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La Flor del Desierto se estrena en Colombia

La directora Sherry Hormann habla sobre la película que trata sobre la mutilación genital.

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Liliana López Sorzano
15 de octubre de 2010 - 03:11 p. m.
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Esta película que ganó el Premio del Público a Mejor Película Europea en el Festival de San Sebastián 2009 está basada en el libro que escribió Waris Dirie (Desert Flower). Este es el relato de su su propia historia, de esas increíbles y únicas que se parecen más a los milagros que a la realidad.

Una niña de trece años, hija de una familia de nómadas en Somalia, huye de su familia para escapar a un matrimonio por conveniencia. Atraviesa el desierto y sobrevive a esta dura experiencia. Llega a la ciudad de Mogadiscio donde encuentra a su abuela quien la embarca en un vuelo a Londres para trabajar como criada en la embajada somalí. Después trabajará limpiando pisos en un lugar de comidas rápidas donde un famoso fotógrafo la descubre y se convierte en una súper modelo. El cuento de cenicienta hasta aquí tiene un final feliz. Sin embargo, detrás del glamur de las pasarelas y de las sesiones fotográficas, se esconde una honda cicatriz de los rituales arcaicos de su natal Somalia marcada en su cuerpo. A los tres años, le cortaron parte de su clítoris y su vagina fue cosida. Esta práctica africana denominada como mutilación genital será el tema de combate de Waris Dirie. Desde su posición de personaje público levantará la voz para denunciar esta tradición. El Espectador habló con su directora Sherry Hormann.

¿Dónde se filmó la película y cuál fue su conclusión después de la experiencia en el continente negro?

Fui a Kenia primero porque pensábamos conseguir todo allá pero luego nos dimos cuenta de que la cultura de la gente de ahí no se comparaba con la de Somalia y quería encontrar una realidad más tangible. Como hay una guerra civil en este país nos era imposible viajar, así que nos fuimos a Yibutí, justo en la frontera norte de Somalia. Tuvimos que llevar todo, hasta cada bombillo de iluminación. Las personas que se ven en la película, todos los nómadas no habían ni siquiera visto una cámara en sus vidas y tampoco hombres de tez blanca. Hablé con muchos grupos de gente, hablé con organizaciones no gubernamentales pero me di cuenta que no quería testimonios politizados sino de la gente real. Fui a pueblos muy remotos donde las mujeres habían sido mutiladas y me encontré con personas muy religiosas islámicas que me hablaban a través del burka, y me alentaron a seguir con la película y a traer a la luz el hecho de que todavía diariamente a 6000 niñas les practican la ablación. Me dijeron que esta práctica no tenía nada que ver con el Corán.

¿Cómo fueron sus encuentros con Waris Dirie?

Es una persona de una fortaleza envidiable. Me dio mucha confianza porque llegamos al acuerdo de que se trataría el tema de la mutilación pero al mismo tiempo me hizo prometerle que la película tendría entretenimiento porque para ella el humor, era una poderosa arma para sobrevivir. Sin humor, ella no estaría donde está. Yo le leí el guión en voz alta en el transcurso de dos días y nos visitó dos veces en la filmación para conocer a los que interpretarían a su madre, hermano, padre. Ella tuvo la sensación de volver a casa. Ella no intervino para fiscalizar, confiaba en lo que haríamos.

Adaptar un libro no es una tarea fácil. ¿Dónde quiso ser fiel o qué quiso omitir?

Quería llevar la esencia de Waris Dirie más que ser fiel a todos los detalles de su historia. También habría que tener en cuenta que no se trata de un documental y que la película la queríamos para que llegara a todos los rincones del mundo como una historia universal.

¿El entretenimiento excluye el género de cine arte?

No sé lo que el cine arte realmente es porque todas las historias contadas a través de las imágenes son arte para mí. Por eso no hago estas distinciones.

¿Qué esperaba de la película y qué ha generado hasta el momento?

Con este tema sentía que tenía una responsabilidad. Quería que el mensaje le llegara a una amplia audiencia. Quería seducirlos por medio del glamur pero hablar de la cicatriz que estaba detrás de la belleza. Las niñas adolescentes en Europa, por ejemplo, escribieron en sus blogs y por internet que estaban tocadas por la película y que desconocían lo que pasaba en África. Tuvimos una muestra en Yibutí, en el desierto, esperábamos 800 y al final 4000 personas estaban ahí. No hay una tradición de ver una película, fue traducida simultáneamente en árabe. Nadie se paró para dejar de verla, al final un padre se paró y dijo No quiero que mis hijas sean mutiladas, a veces no sabemos qué pasa en nuestras familias porque no hablamos. Este fue un momento donde creí que todo había valido la pena.

Por Liliana López Sorzano

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