En una casona situada en la esquina del Puente de Latas (carrera sexta con Avenida Jiménez), de la mano del joven político Alfonso Villegas Restrepo, y con el objetivo de defender el ideario de la Unión Republicana, hace 100 años nació el periódico El Tiempo. “El diarismo tiene fines muy nobles y muy altos: no es para desahogos personales, ni menos para válvula de escape a palabrejas podridas”, quedó escrito como consigna ética en su primer editorial del 30 de enero de 1911, en un impreso de cuatro páginas que empezó a venderse a tres centavos, en una Bogotá que apenas llegaba a 120 mil habitantes.
Cinco meses atrás, con el propósito de superar los odios partidistas y preservar el espíritu republicano, había asumido como presidente el antioqueño Carlos E. Restrepo y empezaba a regir en Colombia la saludable reforma constitucional de 1910. El Tiempo surgió para apoyar esa idea y de inmediato contó con activos colaboradores del mundo intelectual y político. Entre ellos, desde Madrid (España), Eduardo Santos Montejo, quien a partir del segundo número empezó a publicar en el diario artículos y columnas de opinión, y a su regreso en julio de 1911 se convirtió en el baluarte del periódico.
A pesar de que Santos fue designado director del archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, su vocación de periodista lo vinculó estrechamente a los primeros momentos de El Tiempo, compartiendo funciones con Alfonso Villegas, Jorge de La Cruz y Tomás Rueda Vargas. Y fue tal su empeño periodístico que, en julio de 1913, cuando Villegas tomó la decisión de vender el diario para radicarse en Nueva York, renunció a su empleo y no dudó en comprarlo por $5.000, para lo cual vendió una casa que había recibido de herencia de su padre, Francisco Santos.
A sus 25 años, recibió el periódico en el número 667 y, después de trasladar sus talleres y oficinas a una casa vecina al Palacio de San Carlos, emprendió una incesante tarea para posicionarlo como tribuna de pensamiento liberal y próspero negocio. Aunque empezó con magníficos escritores, faltaba un determinante socio-periodístico. Y éste llegó en 1915 proveniente de Tunja, donde le daba vida al periódico La Linterna, un polémico impreso que le había costado cuatro excomuniones de la Iglesia. Su propio hermano Enrique Santos, quien revolucionó sus contenidos.
El periódico fortaleció sus secciones especializadas, la caricatura obtuvo un lugar de privilegio, pronto fue incluido su primer suplemento literario, que primero se llamó Lecturas Populares y luego Lecturas Dominicales, y las páginas editoriales se convirtieron en inaplazable reflexión ciudadana. Sobre todo la columna de opinión, “La danza de las horas”, que durante casi 40 años escribió Enrique Santos bajo el seudónimo de Calibán, que se convirtió en un controvertido espacio de libre pensamiento al que nunca le faltaron tantos defensores como enconados contradictores.
Junto a El Espectador, La Gaceta Republicana y El Liberal, entre otros impresos, el periódico El Tiempo formó parte de la época dorada de la prensa liberal, decisiva para dar al traste con la hegemonía conservadora en 1930. Y como quiera que Eduardo Santos fue uno de esos líderes y ocupó la Presidencia de Colombia entre 1938 y 1942, a su diario fueron llegando ilustres intelectuales que con el paso de los días tuvieron notoria figuración pública. Aunque Enrique Santos Montejo siempre fue el alma y nervio del diario, otros periodistas desplegaron talento en sus leídas páginas.
En 1937, por ejemplo, Germán Arciniegas empezó siendo jefe de Redacción y terminó como director encargado. Durante algunos meses de 1941 ejerció como codirector Carlos Lleras Restrepo, quien después también llegó a la Presidencia. La lista de periodistas notables, antes y durante la República Liberal, es larga. Alberto Lleras Camargo, Eduardo y Lucas Caballero, Juan Lozano, Gabriel Turbay, Agustín Nieto Caballero, entre otros, y desde marzo de 1939 hasta 1980, quien fuera su director y defensor de la libertad de prensa en tiempos aciagos, Roberto García-Peña.
Como a todo el país, a partir de los años 40, la violencia entre liberales y conservadores trajo días difíciles al periodismo colombiano. La prueba fue la bochornosa jornada del sábado 6 de septiembre de 1952, cuando una turba incendió las instalaciones de El Tiempo y El Espectador, la sede de la Dirección Liberal y las casas de Alfonso López y Carlos Lleras. “Sobre las instalaciones carbonizadas, engrandecido por el fuego, se alza el patrimonio moral y eso es lo que importa”, escribió dos días después el administrador de El Tiempo, Abdón Espinosa Valderrama.
Tanto él como otros de sus contemporáneos, ya formaban parte de un relevo generacional que consolidó el periódico hasta convertirlo en una de las primeras empresas de Colombia. Entre los nuevos impulsores llegaron Enrique y Hernando Santos Castillo, hijos de Calibán. Desde 1945 compartieron la Jefatura de Redacción, y en 1980 asumieron la Dirección y la Edición. Cuando la dictadura del general Rojas Pinilla cerró el periódico en agosto de 1955, junto a su padre se pusieron al frente de la resistencia periodística que se llamó Intermedio. Bajo su égida, El Tiempo multiplicó su propuesta informativa.
A sus 85 años, Calibán murió en 1971. A la misma edad, el expresidente Santos falleció tres años después. La nueva generación y sus hijos se echó a hombros el diario, a partir de 1978 estrenó sus modernas instalaciones en la Avenida El Dorado, y desde entonces El Tiempo representa una poderosa casa editorial que a través de los años ha sabido desdoblar su propuesta en semanarios regionales, impresos especializados, canal local de televisión, portal corporativo y otras opciones de negocios que han evolucionado al mismo ritmo de las innovaciones tecnológicas.
Hernando Santos murió en abril de 1999. Su hermano Enrique, dos años después. Para entonces la tercera generación de la familia ya había tomado las riendas. Y al lado de Enrique, Rafael, Luis Fernando o Francisco Santos Calderón, se desarrolló profesionalmente una nueva de periodistas. Un ciclo que en agosto de 2007 asumió un reto mayor: la presencia de un socio estratégico y accionista mayoritario que le permitió al grupo empresarial español Planeta hacerse al 55% del periódico. Con la perspectiva de nuevos negocios, El Tiempo ha llegado a sus 100 años.