Daniel Saavedra, el arquitecto colombiano que construye para sanar

Entrevistas con el arquitecto que diseñó el Swedish American Regional Cancer Center, un centro oncológico en EEUU que busca mejorar la experiencia de los pacientes con cáncer.

Daniel Saavedra fue el arquitecto encargado de construir el Swedish American Regional Cancer Center, en Rockford, Illinois. Daniel Saavedra

En Bogotá a Daniel Saavedra se le ve un poco desubicado, distraído, como intentando encontrar sus pasos. Se fue hace 33 años y, según dice, “es difícil tratar de entender cómo es Bogotá ahora”.

Cuando vuelve de visita, a veces se hospeda en Galerías, otras en Cedritos, en casas de familiares y amigos, y piensa cómo sería una reurbanización, no una urbe gigante que se expanda al infinito, sino una ciudad incluyente, fluida, quizá sin tanto ladrillo.

Y se pregunta —se lo ha preguntado muchas veces— qué estaría haciendo en Colombia si no se hubiera ido a Estados Unidos. ¿Habría tenido las mismas oportunidades? ¿Habría primado el talento? ¿Habría empezado en una empresa pequeña hasta lograr crear su propia firma? ¿Habría recibido más de 30 premios por excelencia en arquitectura y diseño? ¿Su trabajo se hubiera publicado en libros, en revistas? ¿Le estarían haciendo esta entrevista?

Hasta ahora la respuesta no es concluyente.

Lo cierto es que en 1983 se graduó como arquitecto de la Universidad La Gran Colombia y el año siguiente se fue detrás de un amor, el mismo que lo inspiró para construir, hace dos años, el Swedish American Regional Cancer Center, en Rockford, Illinois.

Este centro oncológico cuenta con innovaciones en el diseño que buscan que el paciente se sienta en casa y no en un laberinto de terror. Por esta obra, Daniel recibió una mención especial en los Premios Arquitectura Diáspora Colombia, un reconocimiento a los trabajos más destacados de los arquitectos colombianos diseminados por el mundo. En entrevista con la Agencia Anadolu, Saavedra cuenta su experiencia.

Escuché que llegó a Estados Unidos por un amor…

El amor de mi vida, que todavía está con nosotros. Todavía está conmigo. Mi esposa Diana. Ella es de un pueblo pequeño de Illinois. Nos conocimos por amigos mutuos, en el 83. Yo estaba terminando mi carrera de arquitectura y cuando la terminé, me fui para allá.

Y afortunadamente, a los dos o tres años, pude pasar el examen, tener mi licencia y trabajar ya como arquitecto. Trabajé con una oficina pequeña por dos años, mientras aprendía el idioma y todas las cosas.

¿Y fue fácil, como inmigrante, conseguir ese trabajo?

Yo estaba en una ciudad bastante pequeña, en Dixon, Illinois, y una firma de arquitectura necesitaba un arquitecto que les ayudara a dibujar. Hay muchos arquitectos y muchos profesionales colombianos que salen del país y quieren ir a las grandes urbes. Para mí, un mensaje que yo les digo aquí: no se vayan a esas urbes grandes. Vayan a las ciudades pequeñas, ciudades intermedias, donde hay más oportunidad de surgir.

Pero supongo que fue un proceso difícil…

Fue un poco difícil aprender los sistemas de construcción, porque es completamente diferente. Incluso el diseño, porque tiene más sentido de la protección del usuario del que hacemos aquí en Colombia, protege más a la gente. Entonces necesitamos saber que la arquitectura es más que hacer edificios bonitos, con diseño interesante. La arquitectura es un complejo mucho mayor. Me fascina. A mí me fascina lo que hago.

Se especializó en construir escuelas, hospitales e iglesias, ¿por qué?

Las tres clases de arquitectura que hacemos son completamente diferentes, pero todas tienen algo que ver, y es que se preocupan por la creación de un ser humano completo. En total hemos hecho como unas 200 iglesias en todo el país, pero no es que me considere el arquitecto de las iglesias, es que me fascina hacer iglesias. Es un espacio con el que siempre, desde pequeño, he tenido afinidad.

Mi abuelita vivía en el barrio 7 de agosto (en Bogotá) y en la iglesia del Divino Salvador, que es bastante tradicional, bastante gótica, fue donde yo tuve la experiencia de ver cómo es una iglesia. Yo iba a la misa con mi abuelita y con mi mamá y ellas me decían que yo no ponía atención cuando tenía seis, siete, ocho años, porque era mirando por todas partes. Me les perdía, me salía del banco de la Iglesia a buscar por dónde era que venía el sonido del órgano.

En la Sociedad Colombiana de Arquitectos hablan de una fuga de cerebros. ¿Se considera parte de esa fuga?

Yo creo que sí. Hasta cierto punto creo que sí es una fuga, aunque yo salí del país por situaciones mixtas. Primero, la situación de Colombia en el 84 era una situación difícil. El narcotráfico y la violencia estaban bastante fuertes, aunque no tanto como en los años 90, pero para mí no había un futuro claro en Colombia de ver oportunidades diferentes en arquitectura. Yo no quería trabajar para constructores que limitan la arquitectura en Colombia para poder tener una ganancia mayor, desafortunadamente. Por ejemplo, la vivienda social es costosísima para lo que la gente recibe. Tampoco porque una persona no tenga recursos económicos, no significa que esa persona no pueda tener diseño. El diseño es universal.

¿Pero le gustaría algún día hacer un proyecto arquitectónico aquí?

Me fascinaría, me fascinaría poder hacer algo en Colombia. He tratado varias veces y ha sido bastante complicado, pero yo creo que Colombia va a tener un desarrollo en arquitectura y en urbanismo bastante fuerte.

Y hablando del hospital, ¿cómo fue que su esposa fue la inspiración para construirlo?

Desafortunadamente mi esposa tuvo la experiencia del cáncer. A una edad muy joven tuvo cáncer de colon. Yo fui a la mayoría, si no a más del 90% de las terapias con ella. Fui porque quería estar con ella siempre, en todas estas terapias. Fue una situación bastante fuerte para nosotros, como familia, pero me di cuenta que el tratamiento no era malo sino que el espacio era terrible.

El sitio donde ella recibía la terapia no tenía ninguna privacidad, ninguna dignidad, no daba ningún incentivo al paciente para que tuviera una visión diferente del tratamiento. Eran sillas aquí, sillas allá, y unas cortinas entre sí con todos los aparatos colgando por todas partes. Llega uno a un sitio de esos y es como si fuera la inquisición española. ¡Qué me van a hacer aquí! Entonces dije: espero, algún día, poder hacer un centro donde la dignidad del paciente se respete y donde el paciente tenga una percepción diferente del tratamiento.

Y se le dio la oportunidad…

Sí. El Swedish American Hospital tenía todas las oficinas de oncología en nueve diferentes sectores y quería unificar todo en un solo sitio, con todos los servicios bajo un mismo techo. Después de que nos seleccionaron, tuvimos entrevistas con pacientes que ya estaban fuera, que ya no tenían más cáncer. Tuvimos entrevistas con pacientes que les acababan de descubrir el cáncer, con pacientes que estaban en más de la mitad del proceso de tratamiento y también con las familias de estos pacientes.

¿De ahí surgen los jardines de meditación y el laberinto de oración?

Sí. Ahora el paciente tiene la oportunidad de salir a recibir la quimioterapia, con su aparato, en lugar de estar caminando en los corredores. Ellos pueden salir y caminar en este jardín de meditación, que es bastante grande. Tiene un laberinto y para llegar al laberinto vas por un camino en zigzag que va atravesado, por debajo, por una quebrada. Ellos van entre las flores, los árboles y el aire.

Son cosas pasivas en cuanto al aspecto psicológico del tratamiento, pero influyen tremendamente en recibir un tratamiento adecuado, porque el paciente se va a sentir más cómodo. Porque el paciente que está recibiendo el tratamiento para cáncer también está haciendo una evaluación de su vida y esto les da la oportunidad de mirar cómo va a ser su futuro de ahora en adelante: cómo va a cambiar mi vida y qué papel voy a jugar yo, como paciente, en mi propia vida.

Entonces cree que la construcción puede ayudar a sanar…

La construcción puede ayudar en un proceso de sanación cuando en el momento en que el paciente entre al edificio se sienta como si entrara a su casa, a un sitio donde se va a sentir cómodo, digno, donde no va a tener un miedo adicional al miedo que ya tiene por su condición de tener cáncer y tener que recibir un tratamiento tan fuerte como la radioterapia o la radiación.

Esa experiencia que tuve con mi esposa me dio la oportunidad de poder crear, en las salas de infusión, una serie de baños para que los pacientes tengan acceso inmediatamente, porque muchas veces no alcanzan a llegar si está muy lejos. Es un gasto grande en plomería, pero es una conveniencia impresionante para el paciente.

Los techos que tenemos son techos verdes. El techo tiene plantas y las ventanas dan a esos techos. En lugar de ver unos sistemas mecánicos, el paciente ve flores, plantas, que van cambiando a lo largo del año, con las estaciones.

De alguna manera construyó el hospital en el que le hubiera gustado que atendieran a su esposa…

¡Exactamente!

 

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