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Las siete vidas de Neftalí

Empleado de El Espectador por 35 años, Neftalí García es un hombre que ha pasado su vida burlando a la muerte.

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Daniella Sánchez Russo
21 de marzo de 2011 - 02:30 a. m.
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No en vano fue el único empleado del diario que sobrevivió un trágico accidente aéreo en el 78. “Ocho personas, cinco de ellas empleadas de este diario, perecieron en un accidente aéreo que se registró en la madrugada de ayer en proximidades del parque La Florida, en las afueras de la capital. El siniestro se produjo a las 4:20 de la madrugada en momentos en que el carguero de matrícula HK-1705 de la empresa ‘Líneas Aéreas del Caribe’ acababa de realizar su decolaje del Aeropuerto Internacional El Dorado, rumbo a Barranquilla. No obstante la violencia del impacto, la ensordecerá explosión y el consiguiente incendio, cuatro personas lograron sobrevivir a la tragedia. Esto ha sido considerado como una salvación milagrosa”.

El Espectador, 30 de abril de 1978

Uno de los sobrevivientes, el único de los empleados de El Espectador que quedó vivo después de que el avión que transportaba a los integrantes del equipo de fútbol “Los Piratas” –quienes debían encontrarse en la ciudad de Cartagena para jugarse un amistoso–, se estrellara, fue Neftalí García. Hoy, un hombre de 70 años, típico en su especie por la cara y las manos arrugadas, pero con una sonrisa intacta que en silencio burla la muerte. No en vano desde 1962 y hasta su retiro en  1997, lo conocieron como “Lázaro Siete Vidas”, un personaje que, un día antes del aniversario de los 124 años del periódico, vale la pena recordar.

Y es que no por la maldad que le es atribuida, sino por ese halo de misterio que recorrió cada momento en que la vida o que un ciudadano de ésta intentó asesinarlo, Neftalí García podría ser comparado con Grigori Rasputín, el místico, curandero y consejero real de la Dinastía Romanov  que sobrevivió a varias puñaladas de una prostituta, al envenenamiento de tres nobles rusos que pusieron en su comida cianuro suficiente para asesinar a cinco personas y hasta a cuatro balas de un revólver perteneciente al príncipe Felix Yusupov –quien nunca fue castigado por el asesinato–.

Pues bien, García, sin estos arrebatos de intriga, ha sobrevivido, además de la catástrofe aérea en 1978, a un accidente en su moto el primer año que estuvo de mensajero en El Espectador, 15 accidentes automovilísticos en el que los vehículos que él manejaba fueron considerados como pérdidas totales, y además, alega que él se salvó de las tres bombas que pusieron en el Hotel Hilton en Bogotá en 1993. Si se le pregunta con qué clase de suerte contó para salvarse de cada meollo, dijo que  siempre repetía: “Virgen del Carmen, Señor de Monserrate, sálvame de ésta”.

En los 35 años que estuvo en el periódico pasó de ser mensajero a fotomecánico, de ahí, a trabajar en fotocomposición y de fotocomposición a la rotativa, todo para terminar de conductor, “Porque no me gustaba quedarme quieto en la oficina”, recuerda, mientras que su esposa, Edith de García, afirma que cada vez que manejaba cualquier clase de vehículo le daban ganas de “torcerle el cuello”.

Su primer accidente fue en la carrera 13 con 57, cuando se le cayó un paquete de la moto y le pareció pertinente devolverse en contravía a recogerlo. Entonces se estrelló contra un carro, quedó inconsciente y cuando alcanzó a reaccionar estaba encerrado en una cárcel de Bogotá. Aduciendo ser de El Espectador pidió que lo llevaran a un calabozo particular, “pero escuché el relajo de los detenidos en la celda del lado, celé sus risas  y pedí que me encerraran con ellos”. Poco tiempo después fue puesto en libertad, no sin que la familia Cano, por la que siente un gran cariño, le informaran que su trabajo como mensajero había terminado, que iba a pasar a fotomecánica.

Que lo relevaran de su cargo no fue suficiente para dejar de tentar a la muerte. En el 78 y en contra de la voluntad de su jefe, decidió volarse esa madrugada del 29 de abril en el avión de El Espectador para llegar a un partido de fútbol a Cartagena. Iba sentado en la parte de atrás del avión cuando éste empezó a tambalear y, una vez en el piso,  fue sacando su cuerpo de los escombros hacia un pasto húmedo que le mojaba la cara y que le daba plena conciencia de que estaba vivo. Una vez en el hospital San Pedro Claver, después de ser reconocido por sus familiares, su jefe inmediato lo despidió por haber faltado a su orden. Los Cano, por su parte, lo movieron de sección.

Una vez reintegrado al diario, García manifestó su deseo de no querer permanecer en las oficinas recordando el accidente.  Dijo que no miraba la hora de comprarse un carro, de que le asignaran una ruta, de ponerse a repartir periódicos por el país. Para bien o para mal, así fue. Le asignaron, en 1980, la ruta Espinal que terminaba en Ibagué, los primeros dos años las cosas tomaron un curso alentador.

 Sin embargo, sólo fue que se enterara de que el equipo de fútbol iba a jugar en Honda para que decidiera ir más rápido de costumbre, entregar los periódicos y hundir el acelerador del carro para llegar al partido. Ahí sucedió de nuevo: una curva mal tomada, unas llantas templadas, un abismo, su carro destrozado y él, el viejo que se ríe mientras cuenta estas historias, las que sus catorce nietos deben disfrutar con extrema jovialidad, intacto.

Tildado, igual que Rasputín en su momento, de loco, y en contra de todo pronóstico, consiguió otro carro y siguió con su ruta. En Melgar, sitio por donde pasaba para terminar en Ibagué, se dio cuenta de que “la fiesta era buena” y entre chiste y chanza, mientras repartía los diarios, se quedaba a bailar un rato. El resultado siempre era el mismo: un conductor cansado, muy cansado. Al ver esto los Cano, de nuevo preocupados por la salud de García, encargaron a un nuevo conductor para que lo cubriera dos veces por semana, noches en las que, en vez de descansar, le pedía a su compañero que lo dejara tirado en Melgar, que lo recogiera al devolverse.

Pero la vida le cobró la cuenta y en el año de 1983 sufrió un accidente que esta vez, le costó su trabajo. Sucedió que, pasando por Melgar se quedó dormido y se estrelló en contra de una tractomula, se salió del carro y cayó debajo de ésta. Por la gravedad de su estado no lo recibieron en tres hospitales, terminó en la clínica El Bosque, tan vendado que dice que parecía una momia. En ese momento y con la frase “lo estimamos mucho pero lo queremos con vida”, Alfonso Cano tomó la decisión de retirarlo del periódico.

Fueron dos años duros para Neftalí García, quien cuenta que lo perdió todo, su apartamento, su carro, que se endeudó hasta el cuello, tanto así, que en una visita a El Espectador en 1985, Cano le dijo “Usted está pasándola mal, vuelva al periódico. Esperamos que haya aprendido”. Ese mismo año le ofrecieron un puesto en la imprenta de La Armada, le comentó a su jefe y pidió que lo colocaran en un trabajo nocturno para tener dos empleos y poder recuperar lo perdido. Empezó  de conductor en las noches para poder dormir en el carro mientras  los periodistas no tuvieran que salir.

Esas noches, según recuerda, pasaban lentas y solas, durmiendo los segundos que podía y cuando no, cuando tenía que conducir, durmiendo también mientras transportaba a  fotógrafos y periodistas que permanentemente se quejaban de su estado. Quizá fueron estos factores, sumados al cansancio extremo, los que hicieron que García empezara, una noche de 1987, a alucinar con dos personajes que creía se habían montado en su vehículo. Alguna vez uno de ellos le pidió que parara el carro y lo dejara en la esquina. Cuando no escuchó la puerta cerrarse se percató de que estaba solo; personajes imaginarios quizás, pequeños aliados de la soledad.

El resto es historia patria, Neftalí García, cuyo nombre hebreo significa “el que lucha sale victorioso”, volvió a la sección fotomecánica, envejeció, se jubiló y hoy maneja el bus de un jardín infantil en Chía, con la conciencia que  debe proteger la vida de los niños sobre la suya. Vuelve a sonreirle a la muerte con sigilo, sabiendo que sí, que algún día, ella le ganará la partida.

dmsanchez@elespectador.com

Por Daniella Sánchez Russo

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