: el fragmento de Beethoven que subraya instantes casi religiosos de cariño, decepción o aprendizaje, es suficiente para enfatizar el temperamento que define la relación entre Cyril, Samantha y el mundo que amenaza; entre la bondad que salva de la mezquindad y tiene en los hermanos Dardenne a un par de narradores que ven al ser humano sin considerar que todo está perdido.