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Fundación Nuevo Periodismo: veinteañera escuela de Gabo

Con distintos eventos, que se inician en El Universal de Cartagena y se extenderán por todo el país, se celebran dos décadas de creación de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano.

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Nelson Fredy Padilla, editor de El Espectador
18 de marzo de 2015 - 04:02 p. m.
Uno de los grandes testimonios de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y de la herencia periodística de Gabriel García Márquez es este libro conmemorativo editado por la FNPI.
Uno de los grandes testimonios de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y de la herencia periodística de Gabriel García Márquez es este libro conmemorativo editado por la FNPI.
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En 20 años la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano se convirtió en la sala de redacción más influyente de Iberoamérica como lo soñó tantas veces Gabriel García Márquez antes de hacerlo realidad a mediados de los años 90. Lo hizo a través de una escuela que ofrece talleres pequeños y no otorga títulos rimbombantes, sino la posibilidad de aprender a ser mejores periodistas con la complicidad de los mejores maestros. Hasta hoy, no menos de 10 mil alumnos salimos de allí convencidos de que la realidad es más interesante que la ficción. Como el propio Gabo lo advirtió desde el primer día: “no hay una sola letra de mis obras que no tenga conexión con un hecho verídico”.

A quienes tuvimos el privilegio de conocerlo como jefe y maestro en la revista ‘Cambio’ nos exigía ser tan rigurosos en las buenas lecturas como en la buena reportería y esa cátedra, a la que invitaba a personajes de la talla de Alastair Reid con su maletín de secretos traído desde ‘The New Yorker’, la trasladó a la acogedora casa de la FNPI en Cartagena para enseñarnos desde la experiencia a ser equilibristas capaces de transitar el fino borde entre literatura y periodismo, cayendo y volviendo a trepar a la cuerda.

Así conocimos a sus grandes amigos y otros grandes maestros como Tomás Eloy Martínez y Susana Rotker, para entender la importancia del ser humano como eje narrativo de una historia que sólo a través de los personajes de carne y hueso se hace universal, para aprender a valorar el nombre propio como el único y el más preciado patrimonio de esta profesión.

A Tim Golden y la rigurosidad casi absoluta de ‘The New York Times’, incluido su famoso párrafo de la nuez, en busca de acercarse lo más posible al imposible de la verdad absoluta con la objetividad subjetiva, es decir el trabajo de campo juicioso procesado por una mirada y un criterio siempre personal, siempre profesional.
A Jon Lee Anderson y la metodología para “desencamar guerras y no encamarse con los guerreros”, para reconstruir la vida de los protagonistas del mundo actual a través de los perfiles.

A Alma Guillermoprieto y su obsesión por entender los conflictos de América Latina, su persistencia en que las imágenes y los sonidos, además de los datos y los testimonios, sean parte trascendental de la narración periodística. Como enseñaba Gabo: “Saber echar el cuento como si se tratara de una película”.
A Rafael Argullol y su defensa de los llamados periodistas literarios para dosificar el afán informativo de un mundo que se nos viene encima cada día como una bola de nieve y requiere de curadores con alma para las noticias que vale la pena leer en medio de tanta basura.

A Javier Darío Restrepo para consultar cualquier tipo de conflicto ético, para admitir que esta profesión, así suene utópico, no es para exhibirse, ni para hacerse millonario. No. Debe ser una demostración permanente de servicio a la sociedad, teniendo como primera obligación la confrontación a los poderosos que la manejan. Gabo insistía: “La ética no es una condición ocasional, sino que debe acompañar siempre al periodismo como el zumbido al moscardón”.

Una muestra de muchos que han ensaño tanto, un inventario personal para decir que en la FNPI el periodismo siempre se renueva en tertulia con los mejores periodistas y escritores. Por eso la semilla que plantó Gabriel García Márquez en 1995 hoy es un frondoso castaño que regula los sopores de las salas de redacción de la mayoría de medios de comunicación hispanoamericanos. Gracias a él por ese legado, gracias a Mercedes Barcha por renovarlo cada día y gracias a Jaime Abello y a su equipo por hacer que la fundación siga siendo el lugar donde más se goza el “mejor oficio del mundo”.

Por Nelson Fredy Padilla, editor de El Espectador

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