En 2022, con Tinta y tiempo, se preguntó (en Oh, algoritmo) “¿quién quiere que yo quiera lo que creo que quiero?” y hoy le canta a la inteligencia artificial. ¿Evolucionó esa pregunta?
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Yo pensé que este disco (Taracá, 2026) iba a ser mucho más sobre ese dilema, sobre el libre albedrío y sobre el rol que tienen los algoritmos de redes sociales y los algoritmos de inteligencia artificial en nuestra vida cotidiana. Pero una de las primeras canciones que escribí para el disco fue “Hay alguien A.I.”. Y pensé que iba a ir más por ahí. De alguna manera, el mundo o las circunstancias, tal vez personales, me llevaron completamente en otra dirección. Me aparecieron cosas personales más urgentes. Es decir, este es un disco donde prioricé la reconexión orgánica con mi raíz antes que el análisis ensayístico sobre la realidad contemporánea.
Quizás me rendí, no sé qué decirte. A lo mejor dije: “Mira, por ahí no voy a ganar esta batalla”. La batalla, me parece, del ser humano hoy en día está realmente en la experiencia de la interacción: la interacción con otro ser humano y la interacción con tu biografía, que son dos cosas que no tiene la inteligencia artificial. Y la tercera es la interacción con el cuerpo: contigo mismo, con otros seres humanos, con tu biografía, con tu cuerpo y con la sociedad. El disco es, de alguna manera, un disco más corporal que otros discos. Es un disco en el que, de alguna manera, reconecto con mi biografía, con mi lugar de origen, que es Uruguay. Volví a grabar Uruguay y es un disco comunitario, donde casi todas las canciones son cantadas en coro y por un grupo de personas. Colaboro con muchas personas de diferentes edades, de diferentes lugares y de diferentes géneros musicales.
Me estoy dando cuenta de que decidí dar la pelea a la realidad algorítmica y a la inteligencia artificial en mi terreno, y no en el terreno del análisis ensayístico. Dicho sea de paso, ya estamos siendo superados por la inteligencia artificial. Es decir, un ensayo absolutamente brillante y con toda la información de la historia de la humanidad te lo puede hacer en dos segundos cualquier programa de chat digital. Lo que no puede hacer es conectar con una biografía propia, ni tener una experiencia somática, corpórea, propioceptiva de tu propio cuerpo, ni sentir cosas. Y ahí es donde yo decidí meterme.
Cuando hice “Oh algoritmo”, estaba hablando de los algoritmos de la prehistoria. Me refiero a que son algoritmos de hace cuatro años, lo que es la prehistoria en términos algorítmicos, porque el crecimiento es exponencial. Entonces, ese algoritmo al que yo le decía “dime qué debo cantar” tiene la diferencia de complejidad que puede tener Spotify con respecto a ChatGPT. O sea, es como un proto-usuario al lado de un primate. Entonces todavía me permitía cierta ironía y cierto sarcasmo, como: “Dime qué debo cantar, sé que lo sabes mejor que yo mismo”. Pero cuando eso se transforma en un chat de inteligencia artificial y la cosa va en serio...
Cuando te responde en serio y, además, como tú quieres que te responda y, entre comillas, “entendiendo” qué es lo que necesitas y cuál es la manera de entrarle a tu ser, yo creo que dices: “Mira, mejor no voy a dar la batalla en este campo. La voy a dar en los campos en los que nos están arrinconando a la humanidad”. Es decir, la identidad del ser humano es fractal. ¿Qué quiero decir? Que es infinita dentro de un campo finito. Mejor que sea así, porque ese campo se ha venido restringiendo a pasos agigantados en los últimos años. Hasta hace no mucho, jugar al ajedrez era patrimonio solamente del ser humano; es decir, jugar al Go, escribir un ensayo... Eran cosas que pertenecían al ser humano. A nadie se le ocurría que una máquina pudiera escribir un ensayo o pudiera ganarte jugando al ajedrez. Bueno, ahora resulta que eso no es patrimonio exclusivo del ser humano. Hay otro tipo de inteligencia que puede jugar al ajedrez y que puede escribir un ensayo mejor que tú y, de repente, ganarte al ajedrez. Entonces, ¿qué es lo que hace a un ser humano? Es lo que pregunto en esa canción.
Es una pregunta maravillosa y terrible porque se va acotando. Yo sigo creyendo que nuestra identidad es infinita, pero el marco de ese infinito se va acotando. Es decir, la realidad es infinitamente densa; no importa que sea así o que sea el universo entero: adentro hay un infinito. Pero, claro, tenemos que seguir buscando con mucho cuidado qué es... qué es escribir canciones, por ahora. Yo, personalmente, no siento que la inteligencia artificial escriba el tipo de canciones que a mí me emocionan. Va escribiendo cada vez mejor, o sea que no sé qué va a pasar dentro de cinco años o dentro de tres. Pero, por ahora, siento que la inteligencia artificial no cumple con la definición de Allen Ginsberg sobre qué es poesía. Él decía: la poesía es palabra empoderada.
No veo que cumpla eso todavía. Eso todavía, para mí, sigue siendo patrimonio del ser humano. Igual que la danza sigue siendo patrimonio del ser humano. La experiencia corporal, el contacto físico, el cantar delante de una persona, la experiencia comunitaria de vivir un concierto en comunidad. Hace muy poco me invitaron a hacer un concierto con auriculares. No sé si oíste hablar alguna vez de esos conciertos en que todo el público tiene auriculares. Eso que parece una idea genial desde el punto de vista acústico, porque el micrófono lo tiene justo adentro de tu cabeza y el artista está todo ahí, es un horror como experiencia. Porque uno no va a un concierto a escuchar solamente al cantante de manera perfecta. Uno va a un concierto a escuchar a quien tiene al lado. Porque, si no, un concierto sería igual que una prueba de sonido en la que no hay público y tú estás solo. La emoción es una emoción comunal. Es colectiva la emoción. Este es un disco muy colectivo también. Entonces, eso todavía no lo puede hacer la inteligencia artificial. No puede disfrutar de un colectivo de emociones.
¿Qué nos queda y qué sigue siendo todavía plenamente humano en estos procesos creativos?
La inteligencia artificial es prever cuál es la manera de conectar dos palabras de la manera más habitual, no de la más inhabitual. Es buscar cuáles eran las palabras que ya estaban conectadas y llevar adelante esa conexión. Es hacer un promedio de lo que sería lo más normal. La poesía es una disciplina de la excepción, no del promedio. Es decir, nadie está buscando el rigor sintáctico y semántico en la poesía. Está buscando la sorpresa. Cuando yo te digo la palabra “pétalo” y te digo la palabra “sal”, son dos palabras que no están conectadas entre sí. El pétalo te da una idea de textura; la sal, una idea de sabor. O te puede hacer pensar en el mar, de repente; puedes pensar en el ardor, en algo que arde. Pero si tú dices “furioso pétalo de sal”, como dice Fito Páez en una canción, o “tu sombra hiende la distancia, es como un pétalo de sal”, ahí aparece la frase de Allen Ginsberg.
Las palabras “pétalo” y “sal”, en sí mismas, no tienen un poder específico más que el de la descripción. Cuando las sumas, hay algo que es más que la suma de las partes. Aparece un factor externo, una dimensión nueva en la comunión entre esas dos palabras. Eso, para mí, es un acto poético. Entonces, cada vez que le he pedido un acto poético a ChatGPT, lo que me ha dado es un acto de corrección sintáctica y semántica perfecto. O sea, si quieres que te encuentre las faltas de ortografía y te ayude a redactar, es genial, porque las tiene todas. Pero no genera chispas entre las palabras. Ojo, no digo que no lo pueda aprender. Digo que la inteligencia artificial, en este momento, está siendo programada por gente que no entiende la poesía.
Y, como prueba, hay un bot de un amigo mío, poeta y también programador. El poeta se llama Juan Lumora y tiene un bot que se llama Otto Poebot. Lo lleva entrenando desde mucho antes de los ChatGPT para escribir poesía; él mismo lo ha ido alimentando con poesía. Pero es un bot programado por un poeta, o sea, es un acto poético. Y el bot ha llegado a escribir incongruencias, lo cual es una cosa muy difícil de pedirle a ChatGPT: que escriba incongruencias. Esa es la base de la poesía: lo no congruente, lo no esperado, la sorpresa.
Simplemente me parece que, el día en que a Silicon Valley lleven una delegación de poetas, puede que consigan acercar más la máquina a escribir poesía. Porque yo no puedo hablar de carpintería sin ser carpintero. De repente puedo programar una máquina, pero no sé lo que es la experiencia del carpintero: tocar la madera, oler la madera. No es lo mismo conocer la técnica de la poesía que ser un poeta y escribir.
¿Le preocupa más que la inteligencia artificial pueda escribir canciones o que nosotros terminemos escribiendo cosas que se parezcan a lo que hace la inteligencia artificial?
Yo personalmente creo que la inteligencia artificial va a ir escribiendo cada vez mejores canciones y va a tener cada vez más información. De cualquier manera, es como si te dijera: ¿te preocupa que un coche corra más rápido que un ser humano? Es decir, claramente los coches nos superaron en velocidad hace mucho tiempo. Eso no le quita placer, mérito ni importancia al acto de correr. Fíjate una cosa. No lo había pensado nunca, pero ahora se me ocurre: fíjate en la relación entre la moda del running y el desarrollo y la difusión de la industria automotriz. Es decir, la gente no ha dejado de correr porque hay vehículos cada vez más rápidos y bicicletas cada vez mejores técnicamente. Al contrario, la gente se ha dado cuenta de que correr es una disciplina maravillosa que no sirve simplemente para llevarte de un sitio a otro.
Imagínate, por ejemplo, que te encuentras con un tipo del siglo XII y lo llevas al parque del Retiro, en Madrid. Diría: “¿Esta gente adónde va?”. Porque la funcionalidad que tenía que correr en el siglo XII era ir de un sitio a otro. Y preguntaría: “¿Y esta gente adónde va? ¿Por qué va con tanta prisa? ¿Qué hay en el sitio hacia el que corren?”. Pero eso es confundir la trama con el desenlace.
Uno no escribe canciones solo para llegar al resultado final. Uno escribe canciones porque escribir una canción es una metamorfosis. Es meterte dentro de un capullo y pasar de haber sido un gusano a convertirte en mariposa. Es un proceso personal. Uno empieza una canción siendo un gusano y termina siendo mariposa, si tiene la suerte de encontrársela. Y eso pasa todo el tiempo. Es un proceso, un acto iniciático. Uno no escribe canciones solamente para llegar al final de la canción. Entonces es como el running. Es una confusión muy grande.
Por eso te digo que a mí me preocupa mucho que muchas de las decisiones —y no las más graves— se estén delegando. Que la inteligencia artificial decida un estribillo es mucho menos grave que decida un listado de víctimas que van a ser exterminadas por un dron. Eso sí que es realmente grave. Hay un montón de decisiones humanas que estamos delegando. Eso me preocupa. Me preocupa porque la pregunta por lo que significa ser un ser humano tiene que ser respondida por una entidad que sienta, que tenga emociones. Nosotros tenemos emociones y las sentimos. La inteligencia artificial, por ahora, no.
También estoy escuchando mucho a Yuval Harari, que tiene una visión muy alarmante de la inteligencia artificial. Él dice que la inteligencia artificial no es una herramienta. La gente dice: “Bueno, también se quejaron cuando aparecieron las grabaciones o incluso cuando empezó la escritura, porque se perdió la memorización de textos”. Pero, aunque antes hayan surgido nuevas herramientas, como la imprenta, la inteligencia artificial no es solamente una herramienta: es un agente.
Una bomba atómica es una herramienta, pero no es un agente. No decide dónde caer; eso lo decide un ser humano. La inteligencia artificial sí decide dónde cae la bomba. Entonces, por un lado, tengo una enorme curiosidad tecnológica. Me encanta la tecnología, me encanta investigar. Pero creo que hay que tener un estado de excepción con la inteligencia artificial. No es una tecnología cualquiera, no es una herramienta cualquiera. Durante mucho tiempo estuve diciendo que no era nada más que una herramienta. Ahora ya no lo creo. Ahora creo que es más que una herramienta y que hay que tratarla como quien trata a un agente, no a una herramienta.
¿Resulta más fácil hablar de inteligencia artificial o de cómo se ama siendo compositor?
Es más fácil hablar de inteligencia artificial. ¿Por qué? Porque no te juegas nada hablando de inteligencia artificial. En esta canción, al menos, tal como está escrita. Por más que intenté personalizarla y estoy hablando en primera persona —“hermana IA, hermana mía”—, me lo preguntaba muy sinceramente. Pero, por más que intenté personalizar la relación con la inteligencia artificial, no es algo en lo que te juegues nada.
En cambio, si una persona debe reconocer que no sabe cómo se ama, es una tragedia personal. Por más que la canción sea una canción amable, “Cómo se ama” es una canción de aspecto amable y de contenido terrible, en mi opinión. Yo no supe muy bien si mostrarla porque te expone mucho. Expone una fragilidad tuya. Es decir, “se me olvidó el camino de regreso” o “no sé cómo amar” son afirmaciones dichas muy ligeramente, pero sumamente trágicas, en mi opinión. Todo el mundo le canta, o bien al desamor, donde hay una especie de furia, o bien al enamoramiento, donde hay una entrega total y una celebración del amor. Yo también lo he hecho muchas veces. Pero cantarle a la pérdida de una capacidad, que es la de amar, te compromete mucho. Te expone enormemente.