Es bailarín y tatuador

Joshua Alfaro: “No soy un vago, soy un artista”

Hace ocho meses murió su padre. Hace poco sufrió un esguince de rodilla y no pudo asistir al que sería su primer viaje fuera de Costa Rica. La competencia de break dance en la que sería juez comenzó sin él. Hoy rompe en llanto porque está en Colombia para participar en Hip Hop al Parque.

Joshua Alfaro dice que quiere convertirse en el mejor tatuador y B-boy de Costa Rica. David Caycedo

Joshua Alfaro es un hombre de pausado andar. Su manera de hablar más parece la de un pastor destemplado, que la de un “machito” de las calles, como de manera prejuiciosa la sociedad suele ver a sus pares. Es B-Boy. Baila para exorcizar. Así escapa y se encuentra de frente con sus propios miedos.

Desde sus 10 años ya sabía que lo suyo eran los movimientos a ritmo de hip hop  y las competencias con otros crew en su país. Sin embargo, las dinámicas de la adolescencia y la rebeldía lo llevaron a probar drogas y a sumirse en el alcoholismo. Sus frustraciones aparecieron detrás de su pasión. El baile se convirtió en su chivo expiatorio, le endilgó sus males y por eso se fue alejando.

Alfaro había encontrado en el género la posibilidad de expresar con su cuerpo sus sentimientos. Sobre las tarimas dejaba su ira, su éxtasis, sus más intensas alegrías. Pero decisiones equivocadas lo apartaron de sus ideales. “Con los golpes de la vida fue que supe que no era necesario desviar el rumbo. Yo podía estudiar, trabajar y bailar, muchos lo hacen, pero eso me tomó tiempo entenderlo”, dice.

Volvió a bailar. Pero esta vez una fractura le negó la oportunidad de continuar. Fue ahí cuando encontró el gusto por los tatuajes y descubrió nuevas maneras de involucrarse con el arte. El tiempo jugó en su contra. El costarricense pensaba que las señales estaban claras. Probó su fe en distintas iglesias –señor Jesús, ¿mi rodilla qué?- se preguntaba. Y fue en un campamento religioso precisamente donde un desconocido guatemalteco con cierto misticismo lo enfrentó. “Dios quiere decirte que tienes un talento y que no puedes abandonarlo porque es así como serás testimonio de fe, eres bendecido por el señor”,  le dijo el hombre.

Cuando Joshua Alfaro decidió intentarlo una vez más, su padre enfermó. Su compañía en ese momento fue la cultura hip hop. Quería desquitarse con el mundo, pero entendía para entonces que no se trataba de hacerle daño a otro ser humano, sino de canalizar sus emociones. “Nos asocian a la violencia y a la pobreza, pero yo aprendí que no actúo por instinto, yo no ataco a las personas. No las hiero, nunca lo he hecho. Si tengo que sacar algo negativo de mí prefiero hacerlo con la danza, esa es lo que me diferencia de un delincuente. Yo soy un artista”.

Su padre murió sin verlo terminar el bachillerato. Por él decidió que esa sería una de sus metas. También la de ingresar a bellas artes en su país y formarse como un artista completo. Y aunque todavía no ha logrado su cometido, ahorra trabajando en un estudio de teatro y en una tienda de tatuajes.

Hace algunas semanas se enteró de la selección oficial de B-boys de su país para participar en Vía Alterna, una de las batallas de breakdance más esperadas, en uno de los festivales de mayor asistencia de hip hop en el continente que tiene lugar en Bogotá cada año. Estaba herido, y su cuerpo resentido por las exigencias cada vez mayores. Sin embargo ingresó. Se envolvió en vendas, curó sus heridas, y malherido se aventuró a bailar. Sorpresivamente para él, superó las dificultades y logró entrar a la competencia.

Pidió dinero prestado para costear el viaje. –El señor proveerá. Siempre ha sido así- asegura con fe. Y su terquedad, obstinación o sí, tal vez, su profunda convicción espiritual lo trajeron hasta el parque Simón Bolívar, al evento promovido por la Alcaldía Mayor de Bogotá, a través del Instituto Distrital de las Artes –Idartes-. Son pocos minutos los que tiene para demostrar que tiene elasticidad, creatividad, sabor, técnica, resistencia; una serie de atributos que el jurado no pasará por alto.

La ansiedad por estar sobre el escenario le provoca fríos por todo el cuerpo. Al subirse no es capaz de ver al público presente en el parque. Se alza hacia el cielo que encuentra despejado y cómplice. Desde arriba siente el impulso para emprender su rutina. Elige los ejercicios más osados que ha practicado, esos que regularmente suele fallar en mayor proporción desde que se quebró el menisco. No erra ninguno. Sus manos llegan al suelo y los pies se alzan al aire, los giros descubren formas en el cuerpo con velocidades que van al ritmo de la música. Su grupo está en la siguiente ronda.

Todos se chocan las manos y hacen gestos de victoria. Incluso el crew rival. Él cae al suelo. Sus lágrimas llaman la atención de otros B-boys, quienes lejos de juzgarlo, se acercan a darle un apretón. Lo abrazan y aconsejan. –Todos tenemos muchas cosas por dentro, te entendemos, de eso se trata esto, de limpiarnos con el baile- sentencia uno de sus colegas.

-Tengo deudas en mi país por estar aquí, estoy fuera de casa, este es un sueño, ¿cómo crees que no iba a dar todo allá arriba?- dice con entusiasmo. Inmediatamente recuerda las luchas por evitar la agresividad de las calles, por no sucumbir ante los amigos frenéticos que le ofrecían escapes momentáneos, vicios que pudieron haberlo consumido por completo.  Alfaro lanza un nuevo zarpazo religioso. “Dios me tiene aquí. Soy su instrumento, él me devolvió las ganas, hizo que superara mis limitaciones, me va a dar la fuerza que necesito para convertirme en el mejor tatuador y B-boy de Costa Rica. Si él me dice que puedo. ¿Quién me puede decir lo contrario?” dice con júbilo.

Nuevamente llora. Con vehemencia involucra a sus compañeros que lo han rodeado. “Yo no espero ganar aquí, o tal vez sí, el dinero ayudaría. Pero espero que mi papá esté orgulloso. Yo hago esto desde el corazón, quiero ser ejemplo para niños y jóvenes que aman este arte. No soy un vago, soy un artista”.

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