New Hope es un pequeño pueblo de casas victorianas enclavado en medio de los tupidos bosques de Pensilvania. Es un lugar que huele a madera húmeda y sus calles parecen irremediablemente ancladas en el pasado. Parece imposible que este pueblo perdido en el tiempo se encuentre a tan solo dos horas de camino de Nueva York, la gran metrópoli que representa la antítesis de este lugar.
Es primavera y el bosque apenas se recupera de uno de los inviernos más crudos de las últimas décadas. En las pequeñas montañas que bordean el río Delaware se despliega un exuberante bosque que alberga uno de los íconos más representativos del diseño, la arquitectura y la naturaleza en el mundo. Es el hogar del legendario artista, artesano, arquitecto, diseñador y genio estadounidense-japonés George Nakashima (1905-1990).
La obra de George Nakashima es un viaje hacia las antiguas tradiciones artesanales de la madera, y un ejemplo de cómo la mano del hombre puede llegar a delinear una nueva forma natural. Su creatividad proviene de las fuerzas místicas de la tierra y su trabajo plantea una particular manera de interactuar con el medio ambiente. “Mi padre dio una larga y solitaria batalla en contra del materialismo. Solía autodefinirse como un hindú, un católico y un hippie, pero sobre todo como un intermediario entre el cielo y la tierra, uniéndose a la naturaleza en lugar de destruirla o tratar de dominarla”, dice Mira Nakashima, hija, heredera y cabeza de George Nakashima Woodworker.
Mira es una mujer menuda y de cabello resplandeciente que se mueve con la delicadeza y la sofisticación características de las mujeres japonesas. Graduada de la escuela de Arquitectura de Harvard, es hoy una de las diseñadoras más respetadas y cotizadas del mundo. Bajo su responsabilidad recayó la difícil tarea de continuar el legado de su padre después de su muerte, y de proyectar la firma hasta lo que es hoy: uno de los símbolos más codiciados dentro del cerrado mundo del arte decorativo. Por eso cada fin de semana acuden a este lugar reconocidos compradores y coleccionistas, quienes llegan para encargar piezas que con suerte les serán entregadas en no menos de dos años.
La entrevista con Mira Nakashima se sucede mientras recorremos los diferentes edificios y jardines de la propiedad. Mira reconoce que volver a recorrer la casa y los jardines en esta tibia mañana es un ejercicio similar al que hizo en su libro Nature, Form & Spirit, The life and legacy of George Nakashima (2003). “Al volver a ver los dibujos y diseños de mi padre, muchos de los cuales había olvidado, desarrollé una nueva y profunda admiración hacia él. Ahora lo veo como un artista completo, no sólo como un diseñador, artesano o arquitecto, como generalmente se le identificaba. Comprendí que su actitud fue la de un artista impulsado por una energía creativa que provenía desde muy dentro de él, alejado de un enfoque intelectual, racional y materialista de la vida”.
La siguiente parada es en The Arts Building, museo de dos plantas y techo ondulado que alberga algunas de las primeras piezas, bocetos inéditos y cientos de dibujos que retratan el espíritu aventurero y nómada de George Nakashima. En la segunda planta se exhiben diferentes piezas, entre ellas una mesa de líneas rectangulares diseñada para Knoll y una Chaise Lounge con un apoyabrazo que parece el ala de una mariposa.
Un largo viaje
Katsuharu Nakashima y Suzu Thoma –abuelos de George– llegaron a Seattle, Estados Unidos, a principios del siglo XX. Era el comienzo de una nueva era y Estados Unidos representaba la tierra prometida de la libertad. Katsuharu descendía de una de las principales dinastías de samuráis del Japón, y Suzu trabajaba para la corte del emperador Meiji. Juntos escaparon a los Estados Unidos sin más pertenencias que un par de kimonos, y se casaron mientras viajaban en el barco. Al llegar a Seattle la nueva familia Nakashima creció junto a sus tres hijos nacidos en América.
Mira afirma que desde muy temprano la vida de su padre estuvo ligada a la creatividad y la naturaleza. George Nakashima inició sus estudios ambientales en la Universidad de Washington, pero pronto saltó a la escuela de Arquitectura. Después de graduarse viajó a Boston para estudiar en las universidades de Harvard y MIT.
Durante sus años en MIT, George se acercó al discurso teórico de la Bauhaus, escuela de diseño que en la década de los 30 lideraba la vanguardia creativa de la mano de Walter Gropius, Mies van der Rohe y Le Corbusier. A George le entusiasmaban los postulados de la Bauhaus, especialmente aquellos que buscaban reconciliar el viejo legado de las escuelas de artes y oficios de principios de siglo con el nuevo mundo industrial. Luego viajó a Europa, al norte de África, la India y al Lejano Oriente para comprobar de primera mano cómo los más importantes artesanos trabajaban y convivían en plena armonía con su entorno.
En estos viajes se hallan las raíces del trabajo de George Nakashima. En sus bocetos y bitácoras de viajes se encuentran los cimientos del puente que años después George edificaría a través de su obra: el puente que unió el mundo moderno y racional con el mundo orgánico y natural; el que unió el misticismo de Oriente con la racionalidad de Occidente.
George Nakashima es el artesano y diseñador del siglo XX porque sus piezas acercaron el mundo industrial al mundo natural, estableciendo una renovada armonía entre el hombre y el medio ambiente. Sus objetos se caracterizan por sus acabados perfectos, pero también por sus “accidentes” naturales, como los nudos y las venas de la madera que quedan al descubierto. Su obra es el vértice entre la máquina funcional de Le Corbusier y las formas sinuosas de Frank Lloyd Wright. “Existen dos aspectos de la obra de mi padre que se deben conocer para comprenderla. El primer factor es el Yin, aura de paz y serenidad que se manifiesta en sus formas suaves y femeninas, contrapuestas al Yang, el cual representa la disciplina y la racionalidad constructiva. Estos dos aspectos dan forma a su trabajo: un lado suave y femenino de líneas naturales y otro más fuerte, estricto y masculino de carácter industrial”.
Este fue el pesado legado que Mira Nakashima heredó tras la muerte de su padre. Al principio muchos expertos vaticinaron el fin de la firma. Pero gracias a su inmenso talento y a una vida de trabajo y aprendizaje al lado de su padre, Mira logró mantener y crecer el prestigio de Nakashima Woodworker, al punto de ser hoy una de las firmas de diseño más cotizadas y a la vez más imitadas del mundo. “Mi padre creía que la belleza es una manifestación de lo divino, y que un artista es un catalizador de estas energías divinas. Bajo su perspectiva, la creatividad no era sólo una función racional o una energía para alimentar el ego del creador. Decía que si una obra de arte no nos transportaba más allá de nuestro campo de visión, no era arte”.
Paz y naturaleza
The Main Shop y The Finishing Department, edificios de madera y concreto diseñados por George en 1946, albergan los talleres de producción en el que diez carpinteros moldean los objetos con la paciencia y la precisión de un relojero suizo. El lugar huele a pintura y permanece abarrotado de máquinas industriales y pequeños martillos, cinceles y brochas. Un aura de melancolía envuelve ahora la expresión de Mira Nakashima mientras habla de las pequeñas herramientas de su padre, las mismas que cuando ella era niña consideraba instrumentos mágicos con los que se podían transformar los rudimentarios troncos en maravillosos objetos.
Al fondo del taller un carpintero delinea las patas de una silla y dos personas reparan una mesa de gran formato enviada desde Corea. Allí también se preparan los nuevos encargos de mesas y lámparas que se enviarán próximamente a Europa y Asia.
La siguiente parada es en The Reception House, último edificio diseñado por George Nakashima en 1977. Es un recinto tan silencioso que el crujido de los pisos de madera retumba sobre las divisiones de papel. Adentro se encuentra una tradicional sala de té japonesa en la que Mira se sienta para hablar de la Foundation for Peace, entidad dedicada a cuidar el legado de su padre a través de la promoción de la paz y la armonía entre el hombre y la naturaleza.
Una de las principales actividades de la Fundación es la donación de una pieza de gran formato en forma de altar, la cual es entregada a países que representan la lucha por la paz y la libertad. Durante los últimos veinte años, la Fundación de George Nakashima ha donado cuatro de estos altares, los cuales se encuentran en edificios emblemáticos de ciudades como Nueva York (iglesia de St. John the Divine), Ciudad del Cabo (Centro de Paz Desmond Tutu), India (Ciudad de la Paz de Auroville) y Moscú (Academia de Artes de Rusia). “Cristina Grajales, quien es mi amiga personal y consejera, me convenció de donar el siguiente altar a América Latina, específicamente a Colombia, como un reconocimiento a las largas décadas de violencia que ha soportado ese país. Yo acepté su sugerencia y ahora estoy dispuesta a donar este altar como símbolo de la reconciliación entre todos los colombianos. Sólo debemos encontrar un lugar adecuado en donde ubicar la pieza”. La galerista colombiana Cristina Grajales dice al respecto: “Es un gran honor para nuestro país que esta Fundación haya escogido a Colombia como el destino de esta fabulosa pieza. Los altares representan, como ningún otro objeto, el espíritu de George Nakashima”.
La entrevista llega a su final en The Pool House, estructura de cubierta circular construida en 1960. Mira Nakashima acepta una última foto al lado de sus carpinteros y en medio del bosque vecino. Todos se paran firmes como los árboles que nos rodean. Y en el centro ella, sonriente, como si sintiera que en esta imagen también se encuentra su padre. Es el espíritu de George Nakashima el que habita en este bosque que apenas se despierta a la vida en esta incipiente primavera.