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Con el paso del tiempo todo era bonito y sabroso, ella se comportaba como una rosa en primavera, siempre con sus pétalos abiertos para dar amor. Sentía que ella estaba enamorada mientras yo cual gavilán al acecho solo le daba amor del bueno. Sí, esto ya no era una simple aventura, día a día se convertía en nuestro sueño.
Ana Milé y yo, disfrutábamos mucho, la complacía en todo, vivíamos nuestro idilio de amor en mi Cali ají al máximo. Bailamos la salsa como nunca, el grupo Niche nuestro cómplice. Terminábamos del puente pá allá y en ocasiones en mi Buenaventura y caney comiendo sancocho, con el coco más rico del Pacífico. Todo era mágico, estaba tocando el cielo con las manos. Ese cielo de tambores que con sus notas me transportaba a otro mundo. Pero ese cielo maravilloso incrementaba su costo. Sin darme cuenta un beso, una serenata y mi canoa ranchá no eran suficientes para sostenerlo.
Recuerdo las palabras de mi amigo el paisa Ruperto Mena: “estas metido en un caso social, de esos a los que yo le huyo.”
- Jajaja, me reía, y él me reponía: “no seas tan pendejo. Ve, las mujeres están de moda, disfruta la vida y no te la compliques con una de ellas, mira que hay muchas”.
Pero como digo yo: pá mi negra un son y los demás que aguanten. Lo mío era mi historia de Romeo y Julieta, y no quería que nadie me sacara de ella.
Hasta que llegó ese día. El cual era imposible esquivar. Decirles que no estaba sudando la gota fría sería una mentira, mientras Ana Milé se sentía a prueba de fuego porque tenía que conocer a Doña Pastora o Mamá Chila, como le decimos en la casa a mi vieja querida. Para mí no era nada fácil presentarle mi querer a mamá. No está de más contarles que ella es sabia, vallecaucana de mil batallas, de ojo clínico. Ella con una mirada descubre lo bonito y lo feo, una cualidad adquirida debido a tantas experiencias vividas, por algo era amiga de Nicolasa Santos, la Mata Siguaraya de mi pueblo natal.
Pero estábamos ahí y no había marcha atrás. Después de una buena lulada fría y haber cruzado de una manera muy educada palabras con Ana Milé, mamá Chila me llamó aparte y me dijo: “Suruco, los hombres de Cali han cogido la cosa de meterse con la primer luna de mayo que se les aparece, para después estar por ahí entre bar y copas pregonando su lamento guajiro. Gotas de lluvia se aproximaban. Sonaban los cañonazos. Mientras tanto Doña Pastora continuaba diciendo “Acordate de lo que le paso a tu amigo el atrateño. Toma el consejo de madre que te doy, esa mujer no te conviene, y como me huele a matrimonio, más duro me da si no te digo que a tu noviecita en México, México le dicen Rosa Meneo. Es una atrevida, una droga que te dejara salao. Si sigues con ella caerás en un pecado capital, ¿o es que no te has dado cuenta que esa mujer sin sentimiento solo aplica el dicho de interés cuanto vales”? Mi mamá estaba furiosa como la culebra. “Y aún hay más, ella, con el villano del novio barranquillero, grita a golpe de folklor: ¡a ti Barranquilla! en los carnavales, mientras despilfarran el dinero que roban de sus mal llamados clientes. Busca por dentro, en esta vida hay solo un cariño que no lo encuentras entre tantas mujeres bonitas, y ese es el de tu madre. O sea que escúchame y hazme caso”, gritaba Mamá Chila.
Ana Milé después de escuchar los gritos de Doña Pastora dijo: “Sí, tu madre tiene razón, no soy Ana Milé, soy María Concepción, soy una miserable, estuve en la cárcel de California y solo busco dinero, mi pasado fue muy duro junto a mi padre, que solo me dejó cicatrices. Por eso soy así. Solo le rezo a María para que me perdones”.
Ante semejante noticia me quedé sin palabras… únicamente atiné a decirle: solo tú sabes cuánto te quiero, ahora buscaré la forma de olvidarte, mientras ella, con una lágrima en su rostro, partió.
*Uno de los textos ganadores de una convocatoria de El espectador.com, en la que se entregó la colección ‘Gracias Maestro, de Jairo Varela.