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En los primeros minutos de ‘We need to talk about Kevin’ se proyectan imágenes que duran poco, relámpagos de escenas a favor de la confusión, Tilda Swinton con el pelo largo, corto, de colores, Tilda Swinton en una agencia de viajes, en el hospital, en un carro manejando lo más rápido que puede, Tilda Swinton en silencio, mirándolo fijamente sin parpadear, corriendo desesperada, Tilda Swinton recibiendo un puño de una señora apenas sale del supermercado, embarazada, sumergiendo la cabeza en agua.
La película, de la escocesa Lynne Ramsay, pone a la ganadora del Oscar Tilda Swinton en un papel absolutamente desgastante y frágil, mientras su personaje se desenvuelve en una historia que plantea la relación amor-odio entre un hijo y su madre, con escenas fuertes, con una música que no marca diferencia, casi sin diálogos, que reta al reparto, a que las miradas hablen, a que la impotencia permee el entorno y haya una estela de temor en la que uno no sabe quién asesinará a quién a pesar de intuirlo, ni quién será capaz de lanzar la flecha, de enterrarla hasta lo más profundo y en vez de arrepentirse, alcanzar la gloria.
Basada en una novela, la cinta llega a obviar varios detalles del argumento y aunque quedan interrogantes sin resolver, permite contemplar el relato de manera lineal, produce un revoltijo de sensaciones que devienen en la mente de un niño que crece y se forma como psicópata, un Kevin hastiado, retraído, cruel, hipócrita, absorto en la idea de atacar a su mamá, de causarle sufrimiento y arrastrarla a la humillación pública, a la locura, a la dependencia, a la soledad. Como dijo el crítico del New York Times, A. O. Scott, “Ramsay, con implacable ingenuidad, crea un ambiente de terror profundo y una aguda sensación de anticipación, en la que nos permite pensar qué viene para luego impactarnos con todo el grado de nuestra ignorancia.”. La Academia, sin embargo, guardó silencio.