Las abuelas de los Betos

Homenaje a Elvia Quiroz, Aura Pérez y Cleotilde Igirio, las abuelas de tres "Betos" caribes, tocayos, amigos y compadres desde su origen. Ellos son: Alberto Salcedo Ramos, Alberto Martínez Monterrosa y Alberto Linero Gómez.

Alberto Linero Gómez, Alberto Salcedo Ramos y Alberto Martínez Monterrosa.

A Tulia y a Toyita, mis nonas. 

Si seguimos el inglé, no nos equivocaremos al traducir que una abuela es literalmente una gran madre. Por eso, este mes de las progenitoras es perfecto para homenajear a Elvia Quiroz, Aura Pérez y Cleotilde Igirio.

Las tres son mujeres que tuvieron nietos que hablan con autoridad desde el Caribe. A veces lo hacen con la pluma, otras con la radio, la televisión y hasta alguno lo hizo con la sotana. Las tres abuelas vivieron el bautizo de sus nietos bajo la moda sesentera de llamar “Alberto” a los recién nacidos varones, pues el héroe romántico de la radionovela El derecho de nacer era el Dr. Alberto Liconta.

El escritor cubano Félix B. Caignet, autor de la radionovela más escuchada en el continente durante el siglo XX, jamás imaginó que la esencia de su personaje central le daría el nombre a tres Albertos que tuvieron el derecho a nacer en hogares distintos, pero pertenecientes a las tres grandes ciudades de la Costa Caribe colombiana: Barranquilla, Cartagena y Santa Marta. Los tres Betos son tocayos, amigos y compadres desde su origen. Ellos son: Alberto Salcedo Ramos, Alberto Martínez Monterrosa y Alberto Linero Gómez.       

La nostalgia que sienten cuando hablan de sus abuelas está atada al acordeón, la caja y la guacharaca. Los tres son conocedores excelsos de la música narrativa de Francisco el Hombre. Los tres heredaron la palabra como sustento de vida. Los tres adquirieron el sabor Caribe para contar las historias del Macondo de hoy. Los tres Betos afirman que son lo que son gracias a las enseñanzas que les dejaron las matronas de sus familias. Por lo tanto, desde sus palabras, tejí este pequeño homenaje a sus abuelas, que bien puede ser un homenaje para nuestras abuelas. No creo que exista mejor día en el año, para esto, que el día de la madre. Pues, una madre es, realmente, una aprendiz de abuela.

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Mamá Elvia: la abuela del cariñito

Los grandes escritores dejan frases de antología que marcan enseñanzas para distintas generaciones. Con esto en mente se comprende el alcance de la máxima que Elvia Quiroz le dejó a su nieto, Alberto Salcedo Ramos. El niño no se acercaba nunca a la caneca para tirar las cáscaras de las frutas que devoraba. Las lanzaba, pero su puntería era pésima. Cada fallo era la antesala para verlo, arrastrando los pies y a regañadientes, agachándose por la cáscara, levantándola y depositándola donde tocaba. Su abuela lo veía y le reiteraba una enseñanza de vida que aplica para cualquier contexto: “¡El perezoso trabaja doble!”.

El escritor barranquillero, tiempo después, recordaría otra escena eterna que protagonizó junto a su mamá Elvia y que tiene esa magia que, al rebobinarla en la memoria, se vive de nuevo; incluso, con sonido: “Acaso el más precioso de esos recuerdos es el siguiente: cuando tenía seis años le llevé a mamá Elvia, mi abuela, una foto instantánea que acababan de tomarme en el colegio. Ella estaba en la cocina haciendo patacones. Al ver la foto no dijo nada, pero la besó. Todavía oigo ese beso en la memoria”.

El tercer momento memorable de Mamá Elvia y su nieto es mágico. Un billete de $5 o $10 que fuese tocado por las manos de la abuela, inmediatamente valía muchísimo más que uno de cien dólares o quinientos euros. Un “cariñito” siempre superara por escándalo cualquier fortuna de papel moneda: “Cuando la viejita Elvia, mi abuela, nos regalaba plata jamás utilizaba la palabra ‘plata’. Ni siquiera nos dejaba ver la cifra. Doblaba el billete de manera discreta, nos lo metía con delicadeza en el bolsillo, y remataba siempre con la misma frase: ‘toma ese cariñito, mijo’”.

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El amor verdadero de Aura Pérez

Toda mujer que hoy enfrenta el machismo de la costa Caribe está llena de valentía, pero pensar que Aura Pérez enfrentó el machismo brutal de mediados de siglo en esta región, es hablar de una heroína. Su nieto, Alberto Martínez Monterrosa, rememora que su abuela “fue  muy audaz para su época. Sin formación política ni feminista ni nada que se le parezca, ella era una mujer con una dignidad de género muy elocuente”.  

El periodista se devuelve a los años cuarenta y afirma que su abuela siempre antepuso su dignidad ante cualquier hombre abusivo, así la sociedad soltara las lenguas viperinas de tradición: “ella actuó sin pensar jamás en el qué dirán, porque hombre que se portaba mal, lo dejaba”.

En adelanto iban esos lugares, escribió Leandro Díaz, y en adelanto iba Aura Pérez, quien desafió a toda su comarca parroquial y rompió con la costumbre del apellido paterno, que todavía hoy se ve como un símbolo de la propiedad privada del papá sobre el hijo. Así lo precisa Alberto: “Mi apellido realmente debía ser Contreras y no Monterrosa, pero mi abuela peleó con mi abuelo y nos puso el apellido de un familiar”.

Hoy Alberto camina con sus piernas largas la calle Colombia del barrio Olaya Herrera en Cartagena y materializa el cuerpo y la voz de su adorada Aura Pérez. Desandando las calles coloniales y con la vista fija en los balcones vuelve al pasado y afirma que su abuela le “ponía orden a la vida de todos”. A la par, menciona que ella le enseñó dos lecciones valiosas para toda la vida y que le han permitido escalar en sus labores. La primera es fundamental para abandonar el parroquialismo colonial: “Si tienes que romper los paradigmas, rómpelos. No te detengas frente a las taras sociales y siempre camina con la frente en alto”.

La segunda nos pone una tarea para hacer de inmediato: buscar a nuestras abuelas y darles el abrazo más sentido. En palabras de Alberto, la enseñanza de vida más importante que su abuela le dejó, fue la de hacerle entender que “el amor más grande que una mujer puede sentir por un hombre, es el amor que una abuela tiene por su nieto”. 

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Cleotilde Igirio, la inspiración de Linero  

Cuando la paciencia se colmó, el padre Linero decidió dejar la sotana para seguir enseñando con la palabra y ser solamente Alberto Linero Gómez. La decisión causó polémica y el arroyo de críticas llegó con furia. Él, por su parte, recordó la voz de su abuela Cleotilde, porque para este Alberto, ahí está su verdadera fuerza: “En este tiempo, he pensado mucho en mi abuela. De ella aprendí que las dificultades y los problemas son oportunidades que nos da la vida para aprender. Cuando estaba triste o rabioso, cuando algo había salido mal en el colegio, en un partido de fútbol, en una discusión con mis papás, yo la buscaba para que me abrazara y me diera la razón. Pero ella iba siempre más allá. Me escuchaba atentamente y al final simplemente preguntaba: ‘¿Qué aprendiste, Alberto?’”.

La muerte disfrazada de un cáncer de útero le arrebató a Alberto su apreciada abuela. Él tenía nueve años y sintió cómo se resquebrajó su corazón: “Fue la primera vez que sentí que el mundo se desmoronaba delante de mí y sufrí mucho al pensar que no la volvería a ver […] pero, siempre que estoy solo o melancólico, me esfuerzo de nuevo para recordarla, buscando esa ternura suya que en mi infancia me dio tanta paz”.  

Alberto es franco y contundente al precisar los orígenes de la vocación que hoy le da de comer: “Mi abuela es la razón por la que cuento historias y por la que hablo en público”. Ella lo inspiró y esa relación de nieto y abuela se hizo inmarcesible. Le costó trabajo al nieto, pero al final logró guardar en su memoria la voz de su musa Cleotilde Igirio como un casete que Linero reproduce ante las dificultades que la vida trae a diario: “Pasé muchos años intentando guardar intacto en mi memoria el tono de voz de mi abuela, su entonación, su ritmo al hablar, su inconfundible forma de mover el viento con el sonido de sus palabras para tocar mi corazón de niño”.

Para finalizar este pequeño homenaje a estas grandes mujeres solo resta decir algo, si detrás de cada buen hombre hay siempre una gran mujer, esa mujer es su abuela.