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La noche de diciembre de 1982, en que Gabriel García Márquez recibió el Premio Nobel de Literatura, la crónica de este diario que recogió el suceso describe el ambiente en Estocolmo con una solemnidad llena de “tradición milenaria de la monarquía medieval”, que se vio rota a la hora del postre en la cena de celebración entre versos compuestos por Rafael Escalona y la cumbia al son de tambores que cantó Totó la Momposina, estandarte de la música caribe colombiana fallecida este lunes en Celaya, México, a sus 85 años. Fue la actuación de la noche, cuenta hoy Patricia Iriarte, autora de “Totó, nuestra diva descalza”, la autobiografía de la cantante.
“Marcó un punto muy alto en la presencia de la cultura colombiana en el mundo. Era la mejor compañía posible para esa ocasión de las letras nacionales: estar acompañado, por decisión de Gabo y con la complicidad de muchas mujeres, que hicieron posible que él pudiera celebrar esa ocasión con la música de su tierra”, cuenta Iriarte. Hace referencia a que fue el deseo de Gabo el que movió todos los hilos para que las cumbias y vallenatos de esta tierra llenaran los ecos del palacio en Estocolmo y alternaran con la pieza del compositor húngaro Béla Bartók —también escogida por el escritor— que sonó cuando le entregaron el galardón.
Alexandra Pineda, la enviada especial de El Espectador, describió la noche como llena de “contrastes macondianos”, y tal vez esa sea la forma más fácil de imaginar el contraste entre los trajes de gala de la ceremonia y la pollera y el folclor encarnados que Totó representó esa noche, junto a las notas del acordeón de “Poncho” y Emilianito, los Hermanos Zuleta, que fueron parte de la misma brigada. Cuenta la leyenda que fue tal la terquedad del escritor, que llegó a decir que si Totó no estaba en la ceremonia, él no asistiría. Para Iriarte, la biógrafa, “fue un antes y un después en la carrera para ella, como para muchos de los artistas que participaron allí”.
Pero para entonces Totó no era una artista emergente llevada a Europa por la estela de García Márquez. Ya llevaba casi una década construyendo toda una circulación internacional para las músicas tradicionales del Caribe colombiano. Cantó tanto en Estados Unidos como en países del bloque soviético, incluida una extensa gira por la Unión Soviética, además de presentaciones en Francia, Polonia, Yugoslavia y las dos Alemanias, aún divididas por la Guerra Fría. Lo que vino después de 1982 solo fue la consolidación de una proyección internacional: después de esto se radicó en París, en una estancia que la llevó a estudiar historia de la danza, coreografía, ritmo y organización de espectáculos en La Sorbona, una de las universidades más icónicas de Francia.
Ya para 1984 formó parte del WOMAD (World of Music, Arts and Dance), el festival de música itinerante promovido por el cantautor y productor Peter Gabriel, exmiembro del grupo de rock británico Genesis. Fruto de esta participación quedó vinculada con la fundación del británico, y casi 10 años después llegó la que podríamos decir es la obra que la consagró: “La candela viva”. La icónica canción viene en el álbum homónimo lanzado en Francia en 1993 por el sello de Gabriel, Real World Records. La canción, atribuida erróneamente durante años a Alejo Durán, pero compuesta por Heriberto Pretelt Medina, describe un fatídico incendio ocurrido en 1923 en Chimichagua, Cesar, la misma tierra en la que ocurre la historia de “La piragua”, icónica composición de José Barros.
“La Momposina recogió la obra para la posteridad, como lo seguiría haciendo durante el resto de su vida. Y ese es, en el fondo, el sentido de su obra: mostrar las vetas más perdidas del folclor colombiano para demostrar que la candela sigue viva”, escribió el periodista y escritor pastuso José Arteaga para la contraportada del disco en su edición colombiana bajo el sello MTM. En este texto describe el trabajo como la vuelta de Totó a Colombia después de darle la vuelta al mundo.
En ese sentido, Iriarte ubica a la cantante junto a Esther Forero y Delia Zapata Olivella como pioneras fundamentales de la visibilidad que alcanzó la cultura colombiana en el exterior. Un panorama que Jaime Andrés Monsalve, escritor y jefe musical de la Radio Nacional, amplía al describirla como una embajadora cultural y compararla con artistas como Susana Baca para Perú y Cesária Évora para Cabo Verde.
Monsalve recoge precisamente el término con el que Arteaga tituló la reseña del disco de 1993: la Totomanía. Describe cómo emisoras universitarias, públicas y bares comenzaron a circular la música de Totó en espacios que estaban dominados por otros ritmos afroantillanos como la salsa: “Un énfasis importante de la obra de Totó en esos otros lugares donde ejerció un poder casi viral, sin la existencia todavía de plataformas sólidas de internet. Y, sin embargo, ella logró eso tanto en ese círculo como, por ejemplo, en el académico, porque fueron momentos en los que muchos músicos se interesaron por esas sonoridades en particular y, desde la academia en las ciudades capitales, decidieron empezar a viajar a la región para conocer los secretos de la interpretación de las gaitas, los tambores, el acordeón y, en fin, los instrumentos tradicionales de la música del Caribe colombiano”.
Es por esto que, más que la circulación y reivindicación de las músicas y el folclor caribeño, el trabajo de Totó terminó siendo una difusión y un fortalecimiento de toda la cultura del Caribe colombiano. Según cuenta Iriarte, para la artista la música nunca estuvo aislada, sino que era parte de un sistema cultural mucho más amplio: las tradiciones orales, la naturaleza en la que esas músicas se desarrollaban, la comida, los vestidos, las costumbres y, en general, toda una identidad regional que ella supo reconocer, proteger y proyectar.
Totó tuvo la fortuna de poder despedirse de los escenarios en su ley, cuando quiso y sobre la tarima. Estuvo en la primera edición del Festival Cordillera en 2022, y en 2023 fue homenajeada en vida en el Colombia al Parque, organizado por el Instituto Distrital de las Artes y que, coincidentalmente, celebrará su edición de 2026 este fin de semana. Édison Moreno, gerente de Música de la entidad, destaca que en Bogotá, ciudad a la que llegó desde la Costa Caribe con su familia antes de convertirse en artista, también dejó una estela significativa al traer las raíces de su cultura.
“Haciendo investigación y compartiendo su saber sobre los bailes cantados aquí en Bogotá, realizó varios talleres y creó distintos semilleros. También fue un puente en ese sentido: trajo esa tradición a la capital con criterio y autoridad. Pero, al mismo tiempo, en su trabajo en Bogotá conoció a varios músicos que acompañaron su proyecto, y su propuesta musical terminó convirtiéndose en un referente que abrió caminos en la industria de la música”, explica.
A todas estas, para redondear este homenaje, no sobra recordar que su nombre de pila fue Sonia Bazanta Vides. Por supuesto, antes de su trabajo hubo esfuerzos encomiables desde el Caribe colombiano. Monsalve reseña fenómenos bullerengueros como el de Iréne Martínez, los Soneros de Gamero, La Niña Emilia y las gaitas y tambores de los Gaiteros de San Jacinto, pero hasta la llegada de Totó “empezamos a escuchar un sonido absolutamente depurado y, de ahí en adelante, gracias, entre otras cosas, a grabaciones en principio hechas en Francia —como las de Petrona Martínez también, que fueron hechas aquí en Colombia, pero capturadas por etnomusicólogos franceses— es que se empieza a abrir todo ese camino”.
Totó sembró y recogió en vida los frutos de toda una trayectoria dedicada a la cultura caribe colombiana y ahora, con su muerte, eso solo se ratifica. Lo que queda, dice Iriarte, su biógrafa, es esperar una apropiación social y la proliferación de ese legado en espacios de formación musical como academias, escuelas y universidades. Lo más natural es que quienes hoy lamentan su pérdida sientan que se apagó la candela viva. Pero quizás esa sea justamente la mejor manera de entender el tamaño de su legado: Totó pasó buena parte de su vida evitando que la candela se apagara.
