Louis Pergaud murió en combate durante la Primera Guerra. El libro, si acaso, habla de la inmanencia de un conflicto que se acerca. Cuando uno ve la versión reciente da la sensación de que la decisión del cambio de contexto o de referencia original es una estrategia comercial, porque cualquier producción sobre el nazismo vende más que cualquiera sobre la guerra de trincheras. O tal vez quería situar la historia en una guerra más presente en la memoria de todos. O quizá lo que quería era darle a la historia toda una dimensión trágica que la primera versión no tiene... o que sí tiene, pero de manera menos obvia, menos empalagosa.
La versión del 62 se adentra de hecho en la fantasía de los niños, en su guerra de botones, y la sutileza con la que la otra guerra figura —la lejanía entre la una y la otra— transmite mucho mejor la idea de que la pequeña guerra es metáfora de una guerra horrible, más grande y más cruel.
Tal vez una película como la del 62 (una que hablara del acontecimiento sin nombrarlo, una que se desviara cómicamente del dolor) era justamente la que debía surgir en un momento como ese, cuando las secuelas de la Segunda Guerra eran demasiado evidentes y demasiado cercanas. La versión actual, en cambio, no tiene sentido: está completamente contaminada por el cine hollywoodense, con sus malos muy malos y buenos muy buenos, en la que el romance no puede faltar y en la que la figura del niño sirve para manipular los sentimientos del espectador. La nueva Guerra de los botones es fácil, plana, poco interesante, poco divertida. La Segunda Guerra no se ve representada ni metaforizada, se ve más bien ridiculizada y banalizada. La victoria de la adaptación del 62 radica en el hecho de que no quiere ser más de lo que es: una comedia que evoca sutilmente las atrocidades de la guerra. La obviedad de las relaciones con el contexto real de la otra versión, y algunas de las actuaciones, matan la reflexión, y matan la analogía.
Todo esto no significa que la del 62 sea una excelente película. No lo es —ninguna de las dos lo es—, pero al menos no intenta pasar por buen cine sólo por hacer referencia a un fenómeno histórico (digno de ser repensado y recordado) del que han hablado excelentes películas.
saramalagonllano@gmail.com