Exposición de Ana González en España

“Chinyia”: lo que le arrancamos a la naturaleza y al alma

Desde este jueves la artista colombiana expone, en la galería La Cometa, en Madrid, piezas delicadas y frágiles como la naturaleza, que hablan sobre lo que cada segundo se pierde por la minería y la deforestación.

La colección “Chinyia”, de Ana González, estará en la galería La Cometa, de Madrid, hasta enero de 2020. / Max Morgensen

Chinyia significa “nuestro oro” en lengua muisca. También es el nombre de la exposición que la artista colombiana Ana González inaugura en la galería La Cometa, de Madrid (España), este 14 de noviembre, en donde propone una reflexión sobre lo que significó el oro para las culturas ancestrales en Colombia, así como para la sociedad de hoy.

El oro, recuerda ella, no tenía en sí un valor porque era una ofrenda para los lugares sagrados de la naturaleza, para los momentos sagrados de la vida, era el Sol en la Tierra. El agua, la montaña, la vida o la muerte fue lo que tuvo realmente valor hasta que el oro comenzó a ser sagrado en sí y “y ahí comenzamos a estar en contra de la naturaleza, de la verdadera fuente sagrada de la vida”, dice González, cuyo trabajo ha estado inspirado en los modos de vida indígenas que ha asimilado en los viajes.

Con ellos aprendió que cada palabra es un universo, una poesía, un momento, y justamente por eso con Chinyia quiere recordarle al espectador de su obra la importancia de “volver al origen, entender que tenemos muchísimas lenguas que hablan de nuestros ancestros, y que en ellas hay un mensaje muy poderoso que nos pertenece”.

Por medio de diferentes técnicas (fotografía, dibujo, grabado) y oficios (tejido, cerámica, filigrana, porcelana) realiza obras tan delicadas y frágiles, según explica, como la naturaleza que aún existe en el planeta. Por ejemplo, una orquídea tejida en filigrana con oro reciclado invita a pensar sobre ese oro que amenaza los bosques donde estas flores crecen. También están las Devastaciones, telas y sedas con dibujos, grabados o fotografías del Amazonas, el Apaporis o la Sierra Nevada que han sido devastados hilo por hilo, como la minería ha devastado el territorio.

El mensaje es ver cómo todo está desapareciendo, cómo estamos arrancándole el alma a la naturaleza, que en el fondo es arrancarnos a nosotros mismos”, enfatiza la artista sobre Chinyia. La experiencia que Ana González propone en la galería La Cometa no se dará solamente por medio de la vista, pues el visitante podrá arrancar un dibujo realizado en un bloc para que, de alguna forma, entienda lo que es el impulso de arrancar, de sacar, de quedarnos con algo, de lo efímero y frágil que es todo frente al deseo de poseer.

Chinyia llega a la sede de Madrid (España) de la galería La Cometa, para pagar, tal vez, lo que se les debe a los ancestros, entendiendo que ellos hubieran querido que los colonizadores llevaran a España la belleza y sabiduría de las montañas, las lagunas, los pájaros, los ríos salvajes o los sabios indígenas. Justamente por eso, González recurre a este elemento para dar vida a los recursos naturales de los que el hombre se desprendió hace tiempo.

Esta exposición se conecta con la obra que la artista ha realizado durante la última década de la mano de comunidades desplazadas e indígenas. Alicia, Mutuum, Passiflora, Liberi y, por supuesto, Chinyia, son colecciones que hablan sobre la naturaleza, pero también sobre el mutualismo o la depredación. Quienes han seguido su trabajo saben que la obra de Ana González no responde necesariamente a una razón de ser filosófica, sino a la intuición, al corazón y a la parte femenina que cada ser humano tiene.

Esto se reflejó en Hijas del agua, exhibición conjunta con el fotógrafo Ruven Afanador que presentaron hace un año en el Museo Santa Clara, de Bogotá, cuando por primera vez retratos de mujeres, hombres y niños de las comunidades wayuu, gunadule, misak y arhuaca entraron a este recinto colonial para mostrar las similitudes entre las tradiciones de los indígenas y la vida de las religiosas de los siglos XVI y XVIII.

El nombre de esa exposición hacía referencia al agua como fuente de toda vida, pero también al conocimiento que las indígenas aprenden en el encierro que viven cuando se convierten en mujeres y que plasman en el tejido de una mochila como forma de sanar o meditar, por ejemplo.

De los mamos koguis Ana González ha aprendido que el cuarzo es la semilla del agua y que sembrando estas piedras nacen ríos. Lo hacen como retribución a los ancestros, porque “entienden que el agua es nuestra vida, pero la tenemos tan a la mano en las ciudades que no entendemos su valor sanador, de vida, de contemplación. Todos somos hijos del agua, pero se nos olvidó en algún momento de nuestra evolución”, reflexiona la artista.

Toda la experiencia artística, artesanal y ancestral de la que González ha nutrido su trabajo durante los últimos doce años está recopilada en un libro que también se lanza en Madrid, el cual tiene textos curatoriales que explican su obra y su inspiración.

Yo quisiera que como suramericanos dejáramos de ver siempre hacia fuera, de copiar lo que no es nuestro y que imagináramos un futuro con todo el potencial que tienen nuestros territorios. Que regresemos al origen conectándonos con la naturaleza y los territorios, que tanto han cuidado las comunidades indígenas que los habitan desde hace miles de años”, argumenta.

Para que esto suceda, es necesario que cada persona defina cuál es la verdadera riqueza: el oro o el territorio. Quien escoja el territorio, poco a poco entenderá que a las comunidades ancestrales se les debe aprender todo lo relacionado con el cuidado y la devoción a la naturaleza. Esta tarea, dice la artista, se complementa viajando y visitando el territorio, porque es la única manera en que una persona puede reinventarse.

Chinyia, y en general toda la obra de Ana González, es “una invitación a observarnos, a volver al origen y corregir lo que estamos perdiendo”.

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Lilian Contreras Fajardo / @ProhibidodeLili

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