Néctor Mejía o la belleza de lo simple

El artista nacido y formado en Medellín ha ido, paulatinamente, recorriendo caminos, temáticas, técnicas; cambiando, probando, errando y acertando. Estos son algunos trazos de su historia en la pintura.

Néctor Mejía es artista plástico, graduado de la licenciatura de artes de la Universidad de Antioquia. Cortesía

Néctor Mejía es artista plástico, graduado de la licenciatura de artes de la Universidad de Antioquia. También es maestro, de los que enseñan en un salón de clases, y de los que crean una obra de arte. Tiene experiencia en curaduría, pues trabajó, mientras estudiaba, en el Museo Universitario. Además, entre otros oficios, fue barman: trabajos alternos y de cierto modo sacrificados con un sólo propósito: estudiar arte y desarrollar una obra con sello propio. Muchas cosas, pues, ha sido este pintor y dibujante y escultor, pero, ante todo, Néctor ha sido, es, y muy probablemente será, un mirón profesional. Gran virtud, en lo que se refiere al arte. Él observa, sobre todo eso: observa. Sí, de eso vive. De mirar y pintar, de observar y dibujar. Observa, en silencio, todo cuanto contiene el mundo: la naturaleza y sus elementos, y la gente, con toda la variopinta gama de posibilidades que esto pueda implicar. Observa y calla, y crea un universo, uno propio: particularmente excelso.

Sobre esto apunta: “Creo que cada artista es un mundo, así como cada propuesta artística es otro”. Quizá, ese mundo al que se refiere sea un caos atiborrado de elementos en su cabeza, desorden que nunca veremos en sus obras. Él se encargará de filtrar lo necesario y a su vez escogerá los elementos primordiales: los colores y su intensidad, las figuras y sus formas, las temáticas y sus matices, entre otros. Así, pinta y crea y, con muy poco, muestra lo mucho y complejo que habita en cualquier contexto en el que se involucra. Al respecto comenta: “Hay muchos factores que pueden influir en el proceso creativo y en la metodología, para mí dos de los más importantes son la disciplina y la investigación permanente”.

Néctor Mejía, nacido y crecido y vivido en Medellín hace un poco más de cuatro décadas, pinta pájaros. Y árboles. También pinta nubes, nubecitas, dos o tres, o una, apenas sugerida: apenas para acompañar a la niña o el niño de turno en el cuadro de turno . O al adulto que posa de espalda, que a su vez puede tener un pájaro a su lado, en su hombro. O perfectamente ubicado en una de las pocas ramas del árbol que lo cobija, que le brinda sombra, o mera compañía, al adulto y al pájaro. O, por qué no, encima de la cabeza de este adulto. Más allá: dentro de su cabeza. Así, tal cual: Néctor pinta pájaros dentro de la cabeza de un ser humano. Humano que es él mismo, u otros, tampoco importa tanto, pues ese adulto indeterminado es él y a la vez son todos los adultos del mundo. Y todas las niñas del mundo son, por ejemplo, esa niña que de modo cándido posa su mano en una delicada y apenas perceptible cuerda, que a su vez sujeta un árbol dorado a su lado , árbol que también son todos los árboles del mundo.

La obra de Mejía podría denominarse de varias maneras, o de ninguna, pues sería  encasillarla en formalismos. Se me ocurre, más bien, mencionarla como una obra limpia, casi pulcra conceptual y técnicamente hablando. Y libre: amplia en posibilidades plásticas y temáticas, sin prejuicios académicos y, si se quiere ver de alguna manera, una obra abarcativa: una que crea y encierra y expresa lo esencial. Y, más que todo lo anterior, es una obra, la de Néctor Mejía, tremendamente simple. Y tremendo y mayúsculo riesgo es esto de trabajar con la simpleza como herramienta, o como fin. Y es por supuesto un grandísimo triunfo salir ganador en esta decisión estética tan radical e importante. Lo simple - o el intento de ello- puede ser demoledor cuando no se logra, pues se logra, justamente, todo lo contrario: lo insustancial, lo sin gracia, lo parco, en últimas: lo lejano al corazón humano; a lo genuino, a lo verdadero y real. Contrario a esto, si se obtiene un resultado positivo en este camino artístico y vital, lo que se gana es poco más que maravilloso. Sustancial, incluso entrañable: un humano, hombre o mujer; un pájaro, pequeño o grande; una nube, o dos o tres; o una casa, de las más básicas; un barquito de papel o un avioncito de lo mismo; un árbol, otro pájaro, otra nube quizás, y no más. ¿Para que más? Aquí, en el trabajo de Néctor Mejía, se cumple la premisa antiquísima del minimalismo japonés: menos, siempre, es más.

Ha ido, paulatinamente, recorriendo caminos, temáticos, técnicos; cambiando, probando, errando, acertando. Pinta cielos azules, muchos, claros, intensos, con un toque de lugar común plástico que hace de sus pinturas un encuentro entre lo conocido y lo enigmático. Al respecto, el artista profundiza: “Lo técnico y lo temático empiezan a aparecer al mismo tiempo, una historia puede contener un color, un personaje, una atmósfera... Ahí empiezo a jugar con esos elementos, buscando la manera adecuada para construir la imagen, desde la composición, el color, el formato, la técnica”.

A Néctor Mejía también le gusta explorar desde metafísico: los vacíos, la mirada a un lugar indeterminado, las escaleras que no van a ninguna parte, a ninguna y a todas partes a la vez. Al consultarle sobre las temáticas e influencias que han marcado su trabajo artístico comenta: “Otros ya han recorrido el camino y lo han hecho de manera maravillosa… Es importante revisar lo que han hecho para comprender incluso nuestro propio trabajo, y tener puntos de apoyo de expertos y cerebros geniales. René Magritte, por ejemplo, fue un artista genial… lo he revisado muchas veces, de muchas maneras, en muchos momentos, es uno de los que más reviso, al lado de Giorgio de Chirico y su pintura metafísica”. Y añade: “Creo que hay que ser honesto con lo que se quiere hacer… sea pintura, escultura, fotografía, o acciones , creo que eso es clave, la sinceridad a la hora de producir”. 

Con respecto al buen momento creativo y laboral que está viviendo, dice: “He participado en importantes exposiciones, proyectos, subastas y ferias de arte en muchos países, y lo que viene es más de lo mismo: más comisiones, ferias, proyectos, subastas, alegrías...”. Justamente una de sus más recientes alegrías fue participar en un proyecto de la popular productora Disney. Referente a ello, comenta: “La intervención del personaje de Disney fue un reto bonito… fue un proyecto que se hizo en muchos países para celebrar el aniversario 90 de Mickey Mouse. En Colombia se llevó a cabo entre Disney y la fundación Corazón Verde. La pieza se llama Días dorados. Aunque es un personaje muy norteamericano quise que tuviera algo muy colombiano, entonces lo pinté de azul… es un azul que busqué mucho tiempo y que regularmente uso en mis pinturas y objetos, es un azul que hace referencia a mi infancia”. Y añade, con tono nostálgico y agradecido: “Mi abuelo nos llevaba cada año de paseo a Bolombolo o Puerto Triunfo, y siempre veía ese azul cuando llegaba a la orilla de los ríos y miraba hacia arriba… Es algo que siempre dio vueltas en mi cabeza y que con el paso de los años quise hacer visible porque para mí era algo importante”.

Así, día a día, o mejor, noche a noche, consagrado al oficio creativo, va este artista y su obra, y van bien, permitiéndonos apreciar ese mundo singularmente simple que plasma en sus creaciones. Para terminar reflexiona: “Trabajo todos los días, o mejor dicho todas las noches porque soy noctámbulo… trabajo entonces en pinturas, dibujos, objetos o simplemente pensando en ello, y eso también es trabajar, solo que de una manera muy divertida pues cuando se hace lo que te apasiona pueden pasar muchas horas y la medida del tiempo desaparece”.

 

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Giancarlo Calderón

Gente

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