La estatua está en el sector de Corferias, en Bogotá

Jaime Garzón ya no es el mismo

Su rostro ha perdido el color, la piel se le ha oscurecido y su ropa ha olvidado la viveza. La sonrisa está apagada y los lentes que enmarcaban sus ojos grandes y cejas pobladas se han desvanecido.

Al frente de la estatua en honor a Jaime Garzón pasan los carros y ya ni un pitazo le echan al personaje. Antes todo era distinto. Archivo El Espectador

En uno de esos días cualesquiera del año 97, un loco impertinente de 36 años, con sus gafas bien puestas, se quita la camisa, se baja los pantalones y empieza a correr desnudo por los corredores de la primera productora de televisión colombiana RTI. Su sonrisa, que desconoce el pasado de lo que fue un carnaval de dientes en su boca y unos chuzos desaliñados, ahora inexistentes y reemplazados por una caja dental, no es lo único que se ve mientras corre; en la zona baja de su cuerpo algo cuelga en medio de sus piernas. El hombre de pelo negro y uno setenta de estatura desfila empeloto. Se para en frente de una secretaria y le dice: “Perdone lo poquito, pero es con todo cariño”.

Jaime Garzón Forero siempre ha sido el mismo. Ya no es el niño monaguillo de túnica blanca y zapatos negros que servía al sacerdote, o el que hacía regañar a las monjas del seminario por darle comida cuando a las diez de la mañana entraba el padre rector y preguntaba a una de ellas: “¿Qué hace Garzón comiendo?”, y ella respondía: “Padre, pero si usted llamó hace ratico y dijo que le sirviera desayuno”, buen impostor de voces desde pequeño. Su cuerpo creció, pero conserva la frescura que tienen los niños, la rebeldía, el capricho, la curiosidad de descubrir y de no callar lo que piensa.

Detrás de cada comentario, una realidad cargada de humor. Un genio que deja ver su demencia mezclada con sensibilidad y emocionalidad cuando a las 3:00 a.m. llama a Marisol Garzón, su hermana, para preguntarle qué está haciendo, a lo que ella responde: “Durmiendo, qué más voy a estar haciendo”, y de ahí se desata una conversación común en las madrugadas de Garzón. Llama a cualquiera sin importar el momento o la hora, a decir cosas inverosímiles. Estas llamadas causarían molestia si las hiciera otra persona, pero es Garzón.

Él siempre ha tenido mucho que decir, y las ocurrencias de este hombre que arrancó tres carreras y ninguna la terminó, de biología en la Pedagógica a mecánica de aviación en el Sena de Barranquilla y único estudiante en cursar el vigesimonoveno semestre de derecho en la Universidad Nacional, lo llevaron a que por accidente se encontrara con un micrófono y una cámara para expresar sus pensamientos con vehemencia.

Ahora es imparable, y un gran equipo de trabajo lo acompaña. Sus personajes: Dioselina, con su delantal, ella tan imprudente; Godofredo Cínico Caspa, tan godo y conservador, y otros, como Néstor Elí y Émerson de Francisco, cada uno con su historia. Pero ahí donde ven a este gran orador, que no es ni el payaso, ni el humorista político, sino que es más que eso, un hombre de conciencia diferente, también es un “hijueputa explotador”, o si no que lo diga Heriberto de la Calle, quien sale todos los días con caja en mano para lustrar los zapatos de los que el pueblo colombiano conoce de nombre. La gomina hace que se le vea grasoso el pelo, su rostro denota que ha pasado muchas horas bajo el sol, las comisuras en sus ojos dejan ver la suciedad de quien ha andado mucho tiempo en la calle y sus mejillas se hunden, debe ser por la cantidad de dientes que le faltan. Cuando habla, las malas palabras van saliendo con sentido único y propio. Garzón ya le debe tres emboladas al limpiabotas, por eso es un explotador. De la Calle es personificado por Garzón, pero no son el mismo.

La seguridad la tiene implícita. Lo digo porque hay unas cuantas mujeres que han hecho llorar a Garzón, porque él es un hombre de mujeres, y la pregunta es cómo un hombre que no tiene características físicas muy amables a la vista logra conquistar. Jaime Garzón afirma que “la seguridad es lo que hace a un tipo feo todo un playboy”. Además, un hombre que hace reír conquista o conquista.

Ya han pasado unos cuantos años desde que los labios de Garzón se pusieron rígidos y su sonrisa permanece moribunda.

Ahí estaba yo, después de 19 años, frente a Corferias, viéndolo con detenimiento. Las personas salían y entraban en multitud a uno de los eventos del lugar. Entre tanto, yo trataba de tener una conversación con él. Cuando lo vi supe que él ya no era el mismo de antes y el país tampoco era el mismo. Los carros pasaban y ni un pitazo le echaban a Garzón; las personas caminaban apuradas y tampoco se detenían a saludarlo. En tiempos pasados esto habría sido diferente.

Su rostro ha perdido el color, la piel se le ha oscurecido y su ropa ha olvidado la viveza. La sonrisa está apagada y los lentes que enmarcaban sus ojos grandes y cejas pobladas se han desvanecido. Su mano derecha está levantada pero inerte; en ella sujetaba una bandera de Colombia, estoy segura, él nunca la dejaría, en su Cherokee gris la ponía en la silla del copiloto. Ahora no la tiene, se la arrebataron de sus manos, así como le arrebataron sus lentes, su sonrisa y, aunque cueste aceptarlo, también le arrebataron su alma. Traté de hablarle, pero el silencio era taciturno y prolongado; sus piernas ya no se movían inquietas. Su cuerpo yacía inmóvil; ahora el metal corroído por la lluvia y el sol permeaba lo que un día fue la piel de un hombre valiente. Era sólo una estatua.

En medio del silencio, que no era incómodo, pero sí abrumador, me di cuenta de que Garzón Forero siempre dijo e hizo lo que quiso.

Quiso ser alcalde y lo consiguió, en la Alcaldía de Sumapaz; quiso ridiculizar a los poderosos; no deseaba llegar a los 40 años porque era un irrespeto a su padre, que murió a esa edad, y así lo hizo, pues murió de 38; quería que lo que dijera valiera no sólo para hoy, sino para mañana, un año, dos años, cinco años… No repetirlo, pero que lo que dijera valiera para muchos años, y juró no morir en la historia. Ya pasaron 18 años y sus palabras siguen llegando a todos los colombianos, incluso a los que no lo conocieron. Quería morir de manera singular, quería un adiós de carnaval, no quería velas ni un sermón; así lo repetía al ritmo de la letra Canela de César Mora. Murió el 13 de agosto de 1999, asesinado de forma tan común para esos tiempos en nuestro país que nada singular fue, de no ser porque con la muerte de este hombre se llevaron la alegría de la patria, que en medio del dolor aclamaba una sonrisa.

Me detengo y lo miro. Lo único que queda por decir es lo mismo que monseñor Gutiérrez hace 19 años, en medio del sermón que Garzón nunca quiso. Dijo: “Jaime, vete en paz y ruega por Colombia, mientras nosotros seguimos luchando por el país libre de guerra y violencia que siempre soñaste y que te quedamos debiendo”.

Temas relacionados