Ya está en las salas de cine nacional

La espía entre nosotros: una insólita historia real

Partiendo de uno de los episodios más célebres del espionaje soviético, “La espía roja”, la nueva película de Judi Dench, retrata una vida que revela las fuerzas, tensiones y realidades que se viven en el mundo actual.

Sophie Cookson interpreta al personaje en sus años de juventud. / Fotos: Cortesía
Judi Dench en su rol de Joan Stanley en la película “La espía roja”. Cortesía

En 1999, un callado barrio poblado más que todo por británicos ochentones retirados y dedicados a sus jardines descubre, cuando llega una horda de policías y agentes del gobierno, que una de sus habitantes está acusada de ser la espía más importante que reclutó la URSS. En la vida real, el episodio fue el capítulo final de una increíble historia hasta entonces secreta. En salas de cine, es solo el principio.

La espía roja, que llega a teatros colombianos este 23 de mayo, parte de la historia real de “la abuelita espía”, como se vino a conocer a Melita Norwood, ya que fue arrestada a sus 87 años, para narrar un mundo tan distante como crucial para crear el que existe hoy. La película habla de una vida pequeña para abordar temas enormes: la naturaleza de la traición, de la valentía, de la ética de la guerra y la tecnología nuclear y, en últimas, del precio que puede tener la paz.

Pero quienes están al tanto de la historia de Norwood todavía no conocen la historia de Joan Stanley, el nombre del papel que asumen Judi Dench (una institución actoral que cuenta con un Óscar, un Tony, diez Bafta, siete Olivier, dos Globos de Oro y más) a la hora de su arresto y Sophie Cookson (una joven promesa que muchos colombianos conocen por su papel en la franquicia Kingsman) en el momento de sus supuestos crímenes. Dirigidas por Trevor Nunn, reconocido por su trabajo teatral, que lo convirtió en el director artístico más joven de la historia de la Royal Shakespeare Company, La espía roja crea un personaje divergente cuyas motivaciones son a la vez más comprensibles para la audiencia como desgarradoras. Según Nunn, se esforzaron por retratar un mundo que desapareció bajo el yugo de la Guerra Fría, que se ocupó de borrar también su memoria.

La historia de Joan Stanley empieza antes de la Segunda Guerra Mundial, de la Cortina de Hierro, de las atrocidades de Stalin y del fracaso del comunismo. Cuando asiste a la universidad, en el college para mujeres de la Universidad de Cambridge, los grupos estudiantiles de comunismo son muchos y optimistas. Ella está encantada por su libertad, por sus estudios y por un joven del grupo. Pero no es por el amor ni por el fervor político que toma la decisión de espiar. Es la realidad de un mundo sumido en la guerra. Joan Stanley acaba en el equipo corriendo a contrarreloj de los científicos de Hitler para crear un arma con un poder nunca antes visto. Por lo menos hasta que las ciudades de Hiroshima y Nagasaki se convirtieron en testigos de su capacidad destructiva; y los científicos, de su propia responsabilidad. Desde Canadá hasta Inglaterra, sin hablar de Estados Unidos, quienes trabajaron en el proyecto nuclear en la vida real expresaron sensaciones de pena y culpa ante su papel en su creación. Robert Oppenheimer, una de las cabezas más famosas del proyecto, al verlo funcionar, dijo que solo podía pensar en una frase de un libro sagrado del hinduismo: “Ahora me he convertido en la muerte, el destructor de mundos”. Para ella, la decisión es clara y dolorosa. Compartir el secreto de la construcción de la bomba la convertirá en una traidora a su patria, pero a la vez creará un balance que no permitirá que se vuelva a usar. ¿Qué precio es demasiado alto para pagar si es por la paz?

Nunn expresa que por eso “retratamos una gran parte de la guerra. Siento que así la gente acaba por entender mejor lo que se vivió en ese período de la historia. Queremos que entiendan que estos son dilemas morales muy reales”. En especial porque, como enfatiza la película, Rusia era uno de los aliados en contra de Hitler. El total estimado de muertes soviéticas, militares y civiles, en la Segunda Guerra Mundial es 25’000.000. Es la cifra más alta de todos los países involucrados en el conflicto; para el Reino Unido fue 450.900; para Estados Unidos, 418.500.

“No creo que fui antipatriótica, porque no estábamos en guerra con la Unión Soviética. ¿Estaba decepcionando al país? Definitivamente no lo pienso de esa manera”, dijo Norwood luego de ser arrestada; un sentimiento que tiene eco en la película. Lo que no aparece es la influencia que tuvo sobre Norwood su familia, una madre espía, un padre comunista, un esposo que no aprobaba ni desaprobaba sus esfuerzos y un niño que necesitaba su atención. Luego de la Segunda Guerra, cuando Norwood estaba en su punto más ocupado como agente, su maternidad era más importante. “La verdad nunca tuve una vida doble. Recoger al niño, tener ayuda en casa y hacer el mercado ocupaba más de mi tiempo que el espionaje” comentó. Pero en últimas, tanto ella como Joan Stanley fueron las únicas que tomaron la decisión de espiar o no espiar.

Lo podían hacer por una simple razón: nadie iba a sospechar de ellas. “Es un tema transversal en la película que las mujeres de esa época estaban en un segundo plano, no les daban importancia, eran como unas sombras que podían estar involucradas en espionaje o quien sabe qué” dice David Parfitt, productor de La espía roja. “Muchísimas mujeres estaban involucradas en este trabajo tan importante de la bomba nuclear”, dice Nunn, añadiendo que en la ambientación quería mostrar su estatus de ciudadanas de segunda clase. Joan Stanley, por ejemplo, se gradúa de la carrera de Física, pero le dan un certificado en vez de un título. Esto a pesar de que las estudiantes mujeres tomaban los mismos exámenes que los hombres, quienes sí obtenían un título. La situación, real e histórica, permaneció así hasta 1951.

Desde la entrañable anciana que encarna Dench en el siglo XXI y la audaz joven científica despreciada por sus colegas que interpreta Cookson, el caso de Joan Stanley es el de Melita Norwood, pero también el de miles de mujeres que, silenciosas, forjaron la historia. A la vez, es un retrato de una época que escasamente se puede concebir, a pesar de que a partir de sus luchas y tensiones se forjó el mundo actual. También hace preguntas sobre el costo de la paz, la tecnología de la guerra y la ética de los conflictos, que siguen sin respuestas.

Pero quizá la mejor manera de expresar la importancia de este retrato, hilado entre hechos reales y verdades en esencia, de una mujer con una vida callada pero crucial, es con un solo dato innegable. Hasta el momento, ocho países han confirmado que tienen bombas nucleares, pero solo uno de ellos las ha usado en un contexto bélico: Estados Unidos, en 1945.